Universidad: después del desarrollo
Ponencia en la reunión internacional sobre
universidad y desarrollo, convocada por la Organización de Estados
Iberoamericanos, el parque tecnológico de la institución universitaria La Salle Campus Madrid (Parque de
Innovación de Servicios para las Personas), el Ayuntamiento de Madrid y las
empresas BBVA y Everis. La reunión tuvo lugar en la Pontificia Universidad
Católica del Perú el 24/11/2008.
Introducción
Para justificar mi opción temática y metodológica comenzaré sosteniendo que el concepto de desarrollo se inscribe en el ámbito de significación del proyecto moderno. Desde Weber, Nietzsche, Heidegger y la Escuela de Frankfurt sabemos que las racionalidades que se encontraron en el origen de la modernidad –la de emancipación humana y social y la del bienestar- han mutado en una racionalidad instrumental que, en la era de la organización total en la que estamos, ha invadido no solo los subsistemas sociales –el educativo, entre ellos- sino incluso los dominios de la cultura: el del conocimiento, el de la legitimidad y el de la representación simbólica.
Universidad y desarrollo
Abordar la problemática universitaria en paralelo
con la del desarrollo equivale a ubicarse en un horizonte de significación
desde el que la universidad no puede ser pensada sino como instrumento del
desarrollo. De hecho, las reflexiones y estudios sobre la relación universidad
y desarrollo se preguntan una y otra vez sobre el carácter funcional o
disfuncional de la institución universitaria para el desarrollo.
El concepto de desarrollo, heredero del optimismo
decimonónico de la idea de progreso, apunta a la imposición de un modelo
supuestamente universalizable, cuyos pasos deben seguir todas las sociedades,
independientemente de sus particularidades, para alcanzar una felicidad que se
mide en términos de acceso de los individuos a determinados bienes y servicios y de una determinada manera de
organizar la convivencia social, a partir, socio-económicamente, del criterio
de la competitividad y, políticamente, de la democracia representativa.
Desde el paradigma del desarrollo, el ideal de
universidad es puesto en la capacidad de la institución universitaria para
responder a los retos que el desarrollo le plantea. El informe del año 2000 del
Banco Mundial (Higher Education in Developing Countries. Peril and
Promise. Washington D.C.:
The International Bank for Reconstruction and Development / The World Bank,
2000) es particularmente significativo a este respecto. Se preguntan los expertos
convocados por el banco ¿cuál es el rol de la educación superior para sostener y
fortalecer el proceso del desarrollo económico y social en los países en
desarrollo? Después de sostener que la educación superior contribuye al
crecimiento del ingreso, a la formación de líderes con capacidad para enfrentar
los retos económicos del siglo XXI, a la movilidad social y a la capacitación
de científicos e ingenieros para inventar, adoptar y operar las modernas
tecnologías, el informe plantea la pregunta qué hacer para superar los
obstáculos que las universidades de dichos países enfrentan para llenar
cabalmente ese papel. Las recomendaciones a este respecto se resumen en dos:
incrementar los recursos y la eficiencia de su uso a fin de mejorar la
infraestructura educativa, diseñar e implementar nuevos currículos y programas
académicos, reclutar y retener profesores bien y continuamente entrenados,
incrementar el acceso a las poblaciones con desventajas económicas y sociales,
y promover la educación y la investigación científica, tanto la básica como la
aplicada.
Desde la perspectiva de análisis que voy a proponer aquí, poco importa que el concepto de desarrollo sea entendido en términos exclusivamente económicos o que se amplíe su significación para incluir el desarrollo social y humano. El problema no está en los adjetivos sino en el sustantivo, en el concepto mismo de desarrollo, que, como he dicho, pertenece al horizonte de significación del proyecto moderno y, consiguientemente, no es entendible, en la era de la tecnociencia, sino como expresión de la idea de una historia universal unilineal, periodizada, progresiva y teleológica, idea clave de la modernidad cuya pertinencia para saber hoy a qué atenernos está siendo puesta en cuestión por el pensamiento de la actualidad.
Universidad y actualidad
Sin salirme de los amplios objetivos de este
seminario, los invito a entender la universidad en términos tales que recuperen
para la institución universitaria su viejo papel de lugar privilegiado para
pensar las condiciones de existencia, en nuestro caso, para pensar la
actualidad en términos que superen, sin negarlo, el ya estrecho concepto de
desarrollo.
Superar sin negar este concepto equivale a
reponerse de él trayéndolo a la presencia, rememorándolo como algo que
constituye el pasado de nuestro propio presente y que, por tanto, lo miramos
con cercanía, pero ya no como un precepto que tenga que marcar el paso de la
institución universitaria. La universidad de hoy se mide todavía por su
funcionalidad con respecto al desarrollo, pero si seguimos aplicando este
criterio para ponderar la calidad y la pertinencia del quehacer universitario
mucho me temo que no seamos capaces de pensar el mañana ni de atender las
tareas que en la construcción de ese mañana le tocan a la universidad.
