La educación superior
y desafíos para la gestión
Intervención en el
curso “Desafíos para la gestión de la educación superior en el contexto actual
nacional y regional”, organizado por la Pontificia Universidad Católica del
Perú (PUCP), en el marco de la Organización Universitaria Iberoamericana (OUI)
y de su Instituto de Gestión y Liderazgo Universitario (IGLU). 4 agosto 2014
Introducción
En el proceso de preparación de mi intervención en este evento, he revisado los documentos de la OUI) y del IGLU, y quiero subrayar algunos aspectos de ellos como introducción a lo que expondré después.
El surgimiento de la idea de la
OUI en los años 60 del siglo pasado puso de manifiesto que, antes de esa época,
las instituciones universitarias del mundo americano habían vivido, en lo
fundamental, de espaldas entre sí, a pesar de que nuestras sociedades habían
pasado por procesos históricos relativamente similares y compartían espacios
que estaban ya atravesados por redes de interconexión económica y política.
Como sabemos bien, los modelos de universidad nos vinieron inicialmente de
Europa y, hasta bien avanzado el siglo XX, Europa siguió siendo entre nosotros la
fuente de inspiración tanto de la organización y gestión de nuestras
universidades –aunque fuesen tecnológicas- cuanto de los contenidos y
metodologías del aprendizaje. No deja de
ser llamativo que al profesor canadiense Gilles Boulet le viniese la idea de
crear la OUI de su familiaridad con la historia, al advertir que aquello que
ocurría trenzadamente en la realidad, la historia americana, era reconstruido, sin
embargo, parceladamente –país por país- por los historiadores e incluso tomado
insuficientemente en cuenta en las estructuras institucionales. El trenzamiento
real se hizo más fuerte y complejo después de 1945 por razones que conocemos
bien, pero no se vio acompañado, hasta las iniciativas de intercambio de la
década de 1960, por un estrechamiento de las relaciones académicas. Bajo el
liderazgo de Boulet, esas iniciativas cuajaron en 1980 con la creación de la OUI,
animada por el propósito de “establecer,
más allá y libre de toda frontera, ya sea esta política, geográfica, económica,
ideológica o social, una cadena universitaria interamericana en un esfuerzo
común de mejora y de fortalecimiento de cada uno de sus eslabones.” ¿Intuyeron los fundadores de esta cadena
transfronteriza de universidades que se avecinaban tiempos de globalización y
de exigencias de mejora y acreditación de la calidad universitaria
internacionalmente confiables?
Creada
la OUI, ella se dedica a poner en práctica la propuesta inicial de sus
fundadores ofreciendo una gama de servicios, que ustedes conocen bien y que, en
gran medida, se orientan a trenzar y fortalecer relaciones entre las
instituciones en, al menos, cuatro ejes fundamentales: el mejoramiento de la
calidad, el compromiso con las necesidades sociales, el liderazgo femenino y la
equidad de género, y la respuesta a los desafíos actuales y a los nuevos
paradigmas. Embarcarse en las tareas que estas orientaciones generales
conllevan no es fácil, de ahí la insistencia en el intercambio de prácticas y
propuestas innovativas y la creación de espacios formativos, como el IGLU, para
la formación, mejoramiento y consolidación de los equipos humanos dedicados a
la dirección académica, estratégica y administrativa de las universidades.
Una
dificultad importante y, a juzgar por los documentos que conozco, no
debidamente afrontada es el fácil recurso al lenguaje de siempre (desarrollo
sostenible, integración de pueblos, gestión eficiente, socios estratégicos,
educación universitaria sin referencia a la educación superior, innovación sin
referencia al recuerdo, capital humano, modernización, etc.), un lenguaje que
porta una carga tradicional de la que no le será fácil librarse. Lo que quiero
decir es que, como es conocido, hacemos la experiencia de la verdad, la virtud
y la belleza, la experiencia de nosotros mismos, de los demás y del mundo, a través
del lenguaje. Para realmente innovar tendríamos, por tanto, que recoger y procesar
nuestra experiencia histórica pero también–como sugiere tempranamente Ludwig Wittgenstein
(1990, 43) arriesgarnos a “arremeter contra los límites del lenguaje.”, innovando
lenguajes que faciliten la invención y manifestación de lo nuevo, yendo más
allá del lenguaje científico para abrirnos al de la ética o de la religión, o
-como sugiere Hannah Arendt (1998, 268-275)- acertando a leer el lenguaje
científico en clave anticipatoria para escapar de la terrenalidad o
geoanclamiento de los significantes y captar el guiño de aquellos que remiten a
un universo del que nuestro pequeño planeta es solo un componente atravesado de
relatividad.
