Originalidad y tradición de la universidad
Publicado en: Conversatorio Humanidades: Originalidad y
tradición de la universidad. Lima, PUCP/Est. Grales. Letras, 2002, p. 25-31;
y en: Summa humanitatis, 1 (1), pp. 1-8, 2007.
1. Composición de lugar
Hace
unos meses, ustedes, alumnos hoy de Estudios Generales Letras, tomaron la
opción de seguir alguna carrera de letras, y no de ciencias o ingeniería. Si
analizan las motivaciones que los llevaron a optar por esta alternativa encontrarán
que en el fondo de su decisión están la tradición familiar, lo que consideraron
como vocación personal, la idea que se formaron de su futuro como
profesionales, la conciencia de sus propias potencialidades y limitaciones, y
probablemente una mezcla de todo esto.
Es
preciso tener en cuenta, sin embargo, que la elección que hicieron se dio en un
contexto que no estaba puesto por ustedes. Este contexto condicionó su opción
aunque ustedes no fuesen conscientes de ello. Los componentes del contexto son
muchos y muy variados. Me fijaré sólo en algunos de ellos.
Un
primer componente de ese contexto es la estructura ocupacional que se da en el
país, que determina las funciones que se asignan a cada profesión y establece
así lo que se llama “perfil profesional”, es decir el conjunto de competencias
(conocimientos, habilidades y actitudes) que constituye una profesión.
Naturalmente los perfiles profesionales van cambiando a medida que cambian los
requerimientos para los diversos trabajos y ejercicios profesionales. De un
bibliotecario, por ejemplo, exigimos hoy que tenga competencias en informática
que no se requerían hace unos años.
Un
segundo componente es la imagen familiar y pública de las ciencias, las
ingenierías y las letras, y, en particular, de las diversas profesiones. Se
cree, por ejemplo, que es más fácil hacer dinero con las ingenierías que con
las carreras de letras; que las ciencias y las ingenierías exigen del futuro
profesional una mayor dedicación al estudio que las letras; que los ingenieros
son personas prácticas, mientras que los hombres de letras se pierden en
elucubraciones.
Finalmente,
un tercer componente del contexto es la organización de los procesos de
formación en las universidades: la manera como la universidad organiza la
formación o desarrollo de las competencias para el desempeño de determinadas
funciones. Es la universidad, siguiendo dinámicas enraizadas en la tradición,
la que finalmente decide separar las ciencias, las ingenierías, las ciencias
sociales y las humanidades, es la que divide los saberes de cada una de estas
áreas en diversas disciplinas. Así cada universidad fija su oferta formativa y
convoca a los postulantes para esa oferta.
Aunque
descrito someramente, es éste el contexto en el que se dio la opción de ustedes
por los estudios de letras, es decir por estudios que suponen una fuerte dosis
de formación humanística.
Vamos a analizar a continuación qué es lo que solemos entender por “humanidades” y cuál es el trasfondo en que esa concepción se inscribe. Veremos después los problemas que la concepción tradicional sobre las humanidades supone, para hacer enseguida algunas sugerencias para enfrentar esos problemas, y dar cuenta finalmente de los retos organizativos que habría que afrontar si queremos poner en práctica algunas de esas sugerencias.
2. ¿Qué solemos entender por humanidades?
Generalmente
entendemos por humanidades un conjunto de saberes formalizados que se inscriben
en el ámbito de la cultura y se refieren al hombre, a sus producciones
culturales y a la historia. Estos saberes se organizan en las universidades en
paquetes formativos diferenciados que dan lugar a las disciplinas y a las
carreras universitarias (filosofía, arte, psicología, literatura, lingüística,
historia, etc.).
Aunque
el origen del saber de humanidades se remonta, en Occidente, a la tradición
greco-romana y a la reelaboración de la misma que hicieron el Renacimiento y el
Humanismo, la concepción de las humanidades que hoy solemos tener se inscribe
en el discurso de la modernidad. Es necesario, por tanto, referirnos a algunos
aspectos de este discurso para entender el trasfondo que subyace a nuestra
visión de las humanidades.
