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Lima, Peru
Filósofo e historiador. Nace en España en 1937 y llega al Perú como jesuita en 1957. Formación: humanidades clásicas y literatura, filosofía e historia. Especialización sucesiva: narrativa latinoamericana, filosofía moderna, filosofía de la existencia, historia de la emancipación peruana, pensamiento lukacsiano, historia de la ingeniería peruana y filosofía de la interculturalidad Profesor de la UNI (y rector 1984-89) y otras instituciones académicas en Perú, Budapest, Brasil y Túnez. Autor de 26 libros, 70 colaboraciones en obras colectivas y 150 artículos en revistas. Actualmente dirige el Centro de Historia UNI y es profesor de postgrado en la Universidad Nacional de Ingeniería. Participa activamente en el debate intelectual peruano desde la sociología de la literatura, el marxismo lukacsiano, las perspectivas postmodernas y la filosofía de la interculturalidad. En su libro "Adiós a Mariátegui. Pensar el Perú en perspectiva postmoderna" propone, como horizonte utópico de la actualidad, la convivencia digna, enriquecedora y gozosa de las diversidades que enriquecen a la sociedad peruana. Contacto: jilopezsoria@gmail.com
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5 nov 2021

El pensamiento de los ingenieros y la construcción de la nación

 

El pensamiento de los ingenieros y la construcción de la nación
Homenaje al Bicentenario

Publicado en:

Ingeniería Nacional. Revista Oficial del Colegio de Ingenieros del Perú.

Lima, 11 (28), pp. 6-13.

José Ignacio López Soria

Preámbulo

No es infrecuente que la historiografía tradicional reduzca la narrativa histórica a la información sobre la vida política y los acontecimientos bélicos. Esta estrecha manera de mirar la historia de los pueblos se ha visto luego enriquecida a medida que se le han ido incorporando otros aspectos como los sociales y luego los económicos, y ahora ya se incluyen, cada vez en mayor medida, otras variables de los procesos sociales como la vida cotidiana, las expresiones culturales, el mundo de las ideas, el ejercicio de las profesiones, etc. Esta progresiva incorporación de variables a la historiografía está poniendo ante los ojos, en nuestro caso, la contribución que a la construcción de la República han aportado diversos sectores de la sociedad.  

Antes de referirnos a los aportes de la ingeniería y a fin de poder luego enmarcarlos debidamente es preciso tener en cuenta que en la sociedad en general podemos distinguir tres ámbitos: el de lo social propiamente tal, que incluye el proceso de constitución y evolución de los grupos sociales y sus múltiples relaciones y formas de vida; el de la política, para la gestión de la convivencia; y el de la cultura y mundo simbólico que provee de sentido y fortalece vinculaciones en los ámbitos anteriores.

Como podemos fácilmente imaginar, la participación de la ingeniería en la construcción de la nación es muy amplia y opera en los tres ámbitos de la realidad social que acabamos de mencionar.  Es, por ejemplo, impensable la constitución misma de una sociedad sin que haya entre sus miembros comunicación e intercambio, como es también inimaginable la gobernabilidad de ese conjunto sin medios de comunicación entre ellos. Sabemos que la ingeniería se ocupa, precisamente, de poner los medios que facilitan la interconexión, el intercambio, la convivencia, etc., además de contribuir a la exploración, explotación y transformación de recursos naturales para convertirlos en bienes y ponerlos al servicio de la humanidad, todo lo cual hace posible la organización de los seres humanos en sociedad. Es evidente, por otra parte, que la presencia de la ingeniería en la estructuración y desenvolvimiento de las sociedades es cada día mayor, a medida que el mundo “artificial” (ahora incluso “virtual”) se nos ha ido convirtiendo en el ámbito “natural” en el que se desenvuelve la vida humana contemporánea. De esa “artificialidad” es responsable, en gran medida, la ingeniería. Hasta podría decirse, recogiendo expresiones de Heidegger, que hoy el artificio es la casa del hombre y de ese artificio es responsable el ingeniero. Las consecuencias, especialmente éticas, que de aquí se derivan para el ejercicio de la ingeniería son inmensas porque, en una importante medida, del artificio depende que el ser que lo usa o habita sea convocado a asumirse como persona o como cosa. Un solo ejemplo: los galpones para trabajadores de las viejas haciendas no estaban hechos para albergar a personas, sino para alojar mano de obra, es decir a personas reducidas a la condición cosificada de fuerza de trabajo.

En mi contribución de hoy voy a centrarme solo en uno de los ámbitos aludidos arriba, concretamente en el referido al mundo simbólico porque me interesa en esta oportunidad dejar algunas muestras del aporte de la ingeniería al pensamiento en el Perú y sobre el Perú. La información precisa sobre el tema está sacada del libro que acabamos de publicar, El pensamiento de los ingenieros sobre el Perú, que ha sido presentado recientemente en el CIP durante la “Semana de la Ingeniería”.

De los estudios sobre el pensamiento

Como suele ocurrir también en otros lugares, en el Perú los estudios sobre la historia del pensamiento suelen ser elaborados por profesionales de las humanidades, las ciencias sociales, el derecho y la economía. No es raro, por tanto, que dichos estudios se centren en las producciones de estas mismas áreas, lo que nos permite acceder fácilmente a la historia de las ideas filosóficas, políticas, económicas, jurídicas, historiográficas, etc. Por ejemplo, si queremos referirnos a los pensadores peruanos de las primeras décadas del siglo XX mencionamos fácilmente a González Prada, Javier Prado, Víctor Andrés Belaúnde, José de la Riva-Agüero, Francisco García Calderón, José Carlos Mariátegui, Raúl Haya de la Torre y otros, pero a nadie se le ocurre pensar en Eduardo de Habich, Ernesto Malinowski, Pedro Paulet, Jorge Vanderghem, José Granda, Teodoro Elmore, Federico Villarreal, Fernando Fuchs, Michel Fort, Carlos I. Lisson, José Balta, Ricardo Tizón y Bueno,  Marco Aurelio Denegri, Jorge A. Broggi, Carlos Basadre, Francisco Alayza Paz Soldán, José Julián Bravo, Santiago Antúnez de Mayolo, Joaquín Capelo y muchos más sin los cuales no habría habido ni ferrocarriles, ni carreteras, ni represas de ríos, ni explotación moderna de minas, ni irrigaciones, ni centrales hidroeléctricas, ni Sistema Métrico Decimal, ni tejido industrial, ni telefonía, etc., etc. Para llevar a cabo esas obras fue necesario no solo diseñarlas, sino pensarlas dentro de un proyecto mayor para tomar decisiones sobre ubicación de las obras, articulación entre ellas, cobertura territorial, factibilidad económica, etc. A lo que apuntamos es a poner de relieve que se ha desarrollado en el ámbito de la ingeniería un pensamiento sobre el Perú que enriquece el panorama del pensamiento peruano porque incide en aspectos de nuestra realidad que suelen no ser considerados desde otras perspectivas. Y, así, el pensamiento de los ingenieros se convierte en proveedor de sentido y promotor de vinculaciones sociales en amplios sectores de la vida social, especialmente en el mundo laboral.

Las fuentes de inspiración

Como es sabido, la ingeniería peruana moderna comienza a desarrollarse a mediados del siglo XIX, impulsada inicialmente por ingenieros franceses e ingenieros polacos que se habían formado en Francia. Ya entonces había en Europa dos maneras diferenciadas de entender la ingeniería, una francesa y otra inglesa. La versión inglesa de la ingeniería, heredera de las posiciones filosóficas y socio-económicas de la escuela escocesa, estaba más orientada al servicio de la empresa privada y más inclinada a regirse por la relación oferta/demanda del mercado. El utilitarismo que subyacía a estas orientaciones hacía que en la formación del ingeniero se pusiese especial énfasis en los aspectos prácticos. El ejercicio profesional era preferentemente entendido como un servicio a empresas privadas atenidas a las leyes del mercado. La ingeniería francesa, por su parte, seguía los principios de la Ilustración, acentuaba la importancia del progreso científico y continuaba en el siglo XIX empeñada en fortalecer el estado-nación desde el ámbito de lo público. Ello la llevaba, por un lado, a insistir en la formación científica y, por otro, a pensarse a sí misma como un servicio preferentemente público, que se ejercía a través de los Cuerpos de Ingenieros de los ministerios del Estado y se orientaba a montar una infraestructura que cubriese el territorio, apuntando todo ello al fortalecimiento del estado-nación y al logro del bien común.

Esta segunda tendencia fue la prevalente en las primeras décadas de la presencia de la ingeniería moderna en el Perú. Influyeron en ello varios factores: la contratación preferentemente en Francia de los primeros ingenieros y arquitectos para el servicio del Estado, la procedencia de los fundadores de los primeros centros de formación técnica (Escuela de Artes y Oficios, Escuela de Ingenieros, Escuela de Agricultura) y la incorporación de profesionales peruanos formados principalmente en Francia y Bélgica. El peso de la perspectiva francesa en la concepción y la práctica de la ingeniería en el Perú se vio, en los hechos, pronto atenuado y hasta superado por la presencia cada vez más significativa de compañías y empresarios ingleses y norteamericanos que montaban aquí sus empresas o brindaban servicios al Estado trayendo incluso ingenieros formados en los países de procedencia de las empresas. Esta situación generó problemas de diverso tipo: por una parte, incentivó el emprendimiento y contribuyó a diversificar el mercado, pero, por otra, redujo las posibilidades de ocupación en general y especialmente de ocupación directiva a los ingenieros salidos de nuestras escuelas en donde la formación siguió ateniéndose preferentemente al modelo francés hasta avanzado el siglo XX. Con respecto al tema del pensamiento importa subrayar que en el posicionamiento ideológico-político de unos y otros advertimos claramente que el debate europeo Estado / mercado, ganancia / bien común, despliegue personal / cosificación se había trasladado definitivamente a nuestro medio.

País en construcción

El punto de partida del pensamiento de los ingenieros sobre el Perú es que este era un “país en construcción”. La idea les venía a los ingenieros de la mencionada tradición francesa (la relación entre ingeniería y construcción del estado-nación), pero se vio reformada a partir de la década de 1880 por las carencias que, en el mundo de la producción y de la infraestructura, dejó como saldo la guerra con Chile.  En los ámbitos de la ingeniería, el propósito no se agotaba en “reconstruir” o “restaurar” lo destruido por la guerra; había que seguir en el empeño, iniciado décadas antes, de construir el estado-nación al que había que entender como la estructura más idónea para el logro del progreso, entendido no solo como ejercicio de las libertades, sino también y principalmente -en el caso del discurso de los ingenieros- como logro colectivo del bienestar. De esta manera se va elaborando paulatinamente un “discurso del bienestar”, relacionado con la productividad y la expansión de infraestructura moderna, que complementa el “discurso de las libertades” que venía desarrollándose desde la segunda mitad del siglo XVIII.

Los ingenieros caen pronto en la cuenta de que el propósito independentista primigenio de construir el estado-nación tenía fallas de diseño y no solo de realización. En realidad, no había un diseño preciso. Se había sobre acentuado lo político-militar y descuidado lo económico-social y lo simbólico. En el boceto inicial no entraba ni toda la población, ni todo el territorio, ni el imprescindible propósito de alcanzar el bienestar. Es cierto, el país estaba en construcción, pero carecía de diseño, y esta carencia era medular para profesionales como los ingenieros, acostumbrados a iniciar todo trabajo por el diseño.

