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Lima, Peru
Filósofo e historiador. Nace en España en 1937 y llega al Perú como jesuita en 1957. Formación: humanidades clásicas y literatura, filosofía e historia. Especialización sucesiva: narrativa latinoamericana, filosofía moderna, filosofía de la existencia, historia de la emancipación peruana, pensamiento lukacsiano, historia de la ingeniería peruana y filosofía de la interculturalidad Profesor de la UNI (y rector 1984-89) y otras instituciones académicas en Perú, Budapest, Brasil y Túnez. Autor de 26 libros, 70 colaboraciones en obras colectivas y 150 artículos en revistas. Actualmente dirige el Centro de Historia UNI y es profesor de postgrado en la Universidad Nacional de Ingeniería. Participa activamente en el debate intelectual peruano desde la sociología de la literatura, el marxismo lukacsiano, las perspectivas postmodernas y la filosofía de la interculturalidad. En su libro "Adiós a Mariátegui. Pensar el Perú en perspectiva postmoderna" propone, como horizonte utópico de la actualidad, la convivencia digna, enriquecedora y gozosa de las diversidades que enriquecen a la sociedad peruana. Contacto: jilopezsoria@gmail.com

30 jun. 2012

Habich y el Perú



José Ignacio López Soria

Publicado en: Innovación.uni. Revista de la Universidad Nacional de Ingeniería. Lima: UNI, 1er. semestre 2010, p. 29-30.

Cuando el polaco Eduardo J. de Habich llegó al Perú en 1869 nada hacía sospechar que haría de nuestro país su segunda, si no primera, patria. Venía contratado por dos años por el gobierno de José Balta, en una época en la que la explotación del guano permitió al Perú reincorporarse al mercado mundial y emprender un proceso acelerado de modernización. La modernización se llamaba entonces construcción de ferrocarriles y caminos,  exploración y explotación de yacimientos mineros y recursos energéticos, canalizaciones e irrigaciones para incrementar la producción agrícola y facilitar la constitución de grandes haciendas en la costa, gestión racional del territorio, habilitación de servicios urbanos, etc. Dinero para este proyecto “civilizador” no faltaba, lo que faltaba eran directrices y liderazgos políticos claros, hegemonías construidas acordadamente, competencias técnicas para diseñarlo y operarlo, y una fuerza de trabajo suficientemente calificada e incorporada a los beneficios que el proceso modernizador producía.

No es éste el lugar para abundar en detalles sobre este proceso. Quiero sólo señalar que gobernantes como Echenique, Balta y Manuel Pardo supieron caer en la cuenta de que no era posible afrontar todas las tareas técnicas del proyecto modernizador con los pocos ingenieros peruanos formados en el exterior. Además de ocupar racionalmente a éstos,  había que traer ingenieros y arquitectos del exterior y pensar en la creación de centros de formación de ingeniería y arquitectura. Se pensaba entonces que correspondía al Estado, como  portador  por excelencia  de la racionalidad moderna, organizar el desarrollo y gestionarlo.  Por eso se crea el Cuerpo de Ingenieros y Arquitectos del Estado, que reunía a los profesionales técnicos peruanos y extranjeros que se encargaban  del diseño,  preparación de las licitaciones y supervisión de las grandes obras públicas.

Entre los primeros ingenieros contratados en el exterior estuvieron el polaco  Malinowski y los franceses Chevalier y Farragut, quienes llegaron al Perú en 1852. El intento de crear con ellos una primera escuela para la formación de ingenieros no tuvo éxito y el Perú siguió convocando a profesionales extranjeros para enriquecer el cuerpo técnico al servicio del Estado.  Fueron llegando, así, Walkulski, Folkierski, Babinski, Chatenet, Delsol y Kruger, entre otros. En 1869 llega Habich, con 34 años,  después de haber pasado por la Escuela Militar de San Petersburgo y,  principalmente,  por  la Escuela de Puentes y Calzadas de París, y luego de haber defendido a su patria contra la invasión zarista, dirigido la Escuela Superior Polaca de París y desempeñado tareas de ingeniería en Francia.  