Tengo para mí que el moderno ídolo del desarrollo
está ya en su crepúsculo porque, entre otros motivos, no es razonablemente
universalizable. Pero, como he dicho, ese crepúsculo no es propiamente
decadencia sino anuncio de un amanecer que la universidad está llamada a
procesar si quiere seguir siendo, como lo fuera históricamente, espacio
privilegiado para pensar las potencialidades de la actualidad enriquecidas con
los mensajes que le vienen del pasado.
¿Y cuáles son las potencialidades de la actualidad
que el crepúsculo del desarrollo está anunciando? Lo primero y principal es el cambio de perspectiva:
del paradigma uniformante y unilineal del desarrollo a la atención a aquellos
aspectos que dicho paradigma dejó fuera del campo visual, contribuyendo a que
la universidad no se ocupase de ellos. Pondré aquí el énfasis en algunos de esos
aspectos, específicamente en aquellos que entiendo como de mayor trascendencia
histórico-filosófica: la responsabilidad en el trato con la naturaleza, la
convivencia digna y gozosa de las diversidades, el despliegue pleno de la
posibilidad humana y la atención a lo inesperado como dimensión de lo que hay.
Cuando el pensamiento occidental se organiza en
saberes, disciplinas y profesiones, y esta organización cuaja en ese tipo de
institución que conocemos como universidad, la institución universitaria hereda
de la historia de ese pensamiento su preocupación central por los tres
componentes que constituyen lo que hay: la naturaleza, el hombre y su historia
y lo inesperado, a lo que se llamó lo trascendente o sagrado. Inicialmente se
entendió que entre estos tres componentes había una relación de co-pertenencia
y que, por tanto, el cultivo de cada uno de ellos no podía hacerse sin atender
a los otros.
La modernidad, como es sabido, aisló lo inesperado
entendiéndolo como fruto de una ignorancia que el avance del conocimiento
terminaría por reducir a cero. La luz penetrando en las tinieblas sigue siendo,
desde el inicio del proyecto moderno hasta los actuales análisis de los
expertos del desarrollo, una imagen a la que se recurre con frecuencia para
significar el progreso del conocimiento frente a
Lo importante de ese aislamiento no es tanto la
segregación de lo inesperado o sagrado del ámbito universitario cuanto el
allanamiento del camino para el optimismo racionalista del que es portadora la
universidad moderna. Este racionalismo se orienta ahora ya en dos sentidos:
dominar y explotar la naturaleza a través del conocimiento científico y técnico
para someterla a las necesidades humanas y organizar la convivencia social a
base de normas que, en principio, resultan de acuerdos racionales entre
individuos libres. En ambos casos, en la enunciación originaria de la
modernidad, el progreso es homogéneo e ilimitado. La naturaleza, sean cuales
fueren sus características, es explorable y explotable sin límites, y el
perfeccionamiento de las sociedades, no importa cuáles sean su historia y su
cultura, se entiende como fruto de una participación responsable e ilustrada,
gracias a la educación, en la toma de decisiones y de un acceso equitativo de
los individuos a los bienes sociales. De esta orientación básica derivan las
reflexiones sobre el desarrollo y sobre las funciones que le corresponden a la
universidad para lograrlo. Las mediciones que sobre la relación universidad y
desarrollo se vienen haciendo son también ellas, de una u otra manera,
herederas de esta misma orientación.
Pero la actualidad le plantea a la universidad
retos para cuya respuesta el paradigma moderno del desarrollo le queda corto. La
toma de conciencia, relativamente reciente, de las amenazas que para la
sobrevivencia humana supone la explotación ilimitada e irracional de la
naturaleza convoca a las ciencias y a las tecnologías, primero, a proceder con responsabilidad
en la búsqueda de recursos alternativos y renovables, y, segundo y
principalmente, a inventar e innovar conocimientos y técnicas apropiados para formas
de sobrevivencia naturalmente sostenibles y socialmente equitativas. No se
trata, por tanto, de resolver el problema de la manifiesta inequidad a través
de la inclusión de los excluidos en el actual modelo de desarrollo, porque es
sabido que ese modelo no soporta ni natural ni socialmente la inclusión de
todos los excluidos. Es decir, hay que aprender a mirar la equidad ya no como
fruto de la inclusión, sino desde una nueva perspectiva que la universidad, a
través de los medios que se le son propios, tendría que cultivar y proponer. Se
trata, por cierto, de una tarea nada fácil, pero no imposible. Le tocó ya a la
universidad en siglos pasados redefinirse ella misma para hacer posible el paso
de una sociedad esencialmente prescriptiva, la sociedad premoderna, a otra
esencialmente electiva, la sociedad moderna, y lo hizo creando y difundiendo
saberes, competencias e instrumentos impulsores y sostenedores del proyecto de
El segundo reto que la actualidad pone a la
universidad es el relacionado con las formas de la convivencia humana. En el
horizonte de significación en el que la universidad se mueve, la historia es
entendida como un proceso unilineal, periodizado y teleológico que afecta a
todos los pueblos y en el que cada uno de ellos se ubica según el grado de
desarrollo alcanzado en ese proceso. Se divide, por tanto, a los países en
avanzados y atrasados o desarrollados y en desarrollo, es decir en camino hacia
el cumplimiento cabal del modelo. Esta concepción parte del supuesto no probado
de que la historia tiene un fin y de que para alcanzar ese fin cada pueblo
tiene que seguir los pasos de las sociedades más avanzadas. La consecuencia es
lógica: las llamadas objetivaciones institucionales de la modernidad (la
industria para la producción, el mercado para el intercambio, la escuela para
creación de conocimientos y provisión de competencias, la democracia
representativa, etc.) se desgajan de su matriz originaria y son transportadas a
otras sociedades para facilitar el progreso económico y social. En el horizonte
apunta como ideal un conjunto de sociedades homogéneas que han ido dejando en
el camino hacia el progreso sus propias pertenencias culturales, nociones de
vida buena y formas de convivencia. La educación en general y la universidad en
particular son agentes de ese proceso de homogeneización, tanto más eficaces cuanto
mayor sean su funcionalidad y su eficiencia.