No voy a detenerme en este punto, del que trataré in extenso en otra oportunidad, pero no quiero dejar de aportar algunos textos

Algunos aportes de la ingeniería al pensamiento de y sobre el Perú

Un primer aporte de enorme trascendencia para la educación y el progreso posteriores es la enfatización de la necesidad de conocer en profundidad y detalladamente todo el territorio y sus potencialidades. El territorio se convierte, así, en objeto privilegiado de estudio y, consiguientemente, en sujeto histórico o, si se prefiere, en variable de la que no se puede prescindir para la inmensa mayoría de las acciones de la vida humana. Se requiere, por tanto, acumular conocimientos sobre el territorio, procesarlos, formalizarlos y hasta disciplinarizarlos a fin de facilitar su transmisión. Se despliega para ello una serie de áreas de conocimiento -geografía, geología, paleontología, geodesia, mineralogía, petrografía, topografía, etc., etc.- que parten inicialmente de la mecánica estática para recurrir luego a la mecánica dinámica incorporando los avances de la física, la química y la biología y procurando siempre valerse del lenguaje matemático para procesar y expresar los resultados.

Se va instalando, así, primero en el ámbito profesional, un lenguaje tecnocientífico, acompañado de sus correspondientes cosmovisiones, que diversos sectores sociales van luego incorporando hasta convertirlo en componente importante del habla de la vida cotidiana y de las concepciones del mundo. En la medida en que hacemos la experiencia de nosotros y del mundo a través del lenguaje, la incorporación del lenguaje científico-técnico y su apropiación por la colectividad enriquecieron nuestra visión de nosotros mismos y del mundo social y material en el que habitamos. Un resultado notorio de este proceso fue la introducción paulatina del Sistema Métrico Decimal, lo cual no solo hizo posible el entendimiento y facilitó el intercambio, sino que nos proveyó a todos de un lenguaje desde el que apreciamos la realidad de una manera formalizada.

Este proceso de socialización del lenguaje científico-técnico se aceleró con el impulso a la educación técnica. En la segunda mitad del siglo XIX, paralela y concomitantemente con el desarrollo de la ingeniería, se fue introduciendo la educación técnica escolarizada de nivel intermedio en el área de la minería, la navegación de cabotaje, la agricultura, la carpintería, la mecánica, etc. Ahí están como ejemplos el Colegio de Minería de Huánuco, las Escuelas Taller de Ayacucho, Cusco, Huancavelica y Junín, los inicios de la Escuela de Agricultura Práctica en Lima y la Escuela de Artes y Oficios en Lima. En este contexto de intentos, no siempre exitosos, de introducción y expansión de la educación técnica hay ejemplos de indudable éxito: la creación de la Escuela de Ingenieros en 1876 para la formación de ingenieros y luego también de peritos agrimensores, la implantación de Escuelas de Capataces y Contramaestres en los principales asientos mineros, la creación de la Escuela de Agricultura y Veterinaria en 1902 y la recreación de la Escuela de Artes y Oficios de Lima en 1904.

La preocupación por la formación técnica lleva a los ingenieros a considerar que ella debe impartirse no solo en escuelas especiales, sino, en general, en la instrucción común, básica o media, especialmente en un “país joven” como el Perú, que no hemos terminado de construir, porque, como recuerda el Ing. Tizón y Bueno en 1919, “si en 1821 nacimos a la vida independiente, en 1921 deberíamos formar una nación, y aún nos hallamos muy lejos de haberlo conseguido.”  Y para ello, para avanzar en la construcción del país, hay que insistir en la educación técnica, porque la “maravillosa técnica moderna -dice Guarini, profesor de la Escuela de Artes y Oficios de Lima- hoy constituye el socorro más poderoso de la prosperidad de las naciones.” Y prosigue, en un país nuevo como el Perú hay que escoger muy bien a los profesores “sobre todo para las escuelas técnicas de las cuales depende el verdadero porvenir de una nación.” 

Estos esfuerzos de la ingeniería por introducir las visiones y el lenguaje técnico-científico se vieron reforzados con el surgimiento de una gama de instituciones. Mencionaré solo dos de ellas, la creación del Ministerio de Fomento en 1896, por iniciativa oficial, y la constitución de la Sociedad de Ingenieros del Perú en 1898 por iniciativa de los propios ingenieros. Los boletines de los diversos Cuerpos de Ingenieros del Ministerio de Fomento y la revista Informaciones y Memorias de la Sociedad de Ingenieros, además de otras publicaciones como el Boletín de Minas, Industrias y Construcciones de la Escuela de Ingenieros, el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, la Revista Agronomía de la Escuela de Agricultura, contribuyeron a elaborar y difundir ese lenguaje científico-técnico que se hizo normal en la rica variedad de instituciones públicas y privadas en las que se desempeñaban los científicos, ingenieros, técnicos e industriales cuyo número iba creciendo sostenidamente en el Perú. Importa, además, añadir que ese lenguaje comenzó a socializarse gracias a las contribuciones y debates de temas científico-técnicos que se trataban en congresos y eventos profesionales, y gracias también a la difusión de esta temática en los periódicos, sobresaliendo los frecuentes artículos de Oscar Miró Quesada y algunas contribuciones de los propios ingenieros, entre los que sobresalen, por aducir dos ejemplos, los de Pedro Paulet y Ricardo Tizón y Bueno.

Podemos decir, en general, que la cosmovisión que la ingeniería va generando e introducción paulatinamente en los diversos ámbitos de la sociedad, comenzando por el mundo profesional y productivo y llegando hasta la esfera del poder político e incluso a la vida cotidiana, consiste inicialmente en la búsqueda de un equilibrio entre lo natural, técnica y científicamente procesado, lo económico y lo social para diversificar e incrementar la producción y mejorar la productividad, mirando siempre a la construcción de un estado-nación, aún incompleto y hasta deficientemente diseñado, que abarque y articule el territorio completo, incorpore a toda la población y aproveche sabiamente las diversas potencialidades (mineras, agrícolas, forestales, pesqueras, energética, etc.) que ofrece la naturaleza en el Perú. En la mira está, como hemos reiterado, la búsqueda del bienestar. En el marco de esta cosmovisión, cuya puesta en práctica admite diversos posicionamientos (políticos, empresariales, socio-económicos, etc.), se reviste de sentido el empeño constante de los ingenieros por: 1) una estructura vial y de comunicaciones que cubra el territorio entero, articule los diversos espacios y permita el intercambio entre las poblaciones; 2) una incorporación de la toda la población, previa instrucción, en el proceso productivo y de intercambio; 3) una tecnificación del trabajo en general, pero especialmente del trabajo productivo para impulsar la industrialización de pequeña y gran escala; y 4) una búsqueda afanosa de recursos energéticos para hacer posible todo lo anterior. 

Dentro de estas líneas generales caben luego multitud de proyectos concretos orientados, por ejemplo, a superar las dificultades para surcar de ferrocarriles los Andes, acceder a los puntos navegables de los ríos amazónicos, irrigar por completo la costa, sanear e iluminar las ciudades, reglamentar la explotación minera, etc. etc.

Para concluir subrayo algunos aportes fundamentales del mundo de la ingeniería al pensamiento en el Perú y sobre el Perú: haber contribuido significativamente a producir y socializar el lenguaje científico-técnico desde el que nos miramos a nosotros mismos y miramos el mundo que nos rodea; haber dejado instalado el “discurso del bienestar” como complementario del “discurso de las libertades” para saber a qué atenernos y orientarnos en el mundo; haber entendido el Perú holísticamente y, por tanto, teniendo en cuenta los diversos territorios y las variadas poblaciones que lo componen; y, finalmente, haber mirado el progreso como un avance articulado de sectores.

Cómo estos aportes al mundo de las ideas hayan influido en la práctica de los ingenieros y del país en general es una pregunta que no nos hacemos en este trabajo.

28 oct 2021

Miradas a la modernidad en el siglo XX

José Ignacio López Soria

 

Publicado en:
Aranda Dioses, Edith (1919),
El proyecto urbano moderno de las company towns en el Perú.
La Oroya y Talara, 1940-1970.
Lima: UNMSM / UNI …, pp. 13-17.

 

Pocas veces, si alguna, se pone de manifiesto, de manera tan clara e integral, la relación forma/función del modernismo arquitectónico como en los campamentos y ciudades empresa del capitalismo industrial del siglo XX. Edith Aranda, socióloga de formación y distinguida profesora de la UNI, viene estudiando este tema desde hace años y dando cuenta parcial de sus resultados en escritos anteriores.  Hoy, con la publicación de El proyecto urbano moderno de los company towns en el Perú: La Oroya y Talara, 1940-1970, la autora nos entrega un texto rico en información (histórica, económica, social, urbanística, política y cultural), bien organizado, con posiciones convincentemente sustentadas, y de fácil y agradable lectura. El repaso de sus páginas nos permite asistir al proceso de conformación y desarrollo de dos espacios urbanos emblemáticos, La Oroya y Talara, presentados ambos por la autora como ejemplos de “enclave” del capital extranjero y de vigencias modernizadoras en entornos esencialmente tradicionales.

El objetivo del trabajo es claro. Se trata, es cierto, de describir el mencionado proceso de constitución y progreso de dos campamentos convertidos luego en ciudades empresa, pero lo que se pretende en realidad es desentrañar la relación entre forma urbanística y habitacional, de un lado, y, de otro, construcción de identidad, formación de socialidad, elaboración de cultura y facilitación del reconocimiento y ejercicio del poder. En cada caso, se comienza presentando la historia del proceso de poblamiento inicial del espacio, no sin esbozar las relaciones con el entorno, y se da cuenta del establecimiento en la zona de la empresa en cuestión, con ciertos apuntes sobre la economía regional circundante. Se estudia luego la estructuración urbana y habitacional y el tipo de identidad y socialidad (mundo de la vida) que ellas pretenden configurar. Se analiza a continuación el proceso mismo de socialización poniéndose énfasis en los aspectos culturales y, concretamente, en la dialéctica tradición/modernidad a la que los pobladores se encuentran incorporados. La parte final de cada estudio está reservada para el análisis de la microfísica de un poder que puede manifestarse sin ambages por la condición de “enclave” que el poder político nacional concedió generosamente a las empresas extranjeras.

El estudio central, capítulos III y IV, está seguido de un análisis comparativo  que “contrasta”, subrayando las diferencias, lo ocurrido en La Oroya (modelo logrado solo a medias) con lo que pasó en Talara (modelo desarrollado plenamente). Esta metodología del contraste no impide a la autora hacer caer en la cuenta de las similitudes entre ambos espacios: el paso de condiciones y formas de vida tradicionales a modernas (con cierto mantenimiento de vigencias locales), diversificación de la estratificación social, generalización del trabajo asalariado, orden coercitivo que supedita la vida enteramente (incluyendo el ámbito de lo privado) al proceso de producción, fomento de la capacitación en el proceso laboral, influencia en las relaciones y formas de producción del entorno de las ciudades empresa, etc.

Anteceden al estudio concreto de la realidad dos capítulos dedicados, el primero, a la presentación del cuerpo conceptual y, concretamente, al estudio de la relación entre ciudad y modernidad, y, el segundo, al repaso de la historia de la modernización urbana en América Latina, poniéndose el énfasis en los proyectos de company towns y sus efectos en la socialidad.

Estamos, pues, ante un texto que presenta el tema de los campamentos y ciudades empresa desde una rica variedad de dimensiones. Para lograr esta diversidad de perspectivas y luego conjugarlas en una visión articulada, la autora ha tenido que revisar una abundante bibliografía (filosófica, histórica, urbanística, sociológica, etc.), estudiar minuciosamente decenas de documentos oficiales, recoger información y posicionamientos de las empresas concernidas, analizar las publicaciones periódicas de la época (principalmente boletines de minas e ingeniería), desarrollar trabajo de campo para reunir información y testimonios de los habitantes,  e incluso acercarse a la literatura que refigura aspectos de la vida en los company towns (M. Scorza, C. Calderón Fajardo, …).

