Filosofía e interculturalidad
En: Alegría Varona, Ciro; Pepi Patrón y Fidel Tubino (ed.). Ética y política. Ethics and politics. (Tolerencia. Vol. III). Lima: Centro de Estudios Filosóficos/ PUCP, 2011, p. 181-191. (Escrito en 2004). https://red.pucp.edu.pe/wp-content/uploads/biblioteca/110605.pdf https://red.pucp.edu.pe/ridei/files/2011/08/2057.pdf También en: Construyendo Nuestra Interculturalidad., nº 3, abril 2006 [en línea] http:// interculturalidad.org/numero03/2_091.ht Y en: Socialismo y participación. Lima, CEDEP, n° 100, Edición especial, ene. 2006, p. 223-229.
Advertencias
necesarias
Las reflexiones
siguientes están en proceso y lo estarán siempre, porque entiendo que la base
del dialogo intercultural es precisamente el no encerramiento en posiciones
inamovibles y, consiguientemente, la apertura a la intercomunicación.
Se trata, por otra
parte, de reflexiones que se hacen desde un determinado entorno cultural, el
mío propio, y que, sin pretensión alguna de validez universal, quieren
contribuir a crear las condiciones de posibilidad para que mi cultura no sólo
no aplaste a las demás sino que las reconozca como dignas expresiones de la
experiencia humana y se enriquezca en diálogo con ellas.
Se hacen desde la
conciencia de estar en una época de tránsito que si bien está henchida de
amenazas ofrece también oportunidades para la convivencia de diversidades y el
diálogo intercultural.
Tengo que aclarar,
finalmente, que mi elaboración sobre el tema se sabe deudora de quienes están
participando en este debate tanto en el Perú como en otros entornos culturales.
Me interesan particularmente los debates que se desarrollan en Canadá y Estados
Unidos sobre liberalismo/comunitarismo, en los círculos europeos y
latinoamericanos de la “filosofía de la liberación”, en las universidades
peruanas (principalmente en PUCP, UNMSM, UARM) y en las instituciones y
programas educativos implicados en la educación bilingüe intercultural[1]. Para
proceder con orden presentaré primero el problema, me ocuparé luego de las
diversas maneras de abordarlo, para centrarme finalmente en el enfoque del
problema desde la filosofía teórica.
Identificación
del problema
Como he dicho
recientemente en un artículo en la revista Hueso húmero, las actuales
reflexiones sobre la multiculturalidad e interculturalidad hunden sus raíces en
los problemas que nos plantea a todos la convivialidad contemporánea. Vivimos
en ambientes cada día más interculturales y poliaxiológicos. La diversidad ha
logrado sobrevivir, a pesar de los esfuerzos de las culturas y las
constelaciones axiológicas dominantes por construir unidades monolíticas y
afirmar identidades, comportamientos, percepciones, creencias y sensibilidades
uniformes.
En el mundo de hoy,
anota Kymlicka, hay alrededor de 600 grupos de lenguas vivas y más de 5000
grupos étnicos. En el ámbito del mundo de la vida o vida cotidiana la
multiculturalidad e incluso la inteculturalidad son, para la mayoría de las
sociedades contemporáneas, un dato de su propia realidad. Lo nuevo, sin
embargo, no está en el hecho mismo de la diversidad, que siempre ha existido,
sino en que ahora comenzamos a asumirla como componente de nuestro marco de
referencia perceptivo y representativo, e incluso a entenderla como parte de
nuestro horizonte normativo y axiológico. Además de hacerse presente en el
mundo de la vida y en las esferas de la cultura, la diversidad comienza a ser
tenida en cuenta en la red de instituciones que constituye el complejo tejido
de las sociedades contemporáneas.
