Para pensar los estudios de
postgrado
Ponencia en: Taller internacional: Resultados e impactos de
los programas de apoyo a la formación de postgrado en Iberoamérica. Lima, 20-21
julio 2009. Organizado por: El Centro de Altos Estudios Universitarios de la
Organización de Estados Iberoamericanos y la Universidad Antonio Ruiz de
Montoya (jesuitas) de Lima.
Mi intervención hoy consistirá más en una invitación a
pensar estos subsistemas que a conocerlos. Y así, con el permiso de los
organizadores de un evento de cuya trascendencia para los estudios de postgrado
no es razonable dudar, voy a permitirme participar desde una perspectiva que,
por un lado, recoge mi propia experiencia de más de 20 años de profesor de
postgrado y, por otro y sobre todo, da rienda suelta a ya viejas inquietudes e
inseguridades. Quiero dejar anotado desde el comienzo que estas inquietudes e
inseguridades son expresión de una perplejidad que me viene de haberme tomado
en serio la complejidad de la actualidad. Y llamo compleja a la actualidad no
porque esté hecha del entretejido de numerosas variables, sino porque carecemos
de categorías conceptuales y axiológicas que nos permitan leer en clave
auroral, y ya no solo apologética o autocomplaciente y crepuscular, los signos
de los tiempos.
Me referiré en cada caso en primer lugar, aunque sea solo
en sus rasgos más generales, a nuestro propio tiempo, el contexto, para abordar
luego el texto, los postgrados, que estamos tratando de inscribir en ese
contexto.
Ya este punto de partida, hacer del contexto el horizonte
de significación y provisión de sentido del texto, por una parte, nos hace caer
en la cuenta de que tenemos un problema de sentido, como nos decía ayer
magistralmente Vicente Santuc, y, por otra, nos invita a tomar distancia del
paradigma epistémico desde el que frecuentemente se piensan, organizan,
gestionan y evalúan los postgrados.
Del contexto, en general, me interesa resaltar, sin
ninguna intención exhaustiva, solo aquellos rasgos que nos convocan a pensar
desde más allá de la episteme que hemos heredado del proyecto moderno: la
globalidad, entendida como necesidad de tener el globo como marco de referencia
para toda acción humana; la sostenibilidad de la habitabilidad del planeta; la
liberación de las diferencias o toma de la palabra por las diversidades que
enriquecen la vida humana; el debilitamiento de las seguridades epistemológicas,
axiológica, simbólicas y prácticas que nos vienen de las diversas formas del
metadiscurso de la modernidad; y lo que podríamos llamar la informatividad o
sociedad del conocimiento.
A estos rasgos de la actualidad habría que añadir los que
ya conocemos y que resultan del incumplimiento, especialmente en América
Latina, de las promesas de equidad, libertad, justicia, solidaridad y bienestar
del proyecto moderno.
He querido diferenciar estos dos tipos de rasgos, los
propios de la actualidad y los heredados del pasado de nuestro propio presente,
para hacer caer en la cuenta de los diversos horizontes de significación desde
los que hay que abordar el tema de los postgrados.
Entendidos en el marco de las promesas incumplidas de la
modernidad (contextos de pobreza, inequidad, desarrollos desiguales, etc.), los
postgrados son pensados, en el mejor de los casos, cuando no se reducen a
simple mercancía, como medios para el cumplimiento de esas promesas en lo
social o en lo individual. Ya esta condición de medios para el cumplimiento de
las promesas de la modernidad lleva a los postgrados, en cuanto componentes del
mundo de la cultura, a inscribirse en una racionalidad que acompaña a la lógica
del poder y la fortalece. Al volverse funcionales a la racionalidad moderna,
los postgrados –es decir la cúspide del ejercicio del conocimiento- dejan de
ser espacios para el pensamiento crítico y creativo, para convertirse, cuando
lo consiguen, en piezas que mejoran la eficiencia de un sistema de cuya universalidad
es hoy razonable dudar.