El estudio de Edith Aranda nos sitúa de un tramo -el de 1940 a 1970- del proceso de “modernización” de la sociedad peruana en el que la ciudad, la industria, los sectores medios urbanos y los trabajadores organizados son los actores más relevantes. Se trata de una época de nuestra historia en la que el antiguo orden oligárquico estaba jugando su última partida, pero en el escenario no se perfilaba una burguesía industrial urbana con un proyecto social alternativo y con la posibilidad real de sustituir a la vieja oligarquía. No existía una tradición liberal que hubiese cuajado en organización política. El liberalismo de entonces era fruto o bien del desencanto con respecto a las posibilidades salvíficas del fascismo o bien del sueño por un Estado de bienestar cuyas bases estaban lejos de haberse echado. El proceso de industrialización, además de timorato y atravesado de externalidad, obedecía a un molde, el de sustitución de importaciones, que no daba para construir liderazgos y articular hegemonías sobre la base de la satisfacción de las necesidades materiales y culturales de pobladores ahora ya organizadamente presentes en la escena pública. El proceso de urbanización obedecía más a dinámicas de expulsión del campo (por la maquinización del trabajo agrícola y minero, la composición de tierras y la contaminación de zonas de cultivo) que a la necesidad de fuerza de trabajo de la débil industria urbana. Puede, por tanto, afirmarse que entre nosotros, en esa época, urbanización no necesariamente equivalía a modernización.

Quedaban, sí, como portadores de modernidad los sectores medios urbanos profesionalizados y los trabajadores asentados en la socialidad capitalista (identidad, relaciones de producción, cultura…), dispuestos unos y otros a construir, a través de sus propuestas y organizaciones, espacios de encuentro, caminos convergentes y objetivos equivalenciales con los “condenados de la tierra” y lo poco que había de burguesía nacional. Los primeros se mueven como pez en el agua en el mundo de la cultura y, efectivamente, consiguen que esta resurja, poderosa y “peruanizada”, tanto en la esfera del conocimiento y el pensamiento, como en la de la legitimidad (ética, legalidad, filosofía política, teología) y, especialmente, en el ámbito del arte y el lenguaje. La abundancia de pensadores, artistas y escritores de talla de mediados del siglo XX es muestra evidente de lo que estamos sosteniendo. Son las clases medias urbanas y profesionalizadas las que han decidido tomar la palabra (y no prestársela al poder ni a los sectores subalternizados) para dar cuenta de sus demonios, expectativas y propuestas desde un posicionamiento que, abandonando las dicotomías usuales (indigenismo / hispanismo; tradición / modernidad; propio / extraño; capitalismo / socialismo, etc.), asume como propios el dentro y el fuera, lo uno y lo otro, lo secular y lo sagrado, el mito y lo real, lo tradicional y lo moderno, lo andino y lo costeño, etc.   

El hecho de estar conscientemente asentado en esta dicotomía fue probablemente la mayor fuente de creatividad de este sector social. Junto a él, pero hablando poco, si algo, entre ellos, estaba el otro sector, el de los trabajadores principalmente de la ciudad, pero también del campo, en proceso de incorporación a la socialidad moderna y, más concretamente, al ideal del progreso. Ganado por ideologías que venían de la década de 1920 (aprismo y socialismo), este sector reafirmó en la época que nos ocupa (1940-1970) su condición de promotor principal del movimiento social, de portador de ideales de equidad y justicia distributiva,  de modernizador sin pérdida de tradiciones ancestrales, de reconocimiento de diversidades culturales.     

En este contexto, y después de un largo proceso que arranca a comienzos del siglo XX, se fortalece el modelo de modernización aportado por los company towns. Pero este modelo  no es generalizable por su condición de “enclave”, espacio enclavado en los andes centrales (La Oroya) o en la costa norte (Talara) y favorecido con un régimen de excepción tributaria, jurídica y político-administrativa que el Estado le otorga. Se trata, además, de un modelo que, a juzgar por los aportes de Judith Aranda, está centrado, desde arriba, en lo que, con M. Berman y J. Habermas, podemos considerar como “modernización” o procesos de racionalización de los subsistemas sociales (producción, comercialización, estructura urbana, escolarización, urbanización, gestión de la convivencia, etc.) para incrementar la productividad. En este caso, el predominio de la racionalidad instrumental es completamente evidente. Es más, cuando el modelo, como en el caso de Talara, puede aplicarse con más facilidad, el campamento y luego la ciudad empresa son pensados como panóptico (J. Bentham y M. Foucault), un mundo en el que el poder está siempre observando y controlando, incluso el ámbito de la vida privada, para que todo contribuya a la maximización de la ganancia.

De este modelo está lejos la “modernidad” como torbellino (Berman) que arrasa con todo, tanto en el ámbito de las esferas de cultura, como en los subsistemas sociales y en el mundo de la vida. Es cierto, sin embargo, como estudia la autora, que la permanencia en los company towns, especialmente cuando, como en el caso de Talara, es la compañía misma la que cultiva con esmero el sentimiento de pertenencia entre sus trabajadores, estos se van empapando de la cultura de la empresa e incluso van construyéndose una identidad “moderna”, en el sentido de funcional a la marcha de la empresa y el logro de los objetivos empresariales. Esta funcionalidad está atravesada de racionalidad instrumental y, por tanto, alejada de la racionalidad liberadora que es también componente esencial de la modernidad. Hablando en términos de las tres lógicas fundantes de la modernidad, podríamos decir que los company towns cumplen a cabalidad las lógicas del capitalismo y de la industrialización, pero son totalmente ajenos a la lógica de la sociedad civil que se expresa en democracia, en respeto de los derechos del hombre y del ciudadano y en construcción de identidades hechas a vivir en mundos electivos y no ya preceptivos.

Unido a trabajos recientes, que se han centrado en el “modernismo” artístico y arquitectónico [1. Rebaza Soraluz, Luis (1917). De ultramodernidades y sus contemporáneos. México/Lima: FCE. 2. Bonilla, E.; H. Abarca et alii (2016). Walter Weberhofer. El proyecto moderno en el Perú. Lima: Univ. de Lima. 3. Acevedo, A. y M. Llona (2016). Catálogo Arquitectura Movimiento Moderno Perú. Lima: Univ. de Lima], el trabajo de Edith Aranda aporta al estudio de mediados del siglo XX perspectivas interesantes y una valiosa información sobre los campamentos y ciudades empresas como modelos territorializados de “modernización” urbanística, social y empresarial.  

A pesar de estos importantes avances, sigue faltando un estudio comprehensivo, abarcador, holístico, sobre la modernidad en el Perú de esos años, un estudio ambicioso que se refiera (para ponerlo en términos de Weber y Habermas) tanto a las esferas de la cultura como a los subsistemas sociales y al mundo de la vida, o que abarque (para expresarlo en categorías de Heller) tanto las lógicas del capitalismo y de la industrialización y como la de la sociedad civil. La carencia de ese estudio hace que entendamos solo a medias lo que vino después: desde la modernidad autoritaria de los regímenes militares de 1962 y 1968 hasta la modernización neoliberal de la última década del siglo XX.

Lima, marzo 2018

2 feb 2017

Las lógicas de la modernidad


José Ignacio López Soria 

Publicado en: (abril 1988). Huaca, Revista de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes de la UNI. Lima, (2), p. 4-9.
         
El concepto de modernidad es evidentemente polisémico. Es necesario, por tanto, iniciar la reflexión como lo haría la más genuina tradición escolástica, por la definición del término.
          Desde la perspectiva de la historia, que es la que aquí escogemos para abordar el tema, el concepto de modernidad remite a “nuestro presente”, es decir a la etapa histórica que se inicia en la segunda mitad del siglo XVIII, que reconoce y asume  las etapas anteriores de la historia occidental como “pasado del propio presente” y que tiene la posibilidad objetiva de decidir en el presente “el futuro del propio presente”.
          Esta primera aproximación al concepto de modernidad, aunque más relacionada con la extensión –en este caso temporal- del término, recoge sin embargo un aspecto fundante de la modernidad: la historicidad. El hombre moderno es (o puede ser) a cabalidad un “ser histórico” porque puede no solo conocer el pasado histórico sino reconocerlo y asumirlo como “pasado del propio presente”, y porque además, cuenta con la posibilidad objetiva de decidir el futuro en el presente. Esta invasión del pasado y el futuro por el presente y su correlativa forma de conciencia histórica constituyen los fundamentos de la historicidad y abren, por primera vez, la posibilidad de realización plena del “ser histórico”. No es raro por tanto, que las preguntas fundamentales de la existencia histórica –qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos- se le planteen al hombre de la modernidad como interrogantes individual y colectivamente ineludibles y que le obliguen a buscar respuestas que le comprometen enteramente.
          Pero una aproximación solo extensiva al concepto de modernidad, por más que implique ya ciertos aspectos referibles a la connotación, es insuficiente. Se requiere, además, de una caracterización de “nuestro presente” para darle contenido al concepto de modernidad.
          Ágnes Heller, en Teoría de la Historia (Barcelona: Ed. Fontamara, 1982. Tr. por J. Honorato) principalmente, pero también en Crítica de la  Ilustración (Barcelona: Ed. Península, 1984. Tr. por G. Muñoz y J.I. López Soria), ha intentado una caracterización de “nuestro presente” condesando en tres los componentes fundamentales de la sociedad que se inaugura en la segunda mitad del siglo XVIII: el capitalismo, la industrialización y la sociedad civil. Estos tres elementos constituyen las categorías fundamentales (o “formas de existencia”, en terminología de Marx) de la modernidad.

20 jul 2016

Las lógicas de la modernidad

Publicado en: (abril 1988). Huaca, (2), 4-9.