Como
es sabido, el discurso de la modernidad puso al hombre en el centro del mundo,
proponiendo una cosmovisión antropocéntrica que desplazó al teocentrismo y
secularizó los valores. Por otra parte, estableció una clara división entre
los procesos que ocurren en la cultura y los que se dan en la sociedad,
constituyendo así dos dominios diferenciados: el de la cultura y el de la
sociedad.
En
el dominio de la cultura, el proyecto de la modernidad puso en marcha un
proceso de secularización de los valores y cosmovisiones, despojándolos de su
fundamento mítico-religioso, y un proceso de autonomización de las esferas de
la cultura, constituyendo tres esferas diferenciadas: la de la objetividad, la
de la legitimidad y la de la representación. Cada una de estas esferas se
organiza en saberes diversos (filosofía y ciencias; ética y derecho; arte y
lenguaje) que se expresan en diferentes discursos, cada uno de los cuales tiene
su propia lógica, sus propios expertos e incluso caminos diferenciados para la
formación de expertos.
En
el dominio de la sociedad, la modernidad se manifiesta en la organización de
la acción humana en subsistemas diferenciados: el de intercambio con el
mercado; el de producción de bienes y servicios con la empresa y el sistema
industrial; el de vigilancia y control sociales con los organismos para la
utilización legal de la violencia; el de defensa y seguridad con la policía y
los ejércitos permanentes; el de producción y difusión de conocimientos y
experticias con la escuela y el sistema escolar; el de gestión macrosocial con
la democracia representativa.
El
proyecto de la modernidad intenta, sin embargo, integrar los dos dominios en
un constructo, el estado-nación, y desde él propone una cultura, la cultura
nacional, y una forma de sociedad, la sociedad nacional. El estado-nación
tiene que ver no sólo con la vida política de los constituidos en ciudadanos,
sino con la vida económica y social, y con la cultura, convirtiéndose en
horizonte perceptivo, axiológico y representativo desde el que se definen los
diversos ámbitos de la cultura nacional: el corpus de la historia
nacional, de la literatura nacional, etc.
Dentro de este marco, las humanidades tienen que ver con las tres esferas de la cultura (la filosofía, la historia, la arqueología, la psicología y la antropología con la esfera de la objetividad; la ética, el derecho y la política con la esfera de la legitimidad; y las artes, la literatura y la lingüística con la esfera de la representación) y se caracterizan por ser antropocéntricas, secularizadas, autónomas entre sí, en gran medida nacionalizadas y finalmente formalizadas en disciplinas. Por eso decíamos que las humanidades, como solemos entenderlas hoy, son un conjunto de disciplinas formalizadas que se inscriben en el ámbito de la cultura.
3. Problemas de esta concepción
Voy
a referirme a algunos de los problemas que presenta esta concepción de las
humanidades.
Entendidas
como disciplinas formalizadas que las universidades organizan en ofertas
formativas, las humanidades desconocen frecuentemente su enraizamiento
originario en la humanitas y el humanismo, y se orientan a formar
especialistas en parcelas reducidas del conocimiento, más que a proveer de
saberes y valores para orientarse en el mundo y saber a qué atenerse. Dicho de
otra manera: no es ya el hombre y su problemática lo que interesa propiamente a
las humanidades, sino más bien la formación de expertos, provistos de un instrumental
teórico y práctico ad hoc para
el “desempeño” de una disciplina. Lo que importa no es, pues, la capacidad del
formando para pensar los problemas humanos, sino su destreza para desempeñarse
exitosamente en una parcela de la vida humana a través del manejo eficiente de
las claves teóricas y prácticas de una determinada disciplina.