En el desarrollo seguiré los temas que se me han sugerido, reagrupándolos, enfatizando
algunos y abordándolos desde una perspectiva que convoca más a pensar que a
analizar datos.
¿Qué le toca a la universidad a este respecto? ¿Acaso dejarse llevar a la
deriva por los vientos globalizadores o, más bien, fortalecer su anclaje en las
viejas amarras de sus propias tradiciones? Probablemente ni lo uno ni lo otro
aisladamente, o mejor dicho, lo uno y lo otro para que en diálogo fecundo con
sus propias tradiciones se enriquezca con otros saberes y experiencias y ponga
los suyos propios en la canasta internacional.
Como instituciones académicas, para situarnos adecuadamente en este proceso
globalizador nos toca, en primer lugar, pensarlo en profundidad, algo que va
más allá de simplemente planificar acciones, acompañar su ejecución y
evaluarlas para luego mejorar el rendimiento. La mayor parte de los estudiosos
de este asunto se quedan solo en esto último, en el agenciamiento de buenas
prácticas para sugerir procedimientos y proveernos de consejos útiles; lo cual
es necesario, pero no suficiente.
Cuando afirmo que lo que nos toca, como instituciones académicas, es pensar
la globalización y sus prácticas, muchas de las cuales llegan hasta las
universidades, lo que hago es invitar a deconstruir el proceso globalizador
para descubrir sus orígenes y su historia, analizar sus competentes, explorar
sus tendencias manifiestas y no tan evidentes, ver sus efectos en el presente y
aventurarse a imaginar el futuro que se busca construir. Sin esta inmersión académica, que es tarea
primordial de la universidad, mucho me teme que las prácticas de la internacionalización
universitaria queden presas del mercado y sus lógicas de crecimiento y
competencia, herederas de la “agresión originaria” de los inicios de la
globalización.
Me atrevo a sugerir algunas ideas para un aprovechamiento enriquecedor de
la globalización y sus estrategias de internacionalización de los quehaceres
universitarios[1].
·
Globalización e interculturalidad son procesos que deberían darse juntos
para enriquecerse mutuamente. Si la globalización remite principalmente a
realidades de más allá de nuestras estrechas fronteras político-territoriales,
la interculturalidad nos convoca en primer lugar, especialmente a sociedades
tan raigalmente heterogéneas como las nuestras, a mirarnos a nosotros mismos
para explorar cómo nuestras universidades son el último eslabón de la cadena de
homogeneización (epistémica, axiológica, normativa, lingüística, identitaria y
práctica) que comienza con la educación inicial. Esta homogeneización trata de
proveernos a todos de competencias similares y articulables, aunque en el grado
de provisión y apropiación de ellas haya diferencias abismales que facilitan la
subalternización. Para no alagarme en asunto tan fundamental, diré que la
misión de la universidad a este respecto no es solo interculturalizarse ella
misma –lo cual no es poco ni fácil- sino actuar de taller de elaboración
teórica y práctica de interculturalización de la propia sociedad –tarea que
tiene ver con la agencia interna y incidencia social y política- y, finalmente,
promover que los actuales procesos de globalización apunten a una globalidad
rica en diversidades.
·
A este respeto, atreverse, como decíamos arriba, a traspasar los límites
del repertorio usual de significantes, pensar la vida humana, por ejemplo,
desde la plenitud más que desde el desarrollo, practicar más la hermenéutica o
interpretación que el conocimiento llamado objetivo, hablar más de
complementariedad y reciprocidad que de agresiva competitividad, dejarse
sorprender por la perplejidad como la actitud más propia para la escucha atenta
de la complejidad que nos envuelve y constituye, son, diría yo, algunas de las
condiciones de posibilidad para que la globalización e internacionalización de
la educación superior, atravesadas por el principio interculturalidad, no
contribuyan a verticalizar aún más las relaciones humanas, ahora ya a escala
planetaria, ni a reproducir los viejos esquemas de centro/periferia o
centralidad/subalternidad, sino que se atengan a la equidad y abonen el terreno
para la una convivencia –reitero- digna, mutuamente enriquecedora y
potencialmente gozosa de las diversidades que nos constituyen,
Educación a lo largo y ancho de la vida
Creo que en vez de dedicarnos a ponerle candados a este proceso de
extensión de la formación universitaria es preferible ofrecerle cauces para su
desenvolvimiento adecuado. Para ello tenemos que partir reconociendo que la
educación es una necesidad y un derecho cuya satisfacción y cuyo cumplimiento
no deberían tener un final prefijado por el origen social, lingüístico, étnico,
económico, etc., de las personas. Para facilitar y ordenar el cumplimiento de
ese derecho, el proceso educativo, aunque flexible, multimodal y escalonado,
debería desarrollarse en un diálogo constante y no descalificador entre las
etapas, unidades e instituciones que lo componen. Esta interactividad dialógica
debe practicarse, además, en dos direcciones: la vertical y la horizontal. La primera
dirección, que nos viene desde Delors como “educación para todos a lo largo de
la vida”, pone el énfasis en el aspecto secuencial del proceso educativo para
evitar estancamientos, facilitar pasarelas entre niveles, promover que todo
final sea un nuevo punto de arranque y que nadie se quede sin la educación que
requiera, etc.; generalmente aceptamos esta orientación, pero son todavía
insuficientes el diálogo y la interacción entre niveles para llevarla a la
práctica, e incluso, me atrevo a añadir, no es infrecuente que esta interacción
obedezca a motivaciones más fenicias que formativas o académicas. Redes de
integración vertical, por llamarlas de alguna manera, que abarcan desde la
básica hasta los postgrados van surgiendo en la educación privada,
especialmente en la lucrativa, pero el Estado sigue afincado en la educación
estancada en niveles que no dialogan entre sí, aunque, en el caso del Perú, la
nueva ley universitaria abra algunas compuertas a este respecto.
