José Ignacio López Soria
Texto leído en el homenaje del Rectorado y del Patronato de la UNI a Mario Samamé Boggio, en la conmemoración del primer centenario de su nacimiento. 6 de septiembre de 2010.
Cuando hace apenas un mes propuse al rector de la UNI, doctor e ingeniero Aurelio Padilla, que se hiciera un homenaje a Mario Samamé Boggio con motivo del centenario de su nacimiento, la propuesta fue acogida de inmediato. Pensaba entonces, y sigo pensando, que en las instituciones necesitamos recordar o traer a la presencia a quienes nos han precedido en la ardua tarea de construir institucionalidad, especialmente a quienes, como Mario Samamé, son para nosotros un ejemplo paradigmático que nos sirve de guía y nos invita a seguir los caminos que él comenzó a abrir.
Se me ha pedido, en este acto de homenaje, hacer la semblanza de “don Mario”, como le decíamos con afecto y admiración por su calidad humana, sus capacidades intelectuales y su conocido espíritu emprendedor. No es fácil, por cierto, diseñar esa semblanza en pocos minutos, porque, como bien sabemos, se trata de una persona que se movió con tino, maestría y distinción en diversos campos: sobresalió como estudiante de secundaria en Chiclayo y Lima; se convirtió pronto en líder en los claustros de la Escuela de Ingenieros y de la Casona de San Marcos; animó y condujo el movimiento universitario del final de los años 20 y comienzo de los años 30, cuando las entonces emergentes capas medidas urbanas, sabiéndose portadoras de demandas populares, pugnaban por dejar oír su palabra en un país convulsionado por la crisis mundial y sin una clase dirigente capaz de conducirlo por los caminos de la modernidad; se entregó luego, durante más de una década, al trabajo profesional prestando servicios en empresas mineras y promoviendo empresa él mismo; se incorporó al trabajo académico convocado por el estudiando de la reforma de la segunda mitad de los años 40; condujo en la Escuela y luego en la UNI la Facultad de Minas, la Facultad de Ciencias, la Escuela de Postgrado y la propia universidad como rector de 1961 a 1965; desempeñó luego puestos directivos en diversas instituciones de corte académico y de investigación; rehusó la oferta que le hiciera a él, en primer lugar, la juventud universitaria del Frente Nacional de Juventudes para encabezar un movimiento de renovación política a mediados de los años 50, movimiento que luego, bajo el liderazgo de Fernando Belaúnde, se convertiría en el partido Acción Popular; poco después incursionó directamente en la arena política creando un partido, la Unión del Pueblo Peruano, y postulando a la presidencia de la República en 1963; y después de años de experiencia en la conducción de instituciones públicas, aceptó ser ministro de Energía y Minas en 1989. Pese a esta permanente actividad, no dejó nunca de lado sus intereses académicos, que le llevaron a la creación y conducción de revistas y, especialmente, a la elaboración y publicación de trabajos como Historia de la minería peruana y la voluminosa obra El Perú minero.