Por
otra parte, las disciplinas humanísticas que ofrecen las universidades no
incluyen los saberes populares y sus lenguajes y mundos simbólicos, con lo cual
la cultura se vuelve un saber de expertos. Se produce así un infecundo divorcio
entre la cultura de los expertos -identificada simplemente como “la cultura”- y
la “cultura popular”, que, en el mejor de los casos, está presente en la
universidad como adorno extra-curricular. Esta situación plantea problemas de
enorme trascendencia tanto para los formandos como para la sociedad en
general. Por un lado, los formandos se ganan como expertos, pero se pierden
como cultos, y por el otro, los portadores de la cultura popular no encuentran
en la cultura de los expertos las claves para resolver sus problemas de
identidad, pertenencia y vinculación social.
Las
humanidades secularizadas por la modernidad no incorporan el saber sobre lo
trascendente, arrinconando así este saber al ámbito de la esfera privada y
recortando de esta manera una importante dimensión de la posibilidad humana.
El
fragmentarismo que afecta al conocimiento en la modernidad tardía convierte
las humanidades de un saber englogante a un conjunto desarticulado de
disciplinas formalizadas, escolarizadas y divorciadas entre sí, ninguna de las
cuales puede ya abordar los problemas humanos en todas sus dimensiones. La consecuencia
es un abordaje fragmentado de lo humano, que nos convierte en expertos, pero
no da para saber a qué atenernos y orientarnos en el mundo.
El peso de lo nacional, es decir de la perspectiva propia del
estado-nación, es frecuentemente tan fuerte que la cultura queda encerrada
dentro de las fronteras nacionales. Estas fronteras, que suelen obedecer más a
razones políticas que culturales, no respetan las dinámicas de la cultura y,
además, se constituyen en un obstáculo difícilmente salvable para que los
ciudadanos de un determinado estado se apropien de la riqueza humana.
De
otro lado, la perspectiva indicada no da para reconocer la diversidad cultural
que, dentro de un mismo estado-nación, suele enriquecer a las sociedades. Se
privilegia, más bien, la llamada “cultura nacional” -que suele ser la cultura
de los sectores dominantes- y sus expresiones oficiales: literatura peruana,
arte peruano, lengua y religión oficiales, historia del Perú, etc. Ninguna de
estas expresiones recoge, en realidad, la riqueza cultural y la experiencia
histórica de los diversos pueblos que componen nuestro país.
El discurso convencional de humanidades suele, además,
presentarse como un saber objetivo que registra hechos e informa sobre lo
humano, despojando así a las expresiones culturales de su condición de mensajes
abiertos que convocan al diálogo.
En
la concepción tradicional, las humanidades son despojadas de su relación,
originalmente natural, con los saberes sobre el mundo. Se dividen los discursos
en dos géneros o formas: el discurso sobre el hombre y las libertades, que se
atribuye a las humanidades, y el discurso sobre el mundo y el bienestar, que se
asigna a las ciencias duras, la ingeniería y las tecnologías. Este divorcio,
por un lado, desterritorializa y vuelve abstractas a las humanidades,
especialmente cuando además no interactúan con las ciencias sociales, y, por
otro, deshumaniza el saber de las ciencias y las ingenierías.
Como
consecuencia de estos desanclamientos, las humanidades se ven necesitadas de
encontrar en la abstracción un fundamento, un concepto que les sirva como
piedra angular para toda su construcción teórica y sus propuestas prácticas.
Surge así el concepto de hombre, en abstracto, y particularmente de sujeto y de
conciencia, desde el cual se teje todo el discurso humanístico.
4. Sugerencias para mejorar esta
situación
La primera sugerencia es una invitación a la universidad a tener una relación respetuosa pero electiva con respecto a sus propias tradiciones. En las universidades, lo sabemos, el peso de la tradición suele obstaculizar el despliegue de la creatividad. Claro que no se trata de desconocer la tradición sino de rememorarla con devoción: no entenderla como norma sino como fuente de inspiración para pensar las cosas de otra manera.
El
saber de humanidades debería incluir los saberes populares y sus discursos y
sistemas simbólicos, enriqueciendo así el corpus humanístico.