Si es escaso el diálogo para la integración vertical, la integración
horizontal está aún más asunte de la mirada universitaria. Por horizontal voy a
entender aquí no la integración entre universidades, que ya se está dando, sino
entre instituciones y procesos formativos y de gestión de instituciones
heterogéneas. Me refiero al diálogo articulador que debería haber entre el
mundo universitario y, por ejemplo, la educación regular alternativa, la
educación de adultos, la educación para personas con capacidades y
discapacidades especiales, la educación intercultural y bilingüe, la educación rural, la educación
superior técnica, pedagógica y artística, además de la interacción necesaria en
temas de tecnología educativa, medición de aprendizajes, variables de calidad y
pertinencia, identificación de prioridades educativas y de investigación e
innovación, etc. Buena parte de estas tareas deberían realizarse en relación
con los consejos nacionales de educación, pero estos andan todavía un tanto
perdidos en un mar de vaguedades y con escasa capacidad para tener una real
incidencia en las decisiones educativas.
El asunto de la extensión de la educación a lo largo y ancho de la vida,
está relacionado con otros aspectos que no voy a tocar aquí, como los de ciudad
educadora, autorregulación mediática, consejos académicos y de ética en los
colegios profesionales y gremios, responsabilidad social empresarial, etc.,
pero no puedo dejar de aludir a que esta ampliación de la educación superior no
debe ser mirada solo desde la perspectiva de la diversificación y
complejización de los procesos productivos, sino también como una manera de
atender a la necesidad y al derecho a una educación heterogénea que facilite el
despliegue de las potencialidades de los diversos colectivos socio-culturales y
lingüísticos, promueva el diálogo entre diversos en condiciones de equidad,
facilite el acceso y ejercicio pleno de la ciudadanía, etc. Debería tratarse, a
mi juicio, de una educación flexible, multifacética y multimodal que nos habilite a todos a saber a qué atenernos
y manejarnos con soltura –en lo epistémico, axiológico, simbólico, práctico e
identitario- en este complejo mundo que nos está tocando vivir y que se compone
de lógicas que nos vienen de la modernidad y de los procesos que están
desencadenando tanto la globalización como la toma de la palabra de las
diversidades de nuestras propias sociedades y del mundo. Importante es, a este
respecto, recordar que las lógicas de textura occidental no son las únicas y
que, por tanto, también ellas están obligadas y convocadas a dialogar
paritariamente en un rico juego de lenguajes con las demás lógicas.