El concepto de modernidad es evidentemente polisémico. Es necesario, por tanto, iniciar la reflexión como lo haría la más genuina tradición escolástica, por la definición del término.
Desde la perspectiva de la historia, que es la que aquí escogemos para abordar el tema, el concepto de modernidad remite a “nuestro presente”, es decir a la etapa histórica que se inicia en la segunda mitad del siglo XVIII, que reconoce y asume las etapas anteriores de la historia occidental como “pasado del propio presente” y que tiene la posibilidad objetiva de decidir en el presente “el futuro del propio presente”.
Esta primera aproximación al concepto de modernidad, aunque más relacionada con la extensión –en este caso temporal- del término, recoge sin embargo un aspecto fundante de la modernidad: la historicidad. El hombre moderno es (o puede ser) a cabalidad un “ser histórico” porque puede no solo conocer el pasado histórico sino reconocerlo y asumirlo como “pasado del propio presente”, y porque además, cuenta con la posibilidad objetiva de decidir el futuro en el presente. Esta invasión del pasado y el futuro por el presente y su correlativa forma de conciencia histórica constituyen los fundamentos de la historicidad y abren, por primera vez, la posibilidad de realización plena del “ser histórico”. No es raro por tanto, que las preguntas fundamentales de la existencia histórica –qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos- se le planteen al hombre de la modernidad como interrogantes individual y colectivamente ineludibles y que le obliguen a buscar respuestas que le comprometen enteramente.
Pero una aproximación solo extensiva al concepto de modernidad, por más que implique ya ciertos aspectos referibles a la connotación, es insuficiente. Se requiere, además, de una caracterización de “nuestro presente” para darle contenido al concepto de modernidad.
Ágnes Heller, en Teoría de la Historia principalmente pero también en Crítica de la Ilustración , ha intentado una caracterización de “nuestro presente” condesando en tres los componentes fundamentales de la sociedad que se inaugura en la segunda mitad del siglo XVIII: el capitalismo, la industrialización y la sociedad civil. Estos tres elementos constituyen las categorías fundamentales (o “formas de existencia”, en terminología de Marx) de la modernidad.
Cada uno de estos componentes tiene su propia lógica o su propia dynamis. La modernidad comienza cuando las tres lógicas se encuentran, aunque sea conflictivamente, al mismo tiempo y en el mismo espacio. Esto supone que la modernidad no comienza al mismo tiempo en todas y cada una de las sociedades que componen el mundo occidental. Se trata, más bien, de un proceso que conoce diversos ritmos y en el que generalmente la lógica del capitalismo precede a la de la industrialización y esta a la de la sociedad civil. Solo cuando las tres lógicas se encuentran se constituye propiamente la modernidad plena. Lo que significa que la presencia activa de una de las lógicas –la del capitalismo, por ejemplo- no asegura el inicio de la modernidad. Esto es exactamente lo que suele ocurrir en los países periféricos, que entran a formar parte del sistema pero sólo como exportadores de materias primas e importadores de manufacturas, es decir como sujetos pasivos de la lógica del capitalismo.
La lógica del capitalismo, portada originariamente por el mercader de “pies polvorientos” del final del Medioevo, apunta esencialmente a la universalización del mercado, pero conlleva también la subordinación y dominación del desarrollo económico de unos países a otros. La lógica de la industrialización, cuyo portador típico es el “capitán de empresa” de la Revolución Industrial, se orienta hacia la universalización de las maneras de producir los bienes materiales y de reproducir las condiciones de existencia social, pero se hace también inseparable de la explotación de unos hombres por otros y de la cosificación e instrumentalización de los individuos. Finalmente, la lógica de la sociedad civil, que se manifiesta pregnantemente en las masas parisinas entonando “le jour de gloire est arrivé” (el día de gloria ha llegado) y agitando la consigna de “libertad, igualdad, fraternidad”, apunta como horizonte posible y deseable, a la democratización de la sociedad, a la igualación real de las oportunidades y a la socialización del poder, es decir a la real universalización de “los derechos del hombre y del ciudadano”.

29 may 2012

Entre la modernidad "popular" y la "profesional". Notas sobre dos libros recientes


José Ignacio López Soria

Con pocos días de diferencia, han aparecido dos libros que recogen los sueños y las realizaciones de los portadores del proyecto moderno de la segunda mitad del siglo XX en el Perú. José Matos Mar, conocido antropólogo, continúa sus investigaciones sobre la formación de los barrios populares de Lima en Perú: Estado desbordado y sociedad nacional emergente. Historia corta del proceso peruano: 1940-2010 (Lima: Editorial Universitaria / Universidad Ricardo Palma, 2012),  y el arquitecto Elio Martuccelli, en Conversaciones con Adolfo Córdova (Lima: Instituto de Investigación de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes / UNI, 2012) da cuenta de las aspiraciones y emprendimientos de un grupo de profesionales (arquitectos y urbanistas, principalmente) empeñados en afincar en el Perú el proyecto moderno, dialogando con uno de sus más comprometidos actores.   

Me ocuparé de cada uno de estos libros por separado y dejaré para el final algunas anotaciones generales, pero anoto desde el inicio que los abordo juntos porque los temas estudiados por los autores mencionados se dan al mismo tiempo y en el mismo espacio, aunque, lamentablemente, con débiles relaciones entre los sujetos colectivos a los que los libros se refieren.

"Río + 20" y el desarrollo


José Ignacio López Soria

Intervención en el Foro “Río + 20: Desafíos y perspectivas”, organizado por INTE/PUCP (Instituto de Ciencias de la Naturaleza, Territorio y Energías Renovables  / Pontificia Universidad Católica del Perú) y por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, y realizado en el Centro Cultural de la PUCP, 23-25 de mayo de 2012. Mesa: ¿Es posible un desarrollo sostenible en el Perú del siglo XXI?, 25/5/2012.

“Rio + 20” and the development

Abstract

Instead of thinking of the possibility of sustainable development (see the coming conference “Rio + 20: Challenges and perspectives”), this article explores the issue of desirability of development in general, by situating the issue in the concept realm. After reflecting on the origin of the development concept by relating it to the western pattern of civilization that started with the “discoveries”, conquests and colonization, the author takes a look at how in the present time the human being, the history, the nature and the relationship between man and nature are thought mostly from the perspective of economic growth, by leaving in the oblivion even the ideas of progress and development. Finally, in order to participate in the conference “Rio + 20” with a critical perspective, the author proposes to debate  the following statements:  the relation between human beings and nature should be one of an horizontal (not vertical) co-partnership; the human being should be defined not as a being-in-the-world but as a being-with-the-world; the concept of development should be replace for the concept of dynamic cohabitation between human beings and nature; the relations among human beings should be oriented not by the idea of competitiveness but by the criterion of mutual collaboration; to replace the idea of globalization for that of “globality”; to define the human life not in terms of “becoming” or “developing” but in terms of plenitude. 

Anotación preliminar

La formulación misma de la pregunta que se nos ha hecho, “¿Es posible un desarrollo sostenible en el Perú del siglo XXI?”, es una invitación a analizar y proponer cómo pasar de un desarrollo a secas a un desarrollo sostenible, dándose por su supuesto que el desarrollo sostenible es ya de suyo deseable. La reflexión que voy a proponer está relacionada con la deseabilidad del desarrollo sostenible y no propiamente con su posibilidad. Sé que, al proceder así, me escapo de la pregunta, pero no porque no considere pertinente la necesidad de buscar estrategias teóricas y práctica para un desarrollo sostenible, como de hecho se viene haciendo fructíferamente en este foro y se hará en “Río + 20”, sino porque, estando ya al final, prefiero invitarlos a abrir el horizonte del debate asomándonos a perspectivas que considero alternativas con respecto al discurso hegemónico. Y lo hago de este manera porque, para mí,  lo más rico de un foro no son las conclusiones a las que llega sino los caminos que deja abiertos al pensamiento.

Mi reflexión consistirá en ideas sueltas, sin ninguna pretensión de sistematicidad. Y lo haré situando los “desafíos y perspectivas”, que “Río + 20” no convoca a pensar, en al ámbito de discurso y no en el de las prácticas del desarrollo. Me limitaré, por tanto, a ofrecer algunas anotaciones sobre la idea de desarrollo para centrarme luego en la actualidad y arriesgarme, al final, a proponer categorías conceptuales para pensar la convivencia en términos de plenitud y ya no de desarrollo.

3 may 2012

Eventos y tensiones de la modernidad en arquitectura en el Perú



José Ignacio López Soria
                       
Presentación del libro: Martuccelli, Elio. Conversaciones con Adolfo Córdova. Lima: Instituto de Investigación de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes, Universidad Nacional de Ingeniería, 2012.  Presentado en el Colegio de Arquitectos del Perú, 25/04/2012.

Introducción

“… recordar es una manera de volver a vivir.” (p. 99), ha sentenciado Adolfo Córdova al final de su segunda conversación con Elio Martuccelli. Y, efectivamente, en Conversaciones con Adolfo Córdova el recuerdo no consiste en el mero registro de lo vivido sino más bien en traer a la presencia un pasado que habita nuestro propio presente, recurriéndose para ello al diálogo, la forma expresiva más propia de la convivencia porque hace posible incluso darles voz a quienes no pueblan ya el presente.     

No voy a ocuparme aquí de describir en detalle el libro a dúo de Martuccelli/Córdova, aunque algo diré al respecto, sino más bien de continuar el diálogo al que el texto me convoca, fijándome en las tensiones que se advierten en el proceso de introducción de la modernidad en arquitectura y urbanismo. Porque para mí, Conversaciones con Adolfo Córdova es una convocación a pensar el pasado que habita nuestro presente, más que un recuento frío de nuestra historia reciente.

17 abr 2012

Aproximaciones a la “Agrupación Espacio”


José Ignacio López Soria

Publicado en: Medio de Construcción. Revista mensual de diseño y construcción. Lima, n° 126, mayo 1997, p. 18-23.

Introducción

Es indudable que el puñado de arquitectos, artistas y, en general, intelectuales que constituyó y dio vida a la “Agrupación Espacio” (en adelante: AE) al final de los años 40 contribuyó a desencadenar en el Perú el proceso de la modernidad tanto en las esferas de la cultura como en los subsistemas sociales. Este fenómeno, sin embargo, no ha merecido hasta ahora la atención de los estudiosos a pesar de que en él es posible encontrar buena parte de las claves para la comprensión del Perú contemporáneo. Artículos sueltos de Eduardo Neira y Carlos Doblado, entre otros, y un “Testimonio de parte” de Adolfo Córdova son algo de lo poco que se ha escrito sobre un fenómeno cultural que agrupó a gentes como Luis Miró Quesada G. (Cartucho), Sebastián Salazar Bondy, Fernando de Szyszlo, Enrique Iturriaga, Celso Garrido Lecca, Adolfo Córdova, Blanca Varela, Santiago Agurto, Carlos Williams y Eduardo Neira, entre otros.

13 abr 2012

Weber y las claves para comprender la modernidad


José Ignacio López Soria

Publicado en:  Debates en Sociología. Lima, PUCP, n° 30, 2005, p. 29-39. (publicado en 2006)

1. Introducción


De Weber se ha dicho, y no sin razón, que es pensador de un mundo que ha perdido su inocencia, de un mundo en el que la optimista reconciliación ilustrada entre sociedad civil y estado, de los días de la enunciación del proyecto moderno, no sólo no se había logrado sino que había mostrado limitaciones insalvables. De demostrar esas limitaciones se habían encargado ya, de un lado, la izquierda hegeliana y el marxismo, poniendo el acento en la alineación y en la crítica de la economía política, y de otro, Kierkegaard y los vitalistas, enfatizando la irreductibilidad del individuo o la inconmensurabilidad de la vida. No es raro que en ese contexto de pérdida de aura del proyecto moderno, la intelectualidad occidental del cambio del siglo XIX al XX oriente sus mejores energías a repensar críticamente la modernidad y sus vigencias fundamentales, mientras que en el mundo del arte las vanguardias tratan de escapar del realismo decimonónico para embarcarse en la búsqueda de nuevos recursos artísticos que permitan refigurar simbólicamente dimensiones inexploradas de la condición humana. Estas nuevas orientaciones y búsquedas se hacen particularmente intensas en Europa central, una región que, como es sabido, había llegado con retraso al desarrollo capitalista. En ese escenario y concretamente en el cambio de siglo, es el filósofo Federico Nietzsche quien se toma más en serio la crítica de la modernidad occidental. Años más tarde, siguiendo la huella de Nietzsche, otro filósofo alemán, Martín Heidegger, seguiría profundizando la crítica al proyecto moderno.

Max Weber (1964-1920), hijo de un empresario y político liberal y de una mujer calvinista y profundamente puritana, se incorpora desde joven a esas búsquedas apropiándose, inicialmente de la cultura greco-romana, completando su formación con estudios de derecho, filosofía, economía e historia, ejerciendo la cátedra en diversas universidades (Berlín, Friburgo, Heldelberg y Munich), dedicándose a la investigación de la historia agraria de la antigua Roma y de las compañías comerciales del medioevo, y centrándose finalmente en la sociología de la cultura y particularmente de las religiones. 

Tradición y modernidad en los “Comentarios Reales”


José Ignacio López Soria

Publicado en: Mazzotti, José Antonio (ed.). Renacimiento mestizo: los 400 años de los Comentarios Reales. Madrid / Frankfurt / Orlando, Iberoamericana / Vervuert , 2010. p. 353-360.
Versión ligeramente modificada, con el título “La construcción de la identidad en los Comentarios Reales”, en: Martos, Marco; Aída Mendoza e Ismael Pinto. Actas del Congreso Internacional “Las palabras de Garcilaso”. Lima: OEI/UNMSM/USMP, 2010. p. 283-293.