Es, pues, la vida
contemporánea la que nos pone frente al problema de la multiculturalidad o
polivaloridad. No es raro, por tanto, que la interculturalidad se esté
convirtiendo en el tema de nuestro tiempo. Para mayor claridad entenderé aquí
por multiculturalidad la coexistencia, en un mismo horizonte societal
(generalmente, el del estado-nación), de diversas culturas, fenómeno que se
hace más complejo a medida que, por un lado, las diversidades culturales que
pueblan un mismo territorio o territorios contiguos toman por sí mismas la
palabra y deciden contarnos su propia historia, y, por otro, el desborde de las
dimensiones institucionales de los estados-nación ensancha esos horizontes. Por
interculturalidad entenderé el entrecruzamiento de esas diversidades tanto en
las esferas de la cultura como en los subsistemas sociales y en el mundo de la
vida, un entrecruzamiento que tiende a constituir constelaciones
poliaxiológicas en las que conviven, no sin conflicto, diversos estilos de vida
y nociones de vida buena enraizadas en diferentes discursos.
Entiéndase, por
tanto, desde el comienzo que estamos frente a un problema que nos incumbe, cada
vez a más personas en la actualidad y que, por lo mismo, no se trata de una
operación nostálgica de salvataje de las culturas tradicionalmente calificadas
de “primitivas”. Porque lo que está aquí en cuestión no es la vuelta a los
mundos homogéneos y esencialmente prescriptivos de las culturas premodernas,
sino la búsqueda de formas de convivencia que superando incluso el concepto
moderno de tolerancia hagan posible el reconocimiento y el disfrute de la
diversidad.
Parafraseando el
título de un voluminoso estudio de Alain Touraine, el problema que se nos
plantea hoy puede encerrarse en una pregunta: ¿podremos vivir dignamente juntos
siendo diferentes? En la búsqueda de una respuesta afirmativa a esta pregunta
está, a mi entender, la apuesta utópica de nuestro tiempo.
Entradas el tema
Es evidente de suyo
que un problema tan complejo como el planteado necesita ser abordado desde muy
diversas entradas, y así está ocurriendo.
Quienes lo abordan
desde una perspectiva religiosa enfatizan la creencia de que todos los pueblos
están igualmente cerca de Dios y, por tanto, incluidos en las historias, en
plural, de la salvación. Esta creencia socava los cimientos de la historia
tradicional de la salvación: una única historia, con un pueblo elegido, un
único mensaje y un conjunto autorizado de mensajeros sobre los que pesa la
sagrada misión de anunciar a los demás pueblos la buena nueva. La entrada
religiosa a la interculturalidad propicia el diálogo paritario entre los
diversos mensajes de la trascendencia que pueblan el mundo.
Quienes abordan el
problema desde una perspectiva ética se comprometen éticamente con el diálogo
intercultural como alternativa frente a las consecuencias de la globalización.
Parten para ello de una caracterización de la globalización como nueva barbarie
o fuerza destructiva que asfixia las diferencias culturales y supone
destrucción de culturas, exclusión social, destrucción ecológica, racismo,
hambre, desnutrición y organización total del planeta. Su objetivo es construir
una alternativa universalizable de vida digna para toda la humanidad por las
vías de una ética de la liberación que parte del respeto y el reconocimiento de
las culturas, entendidas éstas no como destino inexorable sino como “punto de
apoyo” para la realización plena de la persona como libertad y como razón. Toda
cultura, afirman, está atravesada por dos dialécticas: una de
determinación/libertad, y otra de opresión/liberación. Le cumple al individuo
elegir, decidirse por la libertad personal, frente a las tradiciones
determinantes, y por las tradiciones de liberación, frente a las de opresión.
La libertad que postulan es reflexiva: el individuo discierne los dos polos de
esas dialécticas y escoge el polo liberador. Se atienen, por tanto, a lo que
consideran el “principio liberación”, un principio que postula la liberación de
las víctimas y que implica la solidaridad con el otro como modo de ser y de
existencia solidaria. De este principio derivan la necesidad del diálogo
intercultural, una forma de relación con el otro que, oponiéndose a la
homogeneización propia de los discursos englobantes tradicionales y a la actual
globalización, y sobrepasando la tolerancia, se expresa en la “acogida” del
otro como sujeto y, por tanto, propicia la universalización de la co-autonomía
de las personas y la co-soberanía de las culturas.