Para medir la calidad y pertinencia de los procesos educativos es cierto
que el desempeño personal, social, ciudadano y laboral es un instrumento válido,
pero no único. Es necesario, además, que el planteamiento inicial y la marcha
del proceso formativo se atengan a criterios y procedimientos que faciliten y promuevan
y potencialmente aseguren el logro de la calidad y la pertinencia. Y ello pasa
necesariamente por licenciamientos, controles, regulaciones, rendimientos de
cuenta, transparencia, incentivos, etc., lo cual exige nuevamente una
multiplicidad de actores, procedimientos y formas de acompañamiento. No faltan
quienes consideran que este montaje mella y hasta elimina la autonomía
universitaria. A veces se olvida que la autonomía, como toda actividad legal, se
da en contextos sociales nómicos, regulados por normas, y, por tanto, las
normas que nos damos a nosotros mismos tienen que atenerse a otras más
generales que nos permiten la ganancia de vivir en comunidad. Este criterio no
cierra de ninguna manera la puerta a la variedad de formas y caminos educativos
que debe haber en una sociedad compleja; exige sí que haya una complejización y
articulación de los organismos y procedimientos de autorización, certificación
y evaluación de procesos y resultados, y
postula, además y principalmente, que se practiquen la creatividad, la
innovación y el espíritu crítico, incluso con respecto a la normativa general,
para promover el despliegue pleno de la posibilidad humana, mejorar el
bienestar, la equidad, la justicia y el gozo de la convivencia, además de las
eficiencia y eficacia de las instituciones y procesos educativos y su
incidencia en la marcha de la sociedad. No olvidemos que la innovación puede
darse en el centro de los sistemas, como resultado al que se llega por
acumulación comprobada de conocimientos, procedimientos y actitudes, pero la
invención ocurre en los bordes, allí donde las certezas se debilitan, se abre
paso la heterodoxia y asoma tímidamente lo nuevo.
Estamos hoy, como pocas veces en la historia, ante una realidad compleja y
ante lo complejo lo más sano, a mi ver, es la actitud de perplejidad, pero
entendida ya no como confusión, duda o indecisión, a lo Descartes, sino como
escucha atenta de las voces que intervienen en el abigarrado juego de lenguajes
para oír sus mensajes en clave interpretativa y articular sus potencialidades
como provenientes de seres hechos para vivir con otros y con el mundo. Y digo
bien, vivir con otros y con el mundo, y no a costa de otros y del mundo, lo
cual pasa imprescindiblemente por regulaciones, solo que hay que entenderlas las
regularizaciones en sentido positivo, como caminos que facilitan la convivencia
enriquecedora de lo diverso, y no como limitaciones. Del liberalismo clásico
hemos aprendido que mis derechos terminan donde comienzan los del otro; de la
valoración del actual juego de lenguajes deberíamos aprender que mis derechos
se enriquecen cuando dialogan y se complementan con los del otro. Diré más,
aunque me adentre en reflexiones filosófica y me aleje aparentemente del tema.
En ese diálogo un paso importante es llegar a consensos y atenerse a ellos,
pero un paso más adelante es construir formas de convivencia pobladas de
disensos enriquecedores.
Si, como solemos hacer frecuentemente, enfocamos el asunto de la calidad,
la pertinencia, la eficiencia y la credibilidad de los procesos educativos con
criterios de homogeneización para facilitar las mediciones, llenar cuadros y
gráficos en libros atiborrados de datos y figurar en rankings internacionales, conseguiremos
seguramente un dibujo hasta animado de lo que está ocurriendo, pero estaremos
perdiendo la ocasión de pensar en profundidad la educación como componente
fundamental de la vida humana y no solo como expediente propedéutico. No quiero
restarle importancia al antes y al después del hecho educativo, pero,
embarcados como estamos en una educación a lo largo y ancho de la vida, hay que
aceptar el reto de hacer del ahora educativo el momento más rico, ese momento
inflado que consiste esencialmente en aprender a aprender, en aprender a
escuchar y no solo a oír, a mirar y no solo a ver, a apreciar y no solo a
juzgar, a gozar la convivencia y no solo a tolerarla, no a pasar por etapas
sino a vivir plenamente cada una de ellas.
Arendt, Hannah (1998). The Human
Condition. Chicago: University of Chicago Press, 2nd Ed., [Original:
Chicago: University of Chicago Press, 1958]
Brunner,
José Joaquín , Cristóbal Villalobos & alii (2014). Políticas de educación superior en Iberoamérica, 2009-2013. Santiago
de Chile: Universia/UDP/Unesco.
Wittgenstein, Ludwig
(1990). Conferencia sobre ética.
Barcelona: Paidós [Original: conferencia pronunciada en 1929-1930 y publicada
por primera vez como Wittgenstein’s Lecture on Ethics en The Philosophical Review, en enero de 1965]
[1] Los trabajos que realizaron o
realizan, por un lado, los estudiosos de la centralidad occidental, la
postcolonialidad, la subalternidad, la colonialidad del poder, el saber y los
imaginarios, etc. (Said, Spivak, Bhabha, Mignolo, Coronil, Moraña, Quijano, Lander,
Walsh, Castro-Gómez …) y, por otro, la “izquierda heideggeriana” (Lefort,
Badiou, Laclau, Mouffe, Marchart, Nancy …) y los cultores de la hermenéutica
(Gadamer, Vattimo …) deberían ser revisados con esmero para dar densidad
teórica y orientación ética y alimentar el compromiso político a una gestión
universitaria realmente innovadora.
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