Los Comentarios Reales del Inca Garcilaso de la Vega han sido objeto de numerosas lecturas que miran el texto desde perspectivas diversas. Mi mirada estará centrada en la relación tradición/modernidad, partiendo del convencimiento de que el autor es él mismo fruto y parte de esa “agresión originaria” a la que llamamos descubrimiento y conquista y que contribuye a la inauguración, en dimensión global, de la modernidad y, con ella, a la descomposición/recomposición de las tradiciones.     

Los conceptos de tradición y modernidad en los Comentarios Reales no pueden ser entendidos sino en el contexto hermenéutico en el que su autor se mueve. Ese contexto estaba constituido por los saberes acumulados de los indígenas o “naturales”, los conocimientos de los amautas y los registros oficiales recogidos en los quipus, la memoria de los descendientes de los incas, las narraciones de los cronistas y la memoria de los conquistadores, los saberes clásicos y teológicos recogidos en libros y transmitidos a través de la escuela y de comunicaciones entre expertos, y, finalmente, las posibilidades de significación y comunicación que ofrecían principalmente la gramática y la pragmática del castellano y el quechua y, en su tanto, del latín y el italiano.

Modernidad y tradición: el informe de Barón de Nordenflicht


José Ignacio López Soria

Publicado en: López Soria, José Ignacio,  Juan Luis Orrego y Cristóbal Aljovín de Losada (com).  Las independencias desde la perspectiva de los actores sociales. Lima: 2009, OEI/PUCP/UNMSM, p. 283-294.

Introducción

Los estudios sobre los procesos de emancipación y de constitución del orden republicano suelen centrarse en las ideas políticas, las rebeliones contra el orden colonial, las guerras de independencia y la formación de la red institucional de los nuevos estados soberanos. El conocimiento de estos aspectos es evidentemente necesario, pero no basta para tener una idea cabal de los cambios que ocurrieron en nuestras sociedades durante las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del siglo XIX.  Yo sostengo, como hipótesis de trabajo, que, a tono con la historia del mundo occidental de entonces, las antiguas colonias españolas se incorporan al proyecto de la modernidad intentando pasar de un orden esencialmente preceptivo, premoderno, a otro esencialmente electivo, moderno.  Este proceso se manifiesta, por cierto, en la constitución de estados independientes, pero se expresa también, en mayor o menor medida, tanto en las esferas de la cultura –el dominio del conocimiento, de las normas jurídicas y éticas, del arte y la representación simbólica- como en los subsistemas sociales de producción, de intercambio, de formación, etc. Y todo ello trae muy serias consecuencias para la vida cotidiana, obligando a los individuos y a las colectividades a redefinir su identidad, recomponer las vinculaciones sociales, repensar las lealtades, etc.      

Como puede suponerse, mi comunicación no va a abordar todas esas variables del proceso social.  Voy a centrar mi atención en un solo documento, el Tratado del arreglo y reforma que conviene introducir en la Mineria del Reyno del Perú para su prosperidad, conforme al Sistema, y practica de las Naciones de Europa mas versadas en este Ramo, presentado de oficio al Superior Govierno de estos Reynos por el Baron de Nordenflicht. 

Después de una breve alusión a la misión Nordenflicht y su entorno, me fijaré en las posiciones sostenidas por el mineralogista alemán en relación con las esferas de la objetividad y de la legitimidad y con el subsistema estatal. Mi intención es mostrar cómo el principio que orienta la posiciones de Nordenflicht es el de la racionalidad moderna, que él se esfuerza por introducir en abierta oposición con las orientaciones tradicionales de mineros y autoridades coloniales. 

Las universidades y las lógicas de la modernidad en el proceso de construcción del Estado-nación


José Ignacio López Soria

Conferencia y texto para el evento (Agosto, 2011) “Universidad y Nación”, organizado por la PUCP. En prensa.

Anotaciones previas

Para hablar sobre universidad y nación es preciso comenzar haciendo algunas anotaciones preliminares.

1ª. anotación. El diseño y el desarrollo de la idea de nación se dan en el ámbito de realización del proyecto de la modernidad en clave ilustrada, y en ese proyecto intervienen tres lógicas principales[1]: la de la sociedad civil, que busca afincar y extender las libertades y el ejercicio de la ciudadanía y se expresa en la creación de un estado bajo la modalidad de la democracia representativa; la del mercado, que alienta el intercambio a escala nacional e internacional; y la de la industrialización, que tiene que ver con la exploración y explotación de la naturaleza para satisfacer y ampliar las necesidades humanas. En la articulación de estas tres lógicas y en su objetivación en las llamadas “dimensiones institucionales de la modernidad” (A. Giddens) consiste, en términos gruesos, el proyecto moderno, que, como sabemos, está en la base del diseño y construcción de los estados-nación.  

La UNI y el proyecto de la modernidad


José Ignacio López Soria

Versión inicial: Conferencia ofrecida en el Colegio de Ingenieros del Perú. Reunión de la Asociación de ex alumnos de la UNI. 30 de junio 2010. Publicada con ligeras modificaciones en: Cuarzo Económico. Lima, año 1, n° 1, (dic. 2010), p. 66-69.

Voy a presentar aquí la historia de la UNI y los retos que se le plantean en la actualidad, considerando como eje articulador  la relación con el proyecto de la modernidad en el Perú.

El proyecto de la modernidad

El proyecto moderno consiste en una propuesta de racionalización de: 1) las esferas de la cultura (el conocimiento, la regulación del poder a través de normas éticas y jurídicas, y la representación simbólica); 2) los subsistemas sociales (la producción a través de la industria, el intercambio a través del mercado, la gestión política a través de la democracia representativa, el aprendizaje a través de la disciplinarización de los saberes y de su impartición en la escuela, la seguridad interna y externa por medio de los cuerpos policiales y el ejercito permanente profesionalizados, etc.; y 3) la vida cotidiana de los individuos asignándoles identidades por su condición de pertenecientes a una nación, de ciudadanos con capacidad para participar en las decisiones o por la adscripción a categorías profesionales y laborales. Los objetivos buscados con esta propuesta de racionalización quedan claros en las promesas del proyecto moderno: libertad, equidad, solidaridad y bienestar generalizados.

31 jul 2009

Ciencias y humanidades en el discurso moderno


José Ignacio López Soria

Discurso con motivo del otorgamiento del grado de “Profesor Honorario” de la Universidad Ricardo Palma. Publicado en: Tradición. Publicación oficial de la URP. Segunda Época. Lima, n° 7, dic. 2007, p. 95-100

Introducción

Las ciencias y las tecnologías no están tan alejadas, como a veces pensamos, de las humanidades y ciencias sociales. Unas y otras tienen un mismo origen, la filosofía, son componentes, diferenciados pero articulados, del mismo proyecto, el de la modernidad, e incluso adoptan perspectivas similares con respecto al mundo postmoderno que asoma en el horizonte. Las diferencias entre ellas se ven más marcadas cuando, en lugar de mirar estos saberes y disciplinas diacrónica o históricamente, los miramos sincrónicamente, dentro de un mismo tiempo histórico.

De estos tres momentos, el origen de estas formas de conocimiento, su posición en el  proyecto moderno y su apertura a las perspectivas postmodernas, voy a centrar mi presentación en el segundo, haciendo sólo breves alusiones al primero y al tercero.

4 jul 2009

Giddens y la radicalización de la modernidad

José Ignacio López Soria

Publicado en: Socialismo y participación. Lima, CEDEP, n. 86, dic. 1999, p. 97-110

Anthony Giddens(1), escasamente conocido en nuestro medio, es un profesor de Cambridge que, desde comienzos de la década del 70, viene ocupándose de la teoría social y elaborando una sugestiva interpretación de la modernidad. Su obra escrita se compone de numerosos artículos, varios volúmenes colectivos y algunas decenas de libros (2). Ultimamente ha sustentado conferencias en varias partes del mundo, que han sido recogidas íntegramente por Internet (3). Son ya no pocos los autores (4) que se han ocupado de su obra. Se han desarrollo igualmente algunos seminarios (5) para analizar críticamente sus aportes.

En el texto que sigue voy a ocuparme exclusivamente de la teoría de Giddens sobre la modernidad, a partir especialmente de The Consequences of Modernity (6)

1. PREÁMBULO NECESARIO

Desde una preocupación primigenia por la teoría social y sus fundamentos epistemológicos, Giddens, en diálogo crítico principalmente con Durkheim, Weber y Marx, ha ido elaborando una teoría de la estructuración de la que da cuenta en La constitución de la sociedad. Bases para la teoría de la estructuración (7) Su intento, desde el inicio, es trabajar en la línea de una refundación de la teoría de la sociedad, desde el convencimiento, que le acerca a los postmodernos, de que ya no es dable fundar el progreso ni el conocimiento en esa providencia secularizada que para Giddens es la razón, sea trascendental, al modo de Kant, o encarnada en un pueblo, al modo de Hegel.

Con su duda acerca de la fundamentación moderna del saber y del progreso y su convencimiento de que la historia no es ya pensable como teleología, Giddens se incorpora de lleno a la polémica modernidad/postmodernidad desde una perspectiva esencialmente sociológica. Se ve entonces obligado, sin abandonar su antiguo debate con Durkheim, Weber y Marx, a discutir su comprensión de la modernidad con otros interlocutores como Lyotard , Habermas, Daniel Bell, Marshall MacLulan e Immanuel Wallerstein.

De los clásicos (Marx, Durkheim y Weber), Giddens recoge la aproximación a la modernidad desde la institucionalidad, sólo que éstos, dirá criticándolos, se han aproximado a la modernidad privilegiando una única dinámica de transformación y su respectiva dimensión institucional: el capitalismo (Marx), la industrialización (Durkheim), la racionalización (Weber).

A la consideración weberiana de que los vínculos de la racionalidad moderna se van apretando más y más hasta dejar al hombre encerrado en la "jaula de hierro" de la rutina burocrática opone Giddens su visión de la modernidad avanzada como un desborde de las dimensiones institucionales de la modernidad por las vías de la globalización.

De Marx, después de rechazar el unidimensionalismo indicado arriba, recoge Giddens la caracterización de la modernidad como monstruo destructivo e irreversible que, sin embargo, puede ser domesticado porque es, como todo lo histórico, fruto humano que el hombre puede controlar. También para Giddens, como para Marx, el capitalismo es una manera irracional de conducir el mundo porque supedita la satisfacción de necesidades humanas a los caprichos del mercado. En esta relación con Marx se fianza de voluntad de Giddens de no sólo comprender racionalmente lo que hay sino domesticarlo. No sorprende, por tanto, que Giddens figure hoy entre los asesores cercanos a Blair.

Con respecto a Lyotard, Giddens pondera en el filósofo francés el atrevimiento de dudar acerca de los fundamentos modernos de la epistemología y del progreso, el desvanecimiento de la gran narrativa de emancipación y el descrédito de la idea de historia universal. Cree, sin embargo, criticando a Lyotard, que es posible y deseable un saber de la sociedad aunque diversamente fundado.

Concuerda con Habermas en la idea de que es posible y deseable un conocimiento generalizable sobre la vida social y los modelos de desarrollo, pero se aparta de él en la manera de conseguirlo.