Los supuestos
filosóficos en los que se basa la perspectiva de la “ética de la liberación”
para fundamentar sus salidas al diálogo intercultural son los siguientes:
El ser humano
como universal particular. La subjetividad
(singularización –particular-de las vigencias culturales propias) plantea la
cuestión del sentido, fundando así la posibilidad de la universalización
(universal) como movimiento de intelección argumentativa (comunicación y unión
en la diversidad).
La reflexión
subjetiva. Cada ser humano tiene un “resto no
culturizado” que le permite trascender su propio universo cultural y hace
posible el diálogo con otros desde una identidad siempre en proceso.
El cultivo de la
libertad. Implica, por un lado, la posibilidad de
cuestionamiento de las dinámicas de estabilización en las culturas, haciendo
valer en ellas proyectos subjetivamente diferenciados cuya realización reclama
el reordenamiento constante del mundo cultural propio, por otro, el derecho a
rebelarse y a solidarizarse con los otros que buscan también la implantación
del reino de la libertad.
La racionalidad
como constitutiva de la libertad. La razón es
entendida como necesidad de la libertad: por ser libre, el hombre está obligado
a ser racional, es decir a dar razón de su modo de comprender, vivir, actuar,
querer, etc. lo que le capacita para el diálogo con otros.
Quienes abordan el
problema desde la filosofía política se caracterizan por un compromiso político
con los derechos de las minorías étnicas a partir de un liberalismo renovado.
Parten para ello de algunas constataciones: la diversidad se ha mantenido, pese
a los afanes homogeneizadores; la difusión de las lógicas de la modernidad ha
creado las condiciones para que los pueblos digan su palabra e incorporen sus
demandas, especialmente la de reconocimiento, a la esfera pública; la
globalización propicia la formación de medios heterogéneos y hace que la
interacción entre gentes de diversas culturas sea cada vez más parte de la vida
cotidiana.
Frente a estos
hechos, propios de la actualidad, el liberalismo clásico se queda corto. Para
fundamentar el principio de la igualdad constituye e interpela a los individuos
despojándolos de sus pertenencias culturales y reduciéndolos a la condición de
miembros de la especie humana. En la pertenencia a la especie humana pone el
liberalismo clásico la esencia de la identidad y de la dignidad de la persona.
Desde estos principios propone la neutralidad axiológica de las instituciones
públicas con respecto a las particularidades de cada persona, considerando esa
neutralidad como la condición de posibilidad para la práctica de la igualdad y
la justicia.
Sin desconocer la
importancia histórico-filosófica del liberalismo, lo cierto es que el
pensamiento liberal hunde sus raíces en una cultura que, siendo particular, se
asume a sí misma como universalmente válida y, por tanto, no hace justicia a
los miembros de otras culturas ni les brinda iguales oportunidades.
Para buscar una
salida desde el liberalismo se propone profundizar el principio liberal de la
igualdad hasta incorporar la participación de las minorías étnicas con sus
pertenencias culturales. La propuesta se concreta en la constitución de estados
multinacionales y poliétnicos que incorporen el derecho a la pertenencia
cultural, admitan diversas formas de ciudadanía y reconozcan tres tipos de
derechos colectivos a las minorías: el derecho al autogobierno, a través de la
delegación de poderes políticos; los derechos poliétnicos, apoyándolas
financieramente y protegiendo sus prácticas culturales; y los derechos
especiales de representación, garantizándoles escaños y puestos directivos en
la administración pública.
Los supuestos
filosóficos en los que se basan estas propuestas son fundamentalmente tres:
Cada pueblo, como quería Herder, es la medida de sí mismo y, por tanto,
nadie está autorizado a imponerle desde fuera su norma y su destino. Todo
pueblo necesita un contexto de “seguridad cultural” para dar sentido y
orientación a sus elecciones en la vida. Este contexto es un bien primario para
la realización de la persona y, por tanto, los estados están en la obligación
de preservarlo. Las culturas, afirma Taylor, son valiosas porque son
proveedoras de sentido. Pero esto no quiere decir que estén encerradas en sí
mismas. Hay en ellas ventanas abiertas a otras culturas y, por tanto, se
produce, como apunta Gadamer, una “fusión de horizontes” que las dinamiza y
enriquece.