Se pone el acento en el logro social de los objetivos del
proyecto moderno cuando, por ejemplo, se orientan los postgrados a promover el
desarrollo de la sociedad por las vías de la aclimatación de modelos societales
que resultaron exitosos en otros contextos. Es indiscutible que la invención
científica y la innovación tecnológica han sido componentes esenciales de los
proyectos de modernidad occidental. Esta “indiscutibilidad” se convierte en
norma para todo posible proyecto social de mejoramiento de la calidad de vida.
Es decir, saltamos del “haber sido” al “deber ser” o, dicho de otra manera,
convertimos el “orden existente” (lo que es, lo particular) en “orden de
existencia” (lo que debe ser, lo universal) a través de una operación de
“desenraizamiento” de su propio ámbito cultural de una de las dimensiones
institucionales de la modernidad, la forma concreta de producción y difusión de
conocimientos.
Cuando se pone el acento en lo individual se facilita el
acceso y permanencia en los estudios de postgrado a individuos de sectores
étnica, lingüística o económicamente marginados. Se elaboran para ello
estrategias de becas para estos sectores, con el loable pero discutible
objetivo de cumplir con los principios de equidad e inclusión social, a costa
de la neutralización o despojamiento de las pertenencias culturales de los
incluidos.
En uno y otro caso, el postgrado es visto como lo que
viene después del grado, en un orden de sucesión lineal y progresiva según el
cual la etapa “post” no es sino un perfeccionamiento de la etapa “ante”, y por
lo tanto sirve para proveer al participante de competencias (conocimientos,
actitudes y procedimientos) para mejorar el rendimiento de lo que haría si se
hubiera quedado en la etapa “ante”.
Importante es advertir que, organizado de esta manera, el
postgrado apunta a proveer de conocimientos para mejorar el rendimiento del
sistema -como de hecho ocurre especialmente con las maestrías y doctorados
profesionalizantes-, pero no convoca al participante ni le provee de
instrumental teórico y práctico para pensar críticamente la actualidad. No voy
a entrar en disquisiciones lingüísticas, pero no es lo mismo proveer de
conocimientos que convocar al pensamiento. La provisión de conocimientos sigue 2
siendo fiel a la relación sujeto/objeto, tan propia de la estrategia cognitiva
moderna, mientras que la convocación al pensamiento se inscribe en la
perspectiva postmoderna de la intersubjetividad y de la acción intercomunicativa.
Por otra parte, el conocimiento no pone en cuestión el modelo societal
imperante y sigue considerando que la equidad se soluciona por las vías de la
inclusión, y que las distancias en el desarrollo se acortan mejorando los
desempeños de los sistemas. No es este el lugar para profundizar en el tema,
pero al menos conviene dejar dicho que la idea de que el desarrollo se logra
para todos mejorando los desempeños dentro del sistema imperante se inscribe en
una ciencia o metafísica –los límites entre ciencia y metafísica son cada vez
más borrosos- que entiende la historia como un proceso linealmente progresivo y
teleológico, es decir conducente a un fin predeterminado.
La orientación que concibe diseña y gestiona los
postgrados teniendo en cuenta los rasgos característicos de la actualidad se
sabe enfrentada a retos –globalización de la convivencia, habitabilidad del
planeta, informatividad del conocimiento, liberación de las diferencias y debilitamiento
de las seguridades epistémicas- para cuyo afrontamiento no encuentra fácilmente
categorías e instrumentos teóricos y prácticos en la racionalidad heredada de
la modernidad.
Si se miran estos desafíos desde la racionalidad moderna
se leerán los signos de los tiempos en clave o crepuscular o autocomplaciente y
apologética.