Interesado en comprender la sociedad del capitalismo avanzado, Giddens se acerca a Daniel Bell para trabajar su concepto de "sociedad postindustrial". Pero la caracterización de Bell de la sociedad actual como "postindustrial" parece suponer que la época del capitalismo clásico podría ser caracterizada como "industrial", lo cual significaría volver a caer en la visión unidimensional de Durkheim.

De MacLulan y Wallerstein interesan a Giddens sus aproximaciones a los procesos de globalización. Las teorías sobre las relaciones internacionales de McLulan asumen a los estados-nación como totalidades o sujetos autónomos que se relacionan entre sí creando instancias u organizaciones intergubernamentales de índole transnacional. Este enfoque, piensa Giddens, reduce la mundialización a la coordinación internacional entre estados y, además, no tiene en cuenta la pérdida relativa de autonomía de los estados nacionales.

Sobre los análisis de Wallerteins acerca de la globalización Giddens subraya que éstos ponen el acento no en las "sociedades" sino en las relaciones mundiales: economías mundiales, redes de conexiones económicas de carácter geográficamente extensivo (ya no concentradas en grandes imperios y extendidas a determinadas regiones). Con el capitalismo estas redes, basadas en poder económico más que en poder político, se extienden potencialmente al mundo entero, quedando todo integrado o conectado a través de conexiones comerciales y de producción, y no por un centro político. El capital, sostiene Wallerstein, nunca ha permitido que sus aspiraciones fueran determinadas por fronteras nacionales. Por eso, desaparece el colonialismo pero no la expansión capitalista. Pero la globalización, piensa Giddens, no se agota con la mundialización de la economía. Hay, además, otras dimensiones que es necesario considerar y que nosotros veremos enseguida.

Giddens alude también a la discusión de quienes caracterizan la actualidad centrando su atención en las transformaciones institucionales y consideran que nos movemos de un sistema fundamentado en la fabricación de bienes de consumo a otro cuya preocupación central descansa en la información. Este paso de lo físico a lo virtual como rasgo de nuestro tiempo no es, sin embargo, debidamente discutido por Giddens en sus aproximaciones a la modernidad tardía.

Finalmente, dos palabras sobre el cuerpo teórico-metódico desde el que Giddens se aproxima al tema modernidad/postmodernidad.

El objeto primordial del análisis sociológico es evidentemente la sociedad. El concepto de sociedad o sistema de relaciones sociales se atribuye normalmente en sociología al "estado-nación" o estado nacional que se realiza en un espacio o territorio bien delimitado. Esto ha llevado a algunos teóricos de la sociedad a considerar que el objetivo de la sociología es resolver el problema del orden, porque éste se considera imprescindible para la cohesión social dentro de un determinado territorio. El problema no está, cree Giddens, en la demarcación o delimitación social del sistema sino en la manera de relacionarse tiempo y espacio, conectando presencia y ausencia. Las sociedades modernas (estados-nación) tienen claramente definidos sus límites, pero esas sociedades están también entretejidas con lazos y conexiones que atraviesan el sistema sociopolítico del estado y el orden cultural de la nación. Es decir, las sociedades modernas están constituidas por lazos no sólo territoriales sino político-sociales y culturales. Es preciso, por eso, analizar las instituciones modernas situándolas en el tiempo y en el espacio para descubrir caracerísticas distintivas de la modernidad.

Según unos, la sociología genera un conocimiento que permite controlar las instituciones sociales, así como los resultados de la física permiten controlar la naturaleza. Según otros, los resultados de las ciencias sociales son interpretados por los agentes sociales, quienes luego hacen historia desde ellos. En éstos últimos, Marx entre ellos, está ya implícita la idea de reflexividad. El conocimiento sociológico, piensa Giddens, da vueltas en espiral dentro y fuera del universo de la vida social, reconstruyéndose a sí mismo y a ese universo como parte integrante de ese mismo proceso. No se trata de un conocimiento acumulativo, gracias al cual a mayor conocimiento mayor control, sino de una "incorporación" de nociones sociológicas dentro del mundo social. Esta reflexividad del conocimiento sociológico es característica de la modernidad.

Para comprender la modernidad a cabalidad hay que superar las aproximaciones sociológicas tradicionales en los aspectos mencionados, y analizar de dónde surge la naturaleza dinámica de la modernidad. Ello se hace mediante una nueva teoría crítica que, según Giddens, debe:
• ser sociológicamente sensible, i.e. estar alerta a las inmanentes transformaciones institucionales que están ocurriendo
• ser políticamente táctica: saber medir los riesgos de graves consecuencias que pueden derivarse de las posiciones éticas
• crear modelos de buena sociedad , que no deben quedan limitados a la esfera del estado nacional
• reconocer que las políticas emancipatorias (compromisos radicales dirigidos a la liberación de desigualdades o la servidumbre) deben estar unidas a políticas de vida, de autorrealización (compromisos radicales que buscan vida plena para todos, ética de lo personal ).

Desde esta propuesta teórico-metódica, que no oculta su orientación política, emprende Giddens su acercamiento a la modernidad.

2. LA MODERNIDAD COMO DISCONTINUIDAD

Siguiendo una estrategia discursiva ya tradicional en el debate modernidad/postmodernidad, también Giddens comienza preguntándose qué es la modernidad en el marco de su aproximación a la actualidad. La pregunta que interroga por la modernidad se plantea, pues, en un contexto en el que interesa tanto apropiarse del pasado de nuestro presente -y no sólo conceptualmente- como comprender la actualidad e intervenir en ella. La pretensión prehermenéutica de un punto de vista neutral para analizar "objetivamente" la realidad está dejando de ser una aspiración del pensamiento contemporáneo.

La noción de modernidad se refiere a los modos de vida u organización social que surgieron en Europa desde alrededor del siglo XVII en adelante y cuya influencia, posteriormente, los han convertido en más o menos mundiales. Para Giddens, como para Weber, la modernidad está, pues, asociada a un tiempo y a un espacio determinados.

Las formas de vida que la modernidad introduce arrasan de manera sin precedentes todas las modalidades tradicionales del orden social tanto en extensión como en intensidad. La teoría evolucionista, sin embargo, con sus grandes relatos que imponen una presentación ordenada de los acontecimientos humanos, ha obstaculizado una comprensión adecuada de estos cambios.

La sociología clásica vio la edad moderna como una era agitada y bifronte, con aspectos positivos y negativos, pero creyó que terminaría triunfando lo positivo, por la vía de la lucha de clases (Marx), de la expansión del industrialismo (Durkheim) o de la imposición de la racionalidad (Weber). Ni siquiera Weber, pese a su desconfianza con respecto precisamente a los procesos de racionalización, enfatizó los lados oscuros de la modernidad: peligro de destrucción ecológica como consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas, posibilidad de totalitarismos políticos, amenazas por crecimiento exorbitado del poder militar.

Para Giddens, la modernidad es claramente bifronte: arrasa y crea, no conduce necesariamente a un mundo feliz y seguro. Se pierde, así, la fe en el progreso no sólo porque se considera que la historia no conduce a ninguna parte, sino porque puede conducir a la catástrofe. Punto de partida del análisis de Giddens sobre la modernidad es, por tanto, el carácter discontinuista de ésta con respecto a otros modelos anteriores o contemporáneos de desarrollo social.


3. FUENTES DE DINAMISMOS DE LA MODERNIDAD

Tres son las fuentes del dinamismo, al mismo tiempo arrasador y creador, de la modernidad: la separación/recombinación del espacio y el tiempo, el desanclaje/reanclaje de las objetivaciones sociales, el reflexivo ordenamiento y reordenamiento de las relaciones sociales a luz de las continuas incorporaciones de los conocimientos que el hombre mismo produce. Estas mismas fuentes de dinamismo hicieron posible la expansión de las dimensiones institucionales de la modernidad en la medida en que contribuyeron a que las instituciones se desprendiesen de su suelo originario.

3.1 Separación tiempo y espacio

Es sabido, sostiene Giddens, que en las culturas premodernas el tiempo está vinculado siempre a indicadores socio-espaciales; el "cuando" está vinculado al "donde" o a acontecimientos naturales. Con la invención y difusión del reloj mecánico (finales del XVIII) se consigue expresar una dimensión uniforme del tiempo vacío de espacio o de referencia social, lo cual hace posible identificar zonas del día (jornada laboral) y, en general, organizar socialmente el tiempo.

El vaciamiento del tiempo de su referencialidad al espacio fue precondición para el vaciamiento del espacio de su referencialidad al lugar. El lugar -lo local, el asentamiento geográfico de la actividad social- coincide en las sociedades premodernas con el espacio. No hay más espacio real que el lugar (8). Las actividades sociales están, así, dominadas por la presencia.

En las sociedades modernas, por el contrario, se dan relaciones entre ausentes; la vida social está penetrada por influencias que se generan a gran distancia. Contribuye a ello la cartografía, o representación abstracta de las posiciones y formas geográficas.

La separación de tiempo y espacio hace posible su recombinación como actividad social. Un horario de trenes, por ejemplo, supone toda una estrategia de ordenamiento del sitio y el tiempo en que cuándo llegan y parten los trenes. Esta separación le da a la modernidad un dinamismo extremo porque, por un lado, hace posible el desanclaje entre actividad social y su contexto originario, dando origen a "instituciones desvinculadas", y, por otro, produce mecanismos de engranaje para la organización racionalizada, haciendo posible aunar lo local y lo global. Esto permite la inserción en la historia: organización del pasado y el futuro de todos los pueblos en un mismo marco global para la acción y la experiencia humanas.

3.2 Desanclaje/Anclaje

Por desanclaje entiende Giddens el "despegarse" de las relaciones sociales con respecto a sus contextos locales de interacción y su "reestructurarse" en indefinidos intervalos espacio-temporales.

Existen dos tipos de mecanismos de desanclaje: las señales simbólicas y los sistemas expertos. Señales simbólicas son medios de intercambio que pueden ser pasados de unos a otros sin consideración por las características de los individuos o grupos que los manejan en cada coyuntura, es decir sin consideraciones espacio-temporales. Ejemplos característicos son los medios de legitimación política y el dinero. Los mecanismos de desanclaje descansan sobre la noción de "fiabilidad", que es fundamental a las instituciones de la modernidad. La fiabilidad no se confiere a individuos sino a capacidades abstractas. Por ejemplo, al hacer las transacciones comerciales con dinero, uno se fía del dinero no del individuo con el que se hace la transacción. Sistemas expertos son sistemas de logros técnicos o de experiencia profesional que organizan grandes áreas del entorno material y social en el que uno vive. Ej.: confianza en profesionales (abogados, ingenieros, médicos ...). Es decir, fe en los sistemas de códigos que esos profesionales manejan y yo no entiendo pero acepto.

Tanto lo sistemas expertos como las señales simbólicas mueven las relaciones sociales de la inmediatez de sus contextos. Ambos fomentan la separación entre tiempo y espacio. Uno se fía de ellos aunque no conoce a fondo sus mecanismos. Suele haber agencias reguladoras y acreditadoras para proteger a los usuarios.

3.3 Indole reflexiva de la modernidad

La reflexividad es, para Louis Maheu y otros estudiosos, el concepto clave que separa la argumentación de Giddens de la de los postmodernistas.

En las culturas tradicionales se rinde homenaje al pasado y se valoran los símbolos porque contienen y perpetúan la experiencia de generaciones. Así, cualquier actividad o experiencia particular se inserta en la continuidad del pasado-presente-futuro de la comunidad. La reflexión está limitada a la reinterpretación y clarificación de la tradición.