Principio de la
dignidad. En oposición al honor, asentado sobre
privilegios, la dignidad se atribuye a todos los hombres por pertenecer a la
especie humana. Pero la especie humana no se da en abstracto, sino a través e
inseparablemente de una diversidad de formas culturales. Por tanto, el
principio de la dignidad conlleva el respecto no sólo de los derechos del
individuo qua tale sino de sus pertenencias. Así, la política de la diferencia,
como anota Taylor, surge de la política de la dignidad universal de toda
persona.
Identidad y
reconocimiento. La identidad es dialógica. Se
constituye, se negocia, en diálogo con otros. Aquello con lo que nos
identificamos depende, en gran medida, del reconocimiento de los otros. El
reconocimiento, afirma Taylor, no es una cortesía sino una necesidad vital de las
personas. Así, la relación con los otros es clave para el autodescubrimiento y
la autoafirmación. El no reconocimiento o el mal reconocimiento infringe daños
a la persona y se convierte en una forma de opresión. Por tanto, es obligación
del estado reconocer las
Además de las
perspectivas para abordar el problema que aquí hemos presentado resumidamente
hay varias otras como: la jurídica, que pone el acento en la culturización de
las normas; la estética, que acentúa la diversidad de las nociones de belleza y
de las prácticas artísticas; la lingüística, que habla de la multiplicidad de
los juegos de lenguaje; la científico-tecnológica, que acentúa el enraizamiento
cultural de los saberes y de las formas de relación hombre/mundo; etc.
Desde la
filosofía teórica
Sin desconocer la
importancia de las perspectivas arriba presentadas, tengo para mí que el
abordaje del problema desde la filosofía teórica, esencialmente desde la
ontología y la epistemología, añade profundidad y trascendencia al análisis del
problema de la interculturalidad.
Soy consciente, por
lo demás, de que este abordaje no es nada fácil porque tiene que vérselas con
tradiciones de pensamiento filosófico profundamente enraizadas y que, de alguna
manera, constituyen el sentido común en la comunidad de los filósofos. No voy a
tratar aquí el tema en toda su extensión. Me limitaré a dejar trazados algunos
caminos para abordarlo.
Mi elaboración a
este respecto se sabe tributaria de reflexiones recogidas de quienes, desde
hace ya algunas décadas, están empeñados en revisar las vigencias del proyecto
de la modernidad desde una perspectiva que no pocos han calificado de
postmoderna. Entre ellas, me interesan particularmente las aperturas a las que
convocan las elaboraciones de Gianni Vattimo.
Como hipótesis de
trabajo sostengo que la consideración del ser como débil y del conocimiento
como interpretación constituye la condición de posibilidad para un tratamiento
en profundidad del reconocimiento cabal de la dignidad de las culturas y el
diálogo intercultural, y, por tanto, permite darle mayor enjundia teórica y
trascendencia práctica a las reflexiones sobre la interculturalidad.
Como punto de
partida me sitúo en la actualidad y, por tanto, asumo desde el inicio que mi
reflexión no tiene ninguna pretensión de validez metahistórica porque no es
otra cosa que un intento de cercioramiento o de saber a qué atenerse con
respecto a las condiciones contemporáneas de existencia en una sociedad como la
mía, atravesada de problemas irresueltos con respecto a la identidad, la
vinculación social, la legitimación del saber y del poder, las normas y
prácticas de la convivencia entre las culturas que la pueblan, el
reconocimiento del otro, la estructura institucional, etc.
De la actualidad me
interesa subrayar algunos procesos interrelacionados que entiendo como
portadores de nuevas perspectivas para la experiencia humana y, por tanto,
tienen una especial trascendencia histórico-filosófica.