Pero en la actualidad, los pueblos que conservan
sus tradiciones, lenguas y pertenencias
culturales están tomando la palabra para convocarnos a todos a una convivencia
digna, enriquecedora y gozosa de diversidades, es decir nos invitan a pensar
modelos societales que, además de equitativos, entiendan la diversidad como una
fuente de gozo y de dinamismo individual y social. Esta convocatoria pone a las
universidades ante el reto de superar sus tradiciones homogeneizantes para que
el principio diversidad se instale en sus quehaceres. La tarea no es, por
cierto, fácil porque siempre es más sencillo administrar homogeneidad que
gestionar diversidad. Pero en el asumir en serio esa tarea se juega la
universidad su condición de puente y agente de la convivencia de diversidades
que se avecina. La homogeneización que nos viene del proyecto moderno da ya
para poco. Si lo que se vislumbra en el horizonte como fuente de dinamismo es
la convivencia digna de lo diverso, la universidad está llamada a convertirse
en espacio privilegiado para facilitar y potenciar esa convivencia.
El despliegue pleno de la posibilidad humana es el
tercer reto que la actualidad plantea a
Nada o poco de lo anterior es posible si la universidad no se aparta de las seguridades que ha heredado de la modernidad para codearse con el complejo mundo de inseguridades, poblado de lo inesperado, que nos está tocando vivir. De las seguridades de las que procedemos hay que aprender a vivir en la perplejidad como el talante intelectualmente más fructífero de nuestro tiempo. Pero la perplejidad no debe entenderse como confusión, duda o irresolución, sino como voluntad de autocercioramiento en la multiplicidad de lo que hay, como escucha atenta de la complejidad que nos envuelve, como participación en los juegos de lenguaje desde nuestras particulares pertenencias, como apertura permanente a lo inesperado.
Vuelta al comienzo
Más de uno se preguntará qué tiene que ver esta reflexión
histórico-filosófica con la relación entre universidad y desarrollo social. La
respuesta es relativamente simple. Lo que he pretendido traer al debate es que
el viejo concepto de desarrollo que hemos heredado del proyecto moderno nos
queda ya demasiado estrecho para pensar la universidad y sus responsabilidades en la actualidad.
Comprendo, por cierto, a quienes, en el ámbito de
la modernidad, procuran que la universidad sea funcional y no disfuncional con
respecto al desarrollo. La disfuncionalidad no contribuye a eliminar la
pobreza, a reducir la exclusión ni a mejorar la participación en el ejercicio
de la ciudadanía ni la competitividad social en el mundo globalizado.
Sostengo, sin embargo, por una parte, que el
modelo de desarrollo al que pretendemos que la universidad sea funcional no es
sostenible ni universalizable, además de estar ya poblado más de amenazas que
de esperanzas, y considero, por otra parte, que la actualidad plantea a la
universidad retos a los que ésta no podrá responder si sigue pensando
exclusivamente en mejorar su rendimiento como pieza clave en la construcción de
ese desarrollo. Es necesario, a mi ver, distinguirse del modelo tradicional del
desarrollo para que la universidad se abra a pensar la actualidad en términos
de relación responsable con la naturaleza, convivencia de diversidades y
despliegue pleno de la posibilidad humana desde las pertenencias y
particularidades de cada cultura.
Esta propuesta, que suena a utópica a oídos del
pragmatismo ambiental, coincide, sin embargo, en más de un aspecto con
iniciativas y lineamientos de política elaborados en reuniones tan
significativas como
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