En la cultura moderna, la reflexión es introducida en la base misma del sistema de reproducción de tal manera que pensamiento y acción son constantemente refractados el uno sobre el otro. También la tradición (una determinada tradición) es importante para la cultura moderna, pero para que sea así tiene que haber pasado por la reflexión, es decir desde la reflexión se escoge la tradición que se considera importante. La reflexión en la vida social moderna consiste en el hecho de que las prácticas sociales son examinadas constantemente y reformadas a la luz de nueva información sobre esas mismas prácticas, que de esa manera alteran su carácter constituyente. La modernidad está constituida por la aplicación del conocimiento reflexivo; no es la búsqueda permanente de lo nuevo sino la aplicación del conocimiento reflexivo a la propia sociedad lo que distingue a la modernidad. Por eso, no es posible la certidumbre (como en el dogma): todo conocimiento está sujeto a revisión. La estadística sobre la sociedad social no es sólo un instrumento para conocer esa realidad y así controlarla mejor, como ocurre en el caso de la naturaleza, sino que sus resultados se incorporan al quehacer cotidiano de los propios estudiados. El conocimiento que producen los científicos sociales, una vez apropiado por las organizaciones e instituciones, constituye lo social, es decir participa en su reestructuración y transformación. Esta reflexividad o circularidad del conocimiento hace que, en las condiciones de la modernidad, el mundo social no pueda ser estable debido a la permanente incorporación de nuevos conocimientos. La producción de conocimiento sociológico, de reflexión de un cuerpo social sobre sí mismo, es, pues, fundamental para su crecimiento. La línea de desarrollo que dicho cuerpo social adopte dependerá, en importante medida, del conocimiento sobre sí mismo que elabore y asimile.

Apartándose de quienes, fieles al positivismo y a las ciencias sobre la naturaleza, no atribuyen al conocimiento sobre la sociedad otro rol que el de facilitar el control de la misma, Giddens enfatiza la importancia de la producción e incorporación de conocimientos sociales a la vida social. Esta reflexividad constituye, en la teoría de Giddens, tal vez la más importancia fuente de dinamismo de la modernidad. Carecer de ella o tenerla sólo en escasas dosis puede explicar, en parte al menos, el carácter defectivo de la modernidad en no pocas latitudes.


4. ¿MODERNIDAD O POSTMODERNIDAD?

¿Cómo entender los tiempos actuales? ¿Estamos entrando a un período de postmodernidad o más bien trasladándonos a uno en el que las consecuencias de la modernidad se están radicalizando y universalizando como nunca?

Giddens considera que se va configurando un orden que es nuevo y diferente del moderno y en el que las discontinuidades más importantes se advierten en el ritmo del cambio (ahora más acelerado), ámbito del cambio (ahora más amplio) y naturaleza intrínseca de las instituciones modernas (estado nación , producción a partir de fuentes inanimadas de energía, mercantilización de productos y trabajo asalariado, ciudad)

Para distinguirse de los postmodernos, con cuyas tesis más radicales no comulga, Giddens llama a este nuevo orden "modernidad avanzada", "modernidad radical" o "alta modernidad". Se trata, por cierto, de tiempos nuevos, pero esa novedad no implica una ruptura total con la modernidad. Estamos en una etapa transición de largo alcance, pero es un error referirse a estas transiciones como postmodernidad. Lo único que significa postmodernidad es que la trayectoria del desarrollo social nos está alejando de las instituciones de la modernidad y conduciéndonos hacia un nuevo y distinto tipo de organización social. No estamos, pues, "más allá de la modernidad" sino en una fase de su radicalización. Aún no vivimos en un universo social postmoderno, pero podemos vislumbrar algo más que unos pocos destellos del surgimiento de vida y formas de organización social que divergen de aquellos impulsados por las instituciones modernas.

5. PERFIL DE NUESTRO TIEMPO (nivel descriptivo)

En un intento por dejar indicados algunos rasgos de la actualidad, Giddens se refiere a aquéllos que se relacionan más directamente con su estrategia argumentativa.

Del desarrollo social le interesa subrayar la creciente importancia de los nuevos movimientos sociales y el lugar privilegiado que las preocupaciones ecológicas se han labrado en la agenda política y social contemporánea. No es menos importante la "evaporación" de la privilegiada posición de Occidente: a medida que se expanden las instituciones de la modernidad por el mundo entero decrece la hegemonía europea. El poder económico, político y militar que dio a Occidente su primacía y que se fundaba en la conjunción de las cuatro dimensiones institucionales de la modernidad ha dejado de ser el distintivo diferencial de los países occidentales frente al resto del mundo. Se puede interpretar este proceso como uno de mundialización. Es decir, mundialización y pérdida de hegemonía de Occidente marchan de consuno, piensa Giddens. Algo así, diremos para aclarar, como la pérdida de control sobre el idioma inglés que tienen Inglaterra y Estados Unidos a medida que este idioma va convirtiéndose en la lingua franca de la actualidad.

A estos rasgos de la actualidad social, Giddens añade otros referidos al pensamiento y que interpreta como pasos en el proceso de autoclarificación del propio pensamiento moderno. Así por ejemplo, la duda, característica de nuestro tiempo, sobre los fundamentos de la epistemología moderna es evidentemente legítima, pero esta duda no debería llevar a pensar que es imposible el conocimiento sistemático sobre la acción humana o sobre las tendencias del desarrollo social. La propuesta llamada postmoderna no debería ser vista como una ruptura con la pretensión moderna de llegar a un conocimiento fundando acerca del hombre, la sociedad y la historia, es decir como un intento de superación de la modernidad, sino como un intento de la modernidad de comprenderse a sí misma en un esfuerzo de autocercioramiento. Por lo demás, la misma modernidad sabe que ningún conocimiento es definitivo, todo conocimiento es revisable. El conocimiento empírico, basado en los sentidos, es siempre sospechoso.

Además de la duda legítima acerca de los fundamentos del saber sobre el hombre y la sociedad, se ha producido el descrédito o disolución del evolucionismo. También Giddens concuerda con quienes rechazan la visiones providencialistas de la historia y atribuyen a ésta un sentido, no importa si desde la creencia pura y dura o desde esa creencia secularizada que es la razón trascendental. No es posible defender ninguna versión del progreso puesto que la historia está desprovista de teleología. La historia no posee una forma intrínseca ni una teleología. Nadie puede, pues, contarla ni erguirse como su narrador privilegiado. No hay sino una enorme variedad de historias que no conocen punto ni eje alguno de referencia.

En esta reflexión Giddens coincide al pie de la letra con un rasgo inconfundible del talante postmoderno: la polifonía de voces que componen el mundo, la riqueza de diversidades que no toleran ser reducidas a la igualdad, la invencibilidad de lo múltiple frente a lo uno.

Pero Giddens avanza un aspecto de nuestro tiempo, la reflexividad del conocimiento -a la que nos hemos referido más arriba-, y con ello piensa que se diferencia clara y distintamente de quienes abordan la historia en clave postmoderna. La reabsorción del conocimiento en la historia transforma a ésta y consiguientemente se constituye para ella en fuente de dinamismo y ¿de progreso?.


6. DIMENSIONES INSTITUCIONALES DE LA MODERNIDAD (nivel explicativo)

En el plano de las instituciones -considera Giddens en debate con los clásicos de la teoría de la sociedad- la modernidad es multidimensional. Cuatro son los agrupamientos organizativos más importantes o dimensiones institucionales de la modernidad:

• El capitalismo o sistema de producción de mercancías y de acumulación de capital en contexto de mercados competitivos de trabajo y de productos, y desarrollando relaciones entre los propietarios privados del capital y una mano de obra asalariada y desposeída de propiedad. La produción se dirige a los mercados competitivos.
• El industrialismo o sistema de producción de bienes a base de la utilización de fuentes inanimadas de energía material y jugando la maquinaria un papel central en el proceso de producción. Transformación de la naturaleza o desarrollo de un entorno creado
• El sistema de vigilancia o del control social y de la información, que administrativamente se organiza en un estado-nación que ejerce control sobre áreas territoriales delimitadas, para lo cual debe desarrollar capacidades y aparatos de vigilancia directa (cárceles, escuelas, centros de trabajo) o indirecta (de la información)
• Poder militar o sistema de control monopólico de los medios de violencia dentro de precisas fronteras territoriales y en un contexto de industrialización de la guerra

Existen cruzadas interrelaciones entre estas dimensiones, lo que significa que cada una se beneficia de los logros de las otras. Así, por ejemplo, el poder militar fortalece el sistema de vigilancia y, a su vez, se apoya en los avances que logra la industrialización y aprovecha las ventajas que le ofrece el mercado.

De estas cuatro dimensiones y sin desmerecer ninguna, Giddens subraya la importancia del capitalismo y el estado nacional como los grandes promotores de la aceleración y expansión de las instituciones modernas. Los estados-nación concentran el poder administrativo mucho más eficazmente que los estados tradicionales, por eso pueden movilizar muchos más recursos que los estados anteriores.


7. MUNDIALIZACIÓN DE LAS DIMENSIONES DE LA MODERNIDAD

La modernidad es intrínsecamente globalizadora. Los sociólogos no lo advirtieron, cree Giddens, porque identificaban la noción de "sociedad" con estado-nación. Al situar el análisis sobre el marco conceptual del distanciamiento entre espacio y tiempo se facilita la percepción de las complejas relaciones entre participación local (copresencia) e interacción a distancia. La mundialización se refiere principalmente a ese proceso de alargamiento en lo concerniente a los métodos de conexión entre diferentes contextos sociales o regiones que se convierten en una red a lo largo de toda la superficie de la tierra. Lo local comienza a ser configurado por lo distante, pero lo distante al localizarse se modifica. El resultado es un mundo heterogéneo, interconectado y mucho más complejo que el mundo precedente. Al relajarse los lazos nacionales surgen nacionalismos e identidades locales que antes no podían expresarse. El estado nacional se vuelve demasiado chico para abordar los grandes problemas de la vida y demasiado grande para los pequeños problemas.

Las dimensiones institucionales, al mundializarse, adquieren otro perfil:

• Economía capitalista mundial. Aunque relacionada todavía con el estado-nación, la economía se va autonomizando de los estados-nación para desarrollarse a través de corporaciones domiciliadas en pero no dependientes de un estado-nación. Estas corporaciones manejan incluso presupuestos superiores a los de los estados, pero no pueden competir con éstos en cuanto a control territorial y control de medios de violencia. La mercantilización de productos y de la fuerza de trabajo se globalizan, y por tanto también se globalizan las relaciones de clase (control de medios de producción) y la distribución de beneficios (desigualdad global).
• Desarrollo industrial con división internacional del trabajo. Desde este punto de vista, los países se dividen hoy en industrializados, no industrializados y de nueva industrialización. Se difunde globalmente la maquinaria tecnológica y esto afecta no sólo la producción sino la vida cotidiana y ejerce influencia sobre la interacción humana con el entorno. Se constituye así "un mundo" cuyas amenazas (ecología) y oportunidades (información) son cada vez más patrimonio de todos. Esto se relaciona directamente con la mundialización cultural.
• Sistema de estados nación. Los estados-nación siguen siendo actores principales dentro del orden político, impulsando el desarrollo industrial de sus países y actuando como celosos defensores de sus derechos territoriales y sus culturas nacionales, pero también se va creando un sistema de estados nacionales, un sistema de relaciones que disminuye la soberanía individual de las naciones.
• Orden militar mundial. También el monopolio del uso legal de la violencia se globaliza: va surgiendo un orden militar mundial que pretende a controlar las conexiones entre industrialización de la guerra, flujo de armamento y técnicas militares, y que construye alianzas inter-estados defensivo-ofensivas (OTAN). Entrar en la alianza comporta necesariamente reducción de soberanía.