Me refiero
esencialmente a tres: el debilitamiento de la confianza en el discurso moderno
y sus categorías fundantes, e incluso de la idea misma de fundamento,
acompañado de la presencia de otros discursos provisores de sentido; la
descomposición o el desborde, para usar
el término acuñado por Giddens, de las dimensiones institucionales de la
modernidad y su recomposición en ámbitos globales, regionales e incluso
locales; y la liberación de las diferencias y toma de la palabra por las
diversidades, en pugna con los afanes homogeneizadores y fundamentalistas que
pretenden, en el primer caso, imponer formas de existencia y estilos de vida
uniformes, y, en el segundo, preservar sus nociones de vida buena y formas de
existencia de toda contaminación externa y exigir a los individuos una relación
prescriptiva y no electiva con sus propias tradiciones.
Estas tendencias,
que se dan en un entorno societal caracterizado por la diversificación y
extensión de las comunicaciones, abren nuevas perspectivas para la experiencia
humana y si bien es cierto que entrañan el peligro de ampliar y profundizar la
dominación y la exclusión, son también fuente para nuevas alternativas de
liberación. Pueden, por eso, se consideradas como de trascendencia
histórico-filosófica en cuanto que parecen apuntar a un cambio de época y abrir
perspectivas inusitadas para el pensamiento y las formas de vida.
El objetivo que
persigo no es otro que explorar caminos de salida para un pensamiento crítico
de y sobre la actualidad que se abra al encuentro de las diversidades.
Para, al hilo de
las elaboraciones de Vattimo, abrirse al reconocimiento de la dignidad de las
culturas, promover la liberación de las diferencias y hacer filosóficamente
posible el diálogo intercultural, el pensamiento crítico de la actualidad, en
una relación reflexiva y no prescriptiva con sus propias tradiciones, propone
el debilitamiento del ser como ontología de nuestro tiempo, entiende la verdad
como apertura, asume la hermenéutica como sentido común de su práctica teórica,
se atiene a la insuperabilidad de la pertinencia histórica, afirma la
intersubjetividad como manera de darse del sujeto y considera el reconocimiento
como esencial para la construcción de identidad.
No es este el lugar
para desarrollar en profundidad estos postulados del pensamiento crítico de la
actualidad. Me limitaré, pues, a presentarlos brevemente aun a sabiendas de que
es preciso seguir elaborándolos para extraer de ellos el potencial crítico y
propositivo que encierran.
Frente a la
atribución al ser de propiedades fuertes y estructuras necesarias, y la
consideración del ente como accidente finito y transitorio, que han practicado
en Occidente la religión y la metafísica y practica hoy la ciencia, la
ontología débil considera el ser como evento histórico y mutable y, por lo
mismo, se despide de la idea de fundamento.
Tradicionalmente,
el pensamiento ha consistido en Occidente en hacerse del fundamento (orden del
ser) para desde ahí pensar rigurosa y críticamente el ente (orden existente).
La rigurosidad en el procedimiento aseguraba la objetividad o verdad de los enunciados,
mientras que la criticidad permitía pensar estrategias para aproximar el orden
existente al supuesto orden del ser.
Desde el abandono
de la idea de fundamento y el afincamiento en una ontología deliberadamente
débil, el pensamiento no puede consistir sino en escuchar e interpretar los
mensajes eventuales que nos vienen de la historia y de la actualidad. No queda
lugar neutral para la teoría. Toda teoría está trascendida de historicidad, es
sólo interpretación y, por tanto, no se enuncia como verdad consumada sino como
apertura al diálogo.
Frente a la verdad
como adecuación, la consideración de la verdad como apertura abre posibilidades
inéditas para el diálogo intercultural. Porque la verdad como apertura, por un
lado, impide que sacralicemos las diferencias y diversidades, que sería como
reeditar la ontología fuerte a escala menor, y, por otro, permite una
intercomunicación libre de violencia teórica y práctica y, por tanto, se
constituye en condición de posibilidad para proyectos personales y colectivos.