Es
necesario, además, recuperar para las humanidades la diversidad cultural, lo
que contribuiría también a ampliar el corpus humanístico. Por ejemplo:
la “literatura peruana” podría enriquecerse con las expresiones literarias que
se realizan en los diversos idiomas peruanos; la “historia peruana” tendría que
incorporar no la “historia de los vencidos” -que lo que hace es contarles a
los vencidos su propia historia- sino los relatos que los diversos pueblos que
habitan este país tejen sobre su propia experiencia histórica.
Creo
que hay que recuperar también para las humanidades la dimensión de lo
trascendente, pero despojado de las características autoritarias y coercitivas
con las que ha sido frecuentemente revestido por las religiones.
Habría,
además, que referir los saberes humanísticos al horizonte cultural histórico,
en que éstos se producen, incorporando dichos saberes a la tradición y a las
dinámicas culturales. Esto permitiría, por un lado, encarnar el discurso
humanístico en la cultura a la que pertenece más que en el estado-nación que se
ha apropiado de él, y por otro, despojar a este discurso de la pretensión de
universalidad con la que suelen adornarse.
Reducido
a su horizonte cultural y despojado de su pretendida universalidad, el
discurso humanístico se pierde como mandato, es decir pierde la condición
autoritaria y coercitiva que suele atribuírsele, para ganarse como mensaje que
nos viene de la tradición y que escuchamos e interpretamos desde el presente.
La tradición humanística se convierte así, desde esta perspectiva hermenéutica,
en herencia o trasfondo que hace posible la intercomunicación con nuestro
pasado y con nuestros coetáneos.
Finalmente,
habría que recuperar para el discurso humanístico el saber sobre el cosmos y
sobre los instrumentos para relacionarnos con él, lo que traería como
consecuencia una cierta terrenización del saber de humanidades y una cierta
humanización del saber de las ciencias y las tecnologías.
5. Retos organizativos
La
puesta en práctica de estas sugerencias exige que enfrentemos algunos retos
relacionados con la organización de los estudios de humanidades. Señalaré aquí
algunos de esos retos.
Hasta
ahora la universidad, especialmente en los primeros años, es una continuidad
de la formación escolar: más o menos los mismos saberes, agrupados en más o
menos las mismas disciplinas, aunque trabajadas con mayor profundidad y
extensión, con sentido crítico y con metodologías de trabajo que suponen una
mayor libertad y responsabilidad personal del educando. Pero la forma de
agrupar los saberes en disciplinas y de organizarlos dentro de cada disciplina
es sustancialmente la misma. Cabe preguntarse si no es dable organizarlos de
otra manera, de una manera más parecida a como esos saberes se dan en la
cultura, de una manera que facilite su integración y haga ver sus
interrelaciones a fin de que la formación universitaria sea universalizadora de
los conocimientos, pero no por su acumulación sino por su integración. Habría,
pues, que asumir el reto de desestructurar la organización convencional del
saber de humanidades para reestructurarlo conforme a criterios de integración
de esos saberes.
Una
consecuencia inmediata de esta perspectiva sería no dividir los estudios
generales en letras y ciencias, sino más bien integrarlos en un mismo proceso
que permitiría a todos los estudiantes apropiarse de las claves de los saberes
humanísticos, incluyendo los referidos al cosmos y a las maneras de entenderlo
y gestionarlo racionalmente.
Se
conseguiría así recuperar para el saber de humanidades su relación con la humanitas
y el humanismo, un humanismo ahora terrenizado, anclado en una determinada
cultura y entendido como cercioramiento y como provisión de criterios para
saber a qué atenerse como hombre, ciudadano, miembro de una comunidad histórica
y habitante de un mundo tecnificado y globalizado pero poblado también por una
rica variedad de voces y mensajes. Los estudios generales perderían así su
carácter tradicional de conjunto de disciplinas propedéuticas o preparatorias
de posteriores estudios de especialización, para convertirse en un saber con
sentido en sí mismo y previsor de sentido, en el momento por excelencia para
la apropiación de la experiencia histórica y la riqueza humana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario