José Ignacio López Soria
Publicado en: (abril
1988). Huaca, Revista de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes
de la UNI. Lima, (2), p. 4-9.
El concepto de modernidad es evidentemente polisémico. Es necesario, por
tanto, iniciar la reflexión como lo haría la más genuina tradición escolástica,
por la definición del término.
Desde la perspectiva de la historia,
que es la que aquí escogemos para abordar el tema, el concepto de modernidad
remite a “nuestro presente”, es decir a la etapa histórica que se inicia en la
segunda mitad del siglo XVIII, que reconoce y asume las etapas anteriores de la historia occidental
como “pasado del propio presente” y que tiene la posibilidad objetiva de
decidir en el presente “el futuro del propio presente”.
Esta primera aproximación al
concepto de modernidad, aunque más relacionada con la extensión –en este caso
temporal- del término, recoge sin embargo un aspecto fundante de la modernidad:
la historicidad. El hombre moderno es (o puede ser) a cabalidad un “ser
histórico” porque puede no solo conocer el pasado histórico sino reconocerlo y
asumirlo como “pasado del propio presente”, y porque además, cuenta con la
posibilidad objetiva de decidir el futuro en el presente. Esta invasión del
pasado y el futuro por el presente y su correlativa forma de conciencia
histórica constituyen los fundamentos de la historicidad y abren, por primera
vez, la posibilidad de realización plena del “ser histórico”. No es raro por
tanto, que las preguntas fundamentales de la existencia histórica –qué somos,
de dónde venimos y a dónde vamos- se le planteen al hombre de la modernidad
como interrogantes individual y colectivamente ineludibles y que le obliguen a
buscar respuestas que le comprometen enteramente.
Pero una aproximación solo
extensiva al concepto de modernidad, por más que implique ya ciertos aspectos
referibles a la connotación, es insuficiente. Se requiere, además, de una
caracterización de “nuestro presente” para darle contenido al concepto de
modernidad.
Ágnes Heller, en Teoría
de la Historia (Barcelona: Ed. Fontamara, 1982. Tr.
por J. Honorato) principalmente, pero también en Crítica de la Ilustración (Barcelona: Ed. Península, 1984. Tr. por G. Muñoz y
J.I. López Soria), ha intentado una caracterización de “nuestro presente”
condesando en tres los componentes fundamentales de la sociedad que se inaugura
en la segunda mitad del siglo XVIII: el capitalismo, la industrialización y la
sociedad civil. Estos tres elementos constituyen las categorías fundamentales
(o “formas de existencia”, en terminología de Marx) de la modernidad.