8. REALISMO UTÓPICO

El "realismo utópico" -horizonte de expectativa que convoca los sueños de Giddens- se articula alrededor de dos ejes: a) la posibilidad de armonizar política local y política global, y b) la presencia simultánea de una política emancipadora (que se propone como objetivos la igualdad y la justicia, y no conoce enemigos claros) y de una política de vida (que propicia la autorrealización del yo y busca una vida satisfactoria y plena para todos). Los movimientos sociales nuevos son los portadores de estos dos ejes, siendo el movimiento feminista el que mejor los expresa.
En un contexto marcado por el descrédito generalizado con respecto a las promesas de las visiones teleológicas de la historia y sus metarrelatos, no es fácil concretar el postulado del "realismo utópico" en una propuesta viable. Pero la índole reflexiva de la modernidad permite vislumbrar alternativas de modelos de realismo utópico. El modelo tiene que surgir de una articulación armoniosa de interpretación (teoría) y práctica, pero debe olvidarse del "sujeto revolucionario"o "clase universal" porque la historia no es teleológica y no puede ser narrada por un solo narrador ni organizada en función de un sujeto privilegiado. Además, como piensa Giddens que pensaba Marx, para que el cambio social tenga impacto debe estar conectado a las posibilidades inmanentes institucionales.

Las dimensiones del realismo utópico son:

• Política de vida
• Política emancipatoria
• Política de lo local
• Política de lo global

9. MOVIMIENTOS SOCIALES

Los movimientos sociales de la época de tránsito de la modernidad clásica a la radicalizada están ligados a una de las dimensiones instituciones de la modernidad y lo que pretende es precisamente trascender los límites de la sociedad moderna tradicional. El movimiento obrero -que en la modernidad clásica desempeñó el papel de articulador del resto de los movimiento sociales- , sigue siendo importante, pero una preocupación exclusiva por el movimiento obrero refleja un énfasis unilateral puesto que reduce la complejidad a lo uno. Otros movimientos son también importantes.

Tipos de movimientos sociales:

• Movimiento obrero, que está ligados a la expansión o globalización de la empresa capitalista, enraizado, por tanto, en el orden económico del capitalismo, y orientado al control defensivo del centro de trabajo (sindicalismo). Busca también influir en o tomar el poder del estado (partidos políticos) y se constituye frecuentemente en el principal portador de las demandas de libertad y derechos democráticos .
• Movimientos ecológicos y contraculturales, que están enraizados en el entorno creado por la globalización de la industrialización.
• Movimiento por los derechos democráticos (el movimiento obrero, entre ellos), que se relacionan con en la globalización del control estatal o vigilancia.
• Movimientos por la paz, que están ligados a la globalización del control de los medios de violencia.

Estos movimientos sociales son los portadores de la promesa de futuro en la que medida en que no sólo anuncian y, al mismo tiempo, anticipan lo que podría ser la sociedad futura.


10. ORDEN POSTMODERNO

¿Qué clase de utopías podemos establecer que estén conectadas a las tendencias inmanentes de desarrollo y que por tanto sean realistas? Existen importantes tendencias institucionales que sugieren que es posible realizar un orden postmoderno . Podemos caracterizar un sistema postmoderno como la representación de un movimiento más allá de la modernidad a lo largo de las cuatro dimensiones de la modernidad

Este orden postmoderno tendría el siguiente contorno:

• Sistema de la post-escasez
• Humanización de la tecnología
• Participación democrática de todos
• Desmilitarización

El sistema de post-escasez tiene, a su vez, las siguientes dimensiones:

• Organización económica socializada El mercado o sistemas de intercambio no debe ser ni libre ni regulado por estado. Si libre, no se puede trascender el sistema de clases que genera; si controlados por estado, entonces es ineficiente y produce autoritarismo. Por tanto, el control sobre el mercado no puede ser sino social. La continuación de la acumulación capitalista no es sostenible en términos de recursos. Los recursos son suficientes para que todos los hombres puedan vivir dignamente, pero para ello hay que alterar los modos de vida que producen escasez y hacer una redistribución global de la riqueza, a través, por ejemplo, de un fondo global de compensación.
• Sistema de cuidado del planeta, Va desarrollándose y expandiéndose la conciencia del daño que causa al medio ambiente el desarrollo industrial. De esta conciencia habría que pasar a la toma de conciencia de que es en la lógica del desarrollo científico tecnológico sin trabas en donde reside el problema. La humanización de la tecnología implica la progresiva introducción de cuestiones éticas dentro de la actual relación -principalmente instrumental- entre ser humano y medio ambiente creado. Siendo globales los problemas ambientales, la intervención debería ser sujeto de coordinación.
• Orden mundial coordinado. Un sistema así necesita ser globalmente coordinado a través de acuerdos como los que comienzan a darse entre corporaciones o gobiernos. Además, se extiende la democracia y se van difuminando los estados-nación. Surgen debajo y encima de ellos formas de organización, espacios de encuentro colectivo, en los que es racional suponer que se irá imponiendo también la democratización. Parece evidente que surgirá un orden político más coordinado en cuanto a las relaciones entre estados. La globalización obliga a los estados a colaborar en cuestiones antes inusitadas. No parece que vaya a surgir un superestado mundial, sino más bien políticas globales de cooperación, estrategias cooperativas para resolver conflictos.
• Trascensión de la guerra. Imaginar un mundo sin guerra es difícil pero no imposible. Las guerras por fronteras van quedando atrás, cree Giddens, dado que las fronteras nacionales han quedado fijadas casi por completo. Pierde igualmente sentido agrandamiento territorial. Los países se vuelven interdependientes, comparten intereses. Todo ello puede contribuir a hacer innecesarias las guerras.

Todas éstas son tendencias inmanentes al desarrollo de las dimensiones de la modernidad, pero son sólo tendencias que es necesario impulsar y que, además, implican riesgos. Entre los riesgos de graves consecuencias de la modernidad están:

• Colapso de los mecanismos de crecimiento económico
• Desintegración o desastre ecológico
• Crecimiento del poder totalitario
• Conflicto nuclear o guerra a gran escala


11. ANOTACION FINAL

Después de este largo recorrido por el tema de la modernidad, es evidente que Giddens, aunque se distingue claramente de las posiciones postmodernas más radicales, no pone su tienda al lado de la modernidad clásica, ahora ya tradicional. Prefiere instalarse en esa tercera posición que llama modernidad avanzada o radicalizada, cuyas diferencias con la postmodernidad quedan claramente expresadas en el cuadro comparativo que sigue.

POSTMODERNIDAD
a) Entiende las actuales transiciones como disolución de la epistemología
b) Se centra en las tendencias centrífugas de las transformaciones actuales y su carácter dislocante
c) Percibe el yo disuelto o desmembrado por fragmentación de la experiencia
d) Sostiene la idea de la contextualidad de las verdades confirmadas o considera a estas últimas como irreductiblemente ‘históricas’
e) Teoriza la impotencia que sienten los individuos frente a tendencias globales
f) Ve el vaciamiento de la vida cotidiana como consecuencia de la intrusión de los sistemas abstractos
g) El compromiso político coordinado es ahogado por la supremacía de la contextualidad y la dispersión
h) Entiende postmodernidad como el final de la epistemología, del individuo y de la ética

MODERNIDAD RADICALIZADA
a) Identifica los cambios institucionales que producen el sentimiento de fragmentación y dispersión
b) Ve la culminación de la modernidad como un conjunto de circunstancias en las que la dispersión va dialécticamente conectada con profundas tendencias a la integración global
c) No reduce al yo a un simple lugar de (encuentro) de fuerzas que se entrecruzan; la modernidad hace posible un proceso de identidad del yo reflexivo
d) Afirma que los rasgos universales de las verdades confirmadas se nos imponen de manera irresistible. La reflexividad de la modernidad no excluye un conocimiento sistemático sobre esos desarrollos
e) Analiza la dialéctica de pérdidas y adquisiciones de poder a partir de la experiencia y la acción
f) Ve la vida cotidiana como un complejo activo de reacciones a los sistemas abstractos, que pone en juego un proceso dialéctico de apropiación y de pérdida
g) El compromiso político coordinado es posible y necesario, tanto en el ámbito local como en el global
h) Define la postmodernidad como un conjunto de transformaciones posibles que van más allá de las instituciones de la modernidad.

CUADRO RESUMEN

1. Dimensiones institucionales de la modernidad
a) Vigilancia
b) Poder miltar
c) Industrialismo
d) Capitalismo
2. Dimensiones de la globalización
a) Sistema de Estados-nación
b) Orden militar mundial
c) División internacional del trabajo
d) Economía mundial capñitalista
3. Tipos de movimientos sociales
a) Movimientos por la democracia
b) Movimientos pacifistas
c) Movimientos ecologistas
d) Movimiento obrero
4. Dimensiones del realismo utópico
a) Política de emancipación
b) Política de lo global
c) Política de lo local
d) Política de la vida
5. Riesgos/amenazas
a) Crecimiento del poder totalitario
b) Guerra nuclear
c) Degradación, desastre ecológico
d) Crecimiento económico desorbitado
6. Contornos de un orden postmoderno
a) Participación democrática a varios niveles
b) Desmilitarización
c) Humanización de la técnica
7. Dimensiones de un sistema de postescasez
a) Orden mundial coordinado
b) Trascensión de la guerra
c) Sistema de cuidado planetario
d) Organización económica socializada


NOTAS

(1) Profesor de sociología en la Facultad de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad de Cambridge, investigador del King's College de la misma ciudad. Enseña también en la Univ. de California en Santa Bárbara, USA.
(2) Entre sus libros más importantes figuran: Capitalism and Modern Social Theory (1971), Emile Durkheim (1972), Politica y sociología en Max Weber (1972), The Class Structure of the Advanced Societies (1973), Capitalism and Modern Social Theory. An Analysis of the Writings of Marx, Durkheim and Max Weber (1976), Studies in Social and Political Theory (1977), A Contemporary Critique of Historical Materialism. Vol 1: Power, Property and State (1981), La constitución de la sociedad. Bases para la teoría de la estructuración (1985), A contemporary Critique of Historical Materialism. Vol. 2: The Nation State and Violence (1985), Consecuencias de la modernidad (1990), Modernity and Self-Identity : Self and Society in the Late Modern Age (1991), The Transformation of Intimacy : Sexuality, Love and Eroticism in Modern Societies (1992), New Rules of Sociological Method : A Positive Critique of Interpretative Sociologies, Reflexive Modernization : Politics, Tradition, and Aesthetics in the Modern Social Order (1995), Beyond Left and Right : The Future of Radical Politics (1995), The Third Way: The Renewal of Social Democracy (1999)
(3) Las conferencias tuvieron lugar en Londores, dos veces, Hong Kong, Delhi y Washingtong, y versaron sobre globalización, riesgo, tradición, familia y democracia.
(4) Algunos de estos autores: Christopher G. A Bryant,.David Jary , John Clark, Ira J. Cohe, Ian Craib, Stjepan Mestrovic, Martin O'Brien, Christophe Pierson, Nigel Pleasants, Kenneth Tucke.
(5) Entre los coloquios destaca el que tuvo lugar en 1991 en Cerisy-la-Salle, en Normandía, recogido luego, aunque no al pie de la letra, en Audet, Michel et Hamid Bouchikni - Structuration du social et modernité avancée. Autour des travaux d' Anthony Giddens.
(6) La primera versión inglesa es de 1990. Edición castellana: Consecuencias de la modernidad. Madrid, Alianza, 1993.
(7) The Constitution of Society. Outline of the Theory of Structuration. Cambridge, Polity Press, 1984. La edición castellana, de Amorrortu Editores, es de 1995.
(8) Giddens no incorpora para nada la noción de 'espacio mítico' que tan importantes funciones desempeña en las sociedades tradicionales.