Las primeras misiones de Habich en el Perú le llevan al sur:  estudia la posibilidad de irrigar las pampas de Tamarugal y aumentar el caudal del río Tarapacá, hace estudios sobre el río Laoca y el valle de Azapa, analiza luego el  valle Locumba y se pone a órdenes del prefecto de Moquegua para encargarse de las obras públicas de ese departamento. Se le pide luego el proyecto para la construcción de un hospital en Arica. Y pasa finalmente a Lima en donde la Junta Central de Ingenieros –órgano directivo del
mencionado  Cuerpo de Ingenieros- le destina, ya en 1972, a reparar el ferrocarril Callao/La Oroya y le encarga otros trabajos relacionados con la red ferrocarrilera.

En 1872, el gobierno le incluye en una comisión encargada de reformar el reglamento del Cuerpo de Ingenieros para mejorar el desempeño de los profesionales técnicos que estaban al servicio del Estado. Pero la reforma tenía también como objetivo asegurar la debida formación a los jóvenes que,  con  una preparación técnica o científica previa (adquirida, por lo general, en la Escuela de Artes y Oficios o en la Facultad de Ciencias de San Marcos), pretendían trabajar en el mencionado Cuerpo y escalar por los diversos niveles hasta ser reconocidos como ingenieros o arquitectos. Esta vía –experiencia de trabajo más estudio de temas teóricos- duró poco tiempo, pero fue un paso importante hacia la creación de la Escuela de Ingenieros.

La obra principal Habich es, sin duda,  la fundación  y conducción (1876-1909)  de la Escuela de Construcciones Civiles y de Minas del Perú (la UNI de hoy). La creación misma es fruto, principalmente, del espíritu emprendedor del presidente Manuel Pardo y de Habich,  un hombre  convencido de que el desarrollo material y humano y la gobernabilidad de un país pasaban por la construcción de vías de comunicación, la explotación racional (técnica y científica) de los recursos naturales y la inserción en el mercado mundial.

Para materializar la idea, el presidente Pardo incorpora a Habich y Folkierski en 1875 a la comisión que preparaba un proyecto de Reglamento General de Instrucción Pública. El proyecto salió como ley en 1876 y en él se creaba la Escuela de Construcciones Civiles y de Minas, que fue inaugurada el 23 de julio del mismo año para impartir dos carreras: ingeniería civil e ingeniería de minas.

El funcionamiento de la Escuela se vio seriamente dificultado por la ocupación chilena de Lima: dedicación del local a cuartel, saqueo de enseres, biblioteca y laboratorios, despojo del fondo financiero (proveniente del impuesto a las minas), etc.  Pero Habich no cejó en el empeño de continuar su obra. Convocó a los alumnos, los hizo transitar por locales temporalmente prestados, graduó a los primeros egresados y sacó los primeros números de la Anales de Construcciones Civiles y de Minas del Perú.

Al proceso de restauración que siguió a la guerra, Habich aportó lo mejor de sus capacidades. Consiguió reequipar a la Escuela, trasladarla a un nuevo local, aumentar las especialidades (agrimensores de minas, agrimensores de predios rústicos y urbanos, ingenieros industriales e ingenieros electricistas, dejando en preparación las carreras de ingeniería mecánica y arquitectura), incrementar el número de alumnos y graduados, y poner en marcha la publicación mensual del  Boletín de Minas, Industrias y Construcciones.

Pero, además de la Escuela y sus 276 ingenieros egresados y 37 peritos agrimensores, Habich le dejó la Perú Escuelas de Capataces en varios asientos mineros, y contribuyó como pocos al empadronamiento de las minas y la recaudación del impuesto minero, la introducción del Sistema Métrico Decimal, el desarrollo de la Sociedad Geográfica, la implantación del Observatorio Astronómico, y la preparación y aprobación del nuevo Código de Minería.   Por otra parte, los numerosos artículos  escritos  por Habich promovieron  la  explotación racional  y la transformación  de los recursos naturales, además de dar a conocer posibilidades de inversión  al capitalismo nacional e internacional.

Recordar hoy a Habich, 100 años después de su desaparición, es traer a la presencia a alguien que puso todas sus competencias, y no eran pocas, al servicio de la modernización del Perú.

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