La cultura y las Cumbres: “Carta Cultural Iberoamericana”
En: Gaceta Cultural del Perú. Lima, INC, nº 23, nov. 2006, p. 32-33.
El
tema del encuentro/desencuentro, en relación con la cultura y las expresiones
culturales, viene estando presente desde antiguo en el debate iberoamericano.
En esos debates se ha insistido tanto en lo que nos vincula como en lo que nos
separa y nos diferencia. Hasta no hace mucho, el afincamiento en alguno de los
polos orientaba las reflexiones y propuestas por las vías de la uniformidad y,
consiguientemente, impedía ver la diversidad que nos enriquece como colectivo
humano. Últimamente, sin embargo, las miradas están cada vez más atentas a la
posibilidad de construir espacios de encuentro respetuosos de las diversidades
y dispuestos a gozar de las diferencias.
El
mundo oficial no podía ser ajeno a estos procesos y ha conseguido, después de
tener el asunto en agenda durante varios lustros, aprobar
Anima
a la Carta el propósito de “promover la construcción de una cultura de
paz basada en el intercambio, el diálogo intercultural, la concertación y la
cooperación entre nuestros pueblos”. Cimentada en un acervo cultural común
y en la riqueza y pluralidad de los orígenes y expresiones culturales del mundo
iberoamericano, la Carta quiere
contribuir “a la construcción de un
espacio multiétnico, pluricultural y multilingüe de cooperación y concertación,
como un paso hacia el reconocimiento de la cultura como factor de integración
de nuestro espacio iberoamericano.”
El
lema “unidad en la diversidad”, que caracteriza a la Carta, quiere recoger esa voluntad de encuentro desde las
diversidades que nos enriquecen. Para
ello, el Preámbulo del documento aprobado identifica un conjunto de
convencimientos compartidos, entre los que destacan: la consideración de la
cultura como derecho fundamental de las personas y los pueblos; la capacidad de
la cultura para desarrollar ciudadanía y fortalecer vinculaciones sociales; la
ineludible necesidad del intercambio y el diálogo intercultural para construir
formas de convivencia libres de violencia; el reconocimiento de la diversidad
cultural como fuente gozo y condición fundamental para la existencia humana; la
manifestación de la diversidad cultural en identidades organizadoras del
territorio, creadoras de mundos simbólicos y gestoras de la relación con el
entorno natural; la afirmación explícita
del “principio de igual dignidad de todas
las culturas”; el derecho de las comunidades locales y poblaciones
indígenas sobre sus conocimientos, tecnologías y creaciones culturales; la
dignificación de los pueblos indígenas a través del uso, recuperación y
preservación de sus lenguas; el reconocimiento de la presencia de culturas
emergentes que resultan de fenómenos como los desplazamientos internos, la
emigración, las dinámicas urbanas y el desarrollo de nuevas tecnologías. La
cultura es también vista en el Preámbulo como contribución importante al
desarrollo económico y social sustentable de la región.
Como fines, la Carta persigue afirmar el valor central de la cultura para el desarrollo integral; promover y proteger la diversidad cultural y la multiplicidad de identidades, lenguas y tradiciones que nos enriquecen; consolidar el espacio cultural iberoamericano, basado en el respeto mutuo, la solidaridad y el intercambio; facilitar e incentivar la cooperación cultural; alentar el diálogo intercultural con otros pueblos; y fomentar la protección y la difusión de nuestras expresiones culturales.
Después de la
enunciación de los principios generales a los que se atiene (participación,
solidaridad, equidad, etc.), la Carta
se centra en los ámbitos de aplicación: derechos humanos, tradiciones
culturales, creación artística y literaria, industrias culturales, derechos de
autor, patrimonio cultural, educación, medio ambiente, ciencia y tecnología,
comunicaciones, economía solidaria y turismo. En cada uno de estos ámbitos identifica
un conjunto de necesidades a las que habría que atender, y señala líneas de
acción que pueden servirnos a todos, especialmente a los gobiernos, para
orientar, diseñar y fortalecer las políticas culturales bajo la reiterada
perspectiva de la gozosa convivencia de diversidades.
La
Carta termina refiriéndose al
“Espacio Cultural Iberoamericano”, que es entendido como un “espacio cultural dinámico y singular” de
encuentro dialógico, en el que caben la pluralidad de orígenes, la rica
variedad de manifestaciones culturales y la multiplicidad de voces que nos
enriquecen como colectivo humano.
Es
cierto, como he dicho arriba, que las “declaraciones” de las Cumbres de jefes
de Estado y de Gobierno de nuestros países no se constituyen en compromisos
estrictamente vinculantes. Le queda después a cada país la libertad de atenerse
a toda o sólo a parte de la declaración para el diseño, desarrollo y
fortalecimiento de sus políticas culturas. Pero, en una dinámica de
construcción de espacios macrorregionales, no deja de ser un avance de
trascendencia histórica el hecho de que la diversidad cultural, relegada antes
oficialmente a los márgenes y frecuentemente considerada como desventaja, vaya
adquiriendo carta de ciudadanía en las esferas gubernamentales.
Los
viejos afanes coercitivamente homogeneizadores, tan propios de los
Estados-nación de aquí y de acullá, van perdiendo legitimidad frente a la toma
de la palabra por las diversidades y la voluntad manifiesta de los pueblos de
encontrarse sin dejar de respetarse y reconocerse como diversos. El encerramiento
en lo propio y la intolerancia del otro fueron convirtiéndose en tolerancia o
soportamiento del otro. Hoy la tolerancia resulta también insuficiente. Es
necesario seguir avanzando para aprender no sólo a reconocer y respectar lo
diverso sino a convertirlo en fuente de enriquecimiento y de gozo.
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