La verdad, desde esta perspectiva, no es algo que uno encuentra con el
ejercicio de la razón; es más bien algo que se va construyendo dinámicamente en
diálogo con otros. Esto no significa, sin embargo, que reduzcamos la verdad al
consenso, si por consenso entendemos el punto común de llegada desde diversas
posiciones. La verdad no es meta, es siempre apertura a otros mundos; no remite
a una realidad supuestamente objetiva, sino a nuevos mundos simbólicos que se
abren y enriquecen constantemente en el diálogo.
Desde esta posición
no hay lugar para fundamentalismos, relativismos y nacionalismos
homogeneizantes. Porque los fundamentalismos, por remitirse a supuestos
fundamentos universalmente válidos y creerse que son los únicos en estar cerca
de Dios, paralizan todo diálogo y cierran el camino a la verdad como apertura.
Los relativismos reeditan la estructura básica de los fundamentalismos a menor
escala: todos estamos, creen, igualmente cerca de Dios y, por tanto, la verdad
no es una sino múltiple. Los nacionalismos a ultranza impiden el diálogo entre
las diversidades internas y obstaculizan el encuentro enriquecedor entre las
variadas formas de la experiencia humana.
Al afirmar la
insuperabilidad de la pertenencia lo que se quiere decir es que cada uno de
nosotros es hijo de su tiempo y de su cultura y que esta condición de
existencia es insuperable. Por tanto, nadie está autorizado a hablar en nombre
de la humanidad ni a contar su historia. La cultura a la pertenecemos no es,
sin embargo, monolítica ni coercitiva. Es siempre posible y deseable mantener
con ella una relación electiva: escoger unas tradiciones y desechar otras,
comprometerse con unos proyectos y dejar otros. No hay tampoco una lengua
suprahistórica. Cada uno habla una lengua histórica y es hablado por ella. Nos
servimos de nuestra lengua como trasfondo y vehículo para emitir e interpretar
mensajes, pero también desde ella somos hablados, es decir es definida nuestra
identidad e identificado nuestro puesto en la sociedad, en la historia y en el
cosmos. No hay valores supremos. Todos los valores lo son de una cultura.
Apropiarse de ellos no significa que los asumamos como mandatos, destinos
inexorables o fuentes indiscutibles de legitimación de la praxis social, sino
sólo como monumentos históricos con los que uno dialoga interpretándolos y a
los que uno revive rememorándolos. Así, las tradiciones y vigencias del entorno
son despojadas de sus durezas y solideces y convertidas en mensajes que nos
vienen del pasado y de la actualidad y que nos invitan a escucharlos e
interpretarlos. Los componentes de la cultura a la que pertenecemos no son
datos objetivos que haya que registrar ni barreras que limiten nuestro horizonte
perceptivo, axiológico, representativo y práctico, sino mensajes abiertos con
los que dialogamos para apropiarnos del pasado, pensar el presente e imaginar
el futuro. Por otra parte, se da lo que Gadamer llama “fusión de horizontes”,
espacios culturales atravesados por vigencias de más de una cultura.
El sujeto fuerte de
la metafísica moderna, pensado desde la noción trascendental de naturaleza
humana (razón y autonomía), constituye la piedra angular de la epistemología,
la ética, el derecho, la política, la estética y las formas de acción social.
Frente a esta filosofía del sujeto, el pensamiento postmoderno propone una
filosofía de la intersubjetividad que considera al sujeto como hechura de
relaciones sociales que, sin embargo, no disuelven la identidad individual.
Pero esa identidad se va formando y transformando en diálogo con los otros a
través de una lengua que hablamos y, como hemos señalado arriba, por la que
somos hablados. Lo que está en cuestión en este diálogo, más que el acuerdo, es
la identidad de los propios dialogantes. De ahí la importancia del
reconocimiento del otro con sus cambiantes pertenencias para que el otro se
asuma también como un sujeto dialogante.
Anotación final
Las reflexiones que
preceden, aunque sean preliminares y requieran de una mayor elaboración, buscan
aportar al debate sobre la interculturalidad enjundia teórica, pero también
pretenden orientar la práctica hacia un encuentro de diversidades que nos permita
a todos vivir dignamente juntos siendo diferentes y gozando la diversidad.
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