Educación y
patrón de sociedad. Carta de José Ignacio López Soria
Con alguna variación, artículo en: La
República, 28 ago. 2017, p. 4.
A juzgar por los últimos
acontecimientos pareciera que el problema educativo se centra en si va o no el
inciso c del artículo 53 de la Ley de Reforma Magisterial: no aprobar por
tercera vez la evaluación de desempeño es causa de retiro de la carrera.
El mencionado inciso se puede
dejar como está o se puede morigerar e incluso eliminar, pero la educación
seguirá siendo la cenicienta en los presupuestos y la última de las
preocupaciones políticas mientras sigamos con un “patrón de sociedad” que no
necesita educación de calidad. Que no busca calidad efectiva, sino solo
cacareada.
Lo cierto es que el “patrón de
sociedad” que mantenemos en “piloto automático” no insume educación de calidad
ni en el mundo de la política ni en el de la economía. Lo que sí hace ese
patrón es afincar una contradicción entre los ámbitos político y económico, de
un lado, y el educativo, del otro.
De los primeros diríase que “todo
está permitido”, por eso imperan alli la improvisación, el privilegio, el
rentismo, el privatismo, la inequidad, cuando no la corrupción; mientras que en
el mundo de la educación se están introduciendo, con variable éxito, las
prácticas de la meritocracia y la innovación.
Es decir, estamos tratando de que
la educación se “ponga al día”, y ello es fundamental, pero, al mismo tiempo,
permitimos que la política y la economía sigan en prácticas primitivas, como el
clientelismo político y la centración económica en la exportación primaria.
Mientras exigimos, y con razón, que la
educación juegue en primera división, nos aferramos a un patrón social
(político y económico) de tercera división. Con una educación realmente de
calidad y asentada en principios éticos tendríamos al final un mundo adulto
sobrecalificado para una realidad política y económica tan chata como la
nuestra.
Naturalmente no pretendo que la
nivelación sea por abajo. No es que haya que arriar las banderas del
mejoramiento educativo para acomodar la educación a la chatura de la política y
la economía. Pero lo que sí hay que hacer, precisamente para que los esfuerzos
por la pertinencia y calidad de la educación tengan sentido y sean sostenibles,
es olvidarnos del “piloto automático” y tomarnos en serio la ineludible
necesidad de diseñar y llevar a la práctica un patrón social (político y
económico) que realmente se alimente de educación de calidad. Se constituiría
así una coherencia interna entre educación, política y economía que es la mejor
garantía de que las cosas marchen como es debido.
Otro gallo cantaría, digo yo, si
se pensase la solución no solo del petitorio del magisterio en huelga, sino de
los problemas que la huelga pone al descubierto, a la luz de una concurrencia
mutuamente potenciadora entre educación, política y economía.
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