Quienes leen estos signos en clave crepuscular los
entienden como anuncios de la decadencia de la modernidad y especialmente del
desborde de sus dimensiones institucionales. Ya a mediados del siglo pasado,
Daniel Bell, en Las contradicciones culturales del capitalismo y en El fin de
las ideologías, nos advertía de que la decadencia de la modernidad estaba a la
vuelta de la esquina y para evitarla había que volver a la ética protestante
que, al decir de Weber, estaba en el origen del proyecto moderno. Desde esta
perspectiva la globalización es leída como aplastamiento de los nacionalismos y
pérdida de identidades locales, la transnacionalización de la oferta educativa
como competencia incontrolable y de dudosa calidad, la informatización y telematización
del conocimiento como vulgarización del mismo, la posible inhabitabilidad del
planeta como tragedia inevitable, la liberación de las diferencias como
atentado contra la necesaria homogeneidad y, finalmente, el debilitamiento de
los discursos metanarrativos y sus expresiones epistémicas y axiológicas como
un allanamiento del camino para el imperio de la irracionalidad.
Los postgrados que se inspiran en esta visión de los
tiempos tenderán a volver a las prácticas de los inicios de la modernidad y, en
nuestro caso, en donde la modernidad se redujo a procesos de modernización de
determinados subsistemas sociales (el estatal, el productivo, el mercantil … ),
el acento se pondrá en la necesaria racionalización de dichos subsistemas por
las vías de una gestión informatizada de los mismos. De ahí la manifiesta
preferencia en los postgrados por el mundo de la gestión administrativa,
económica, financiera, jurídica, política, etc.
Por otra parte, la lectura apologética y autocomplaciente
de los signos de los tiempos se traduce en la creencia de que hemos llegado ya
al fin de la historia al desaparecer de ella las bipolaridades y que,
consiguientemente, la criticidad es una patología de la que debemos curarnos
para ver lo que hay como lo que debe haber, para que el orden de lo que hemos
llegado ser se convierta en el orden de lo que debemos ser. Lo que importa 3
desde esta perspectiva es adelantarnos a lo que está por venir, acercarnos al
horizonte de lo posible, haciendo que la prospectiva informe todo diseño de
estudios avanzados. Y así el curarse de la criticidad y el atenerse a
prospecciones se convierten en piezas claves del horizonte de significación
desde el que se conciben, diseñan y gestionan los postgrados. En la evaluación
de estos, el atenerse a prospecciones es considerado un importante criterio
para sopesar la calidad de una oferta formativa de postgrado, pero el curarse
de la criticidad queda en la sombra: no disponemos fácilmente de información
relativa a la medición de la pérdida de criticidad de los postgrados. Y esto no
es casual. Nosotros mismos, independientemente de nuestras procedencias, nos
movemos hoy en contextos académico-institucionales en los que importa más el
conocimiento que el pensamiento, la información que la reflexión. Y cuando esto
ocurre la pérdida de criticidad se acentúa y, al mismo tiempo, se invisibiliza,
es decir, deja de percibirse como carencia. En el conseguir que la pérdida de
criticidad deje de percibirse como carencia está el curarse de la enfermedad de
la crítica que nos viene de antiguo. A juzgar por lo que conocemos de los
postgrados e incluso por las exposiciones aquí sostenidas, que ponen de relieve
la importancia relativa de los postgrados orientados a proveer de competencias
para mejorar el rendimiento profesional, me atrevo a suponer que la criticidad
en el reino de los postgrados va remitiendo como una enfermedad de la que
estamos consiguiendo liberarnos.
Finalmente, es posible mirar la actualidad en perspectiva
auroral, como una época de dolores de parto de dimensiones nuevas de la
posibilidad humana y de la convivencia con el otro, con la naturaleza y con lo
sagrado o “absolutamente otro”. Esta perspectiva no olvida ni quiere olvidar
las promesas incumplidas de la modernidad (justicia, equidad, libertad,
solidaridad, bienestar), pero se sabe además convocada a pensar y a tomarse en
serio la globalidad, la toma de la palabra por las diversidades, la gestionabilidad
de la información, el cuidado de la habitabilidad del planeta, el
debilitamiento de las seguridades epistemológicas y axiológicas, etc.
Cuando los posgrados son pensados para responder a la
doble tarea de, por un lado, cumplir las viejas promesas de la modernidad y,
por otro, hacerse cargo de los desafíos de la actualidad, la formación de
postgrado se orientará a eliminar la pobreza, facilitar la equidad, generalizar
el bienestar, etc. y, además y convergentemente, mirará la globalidad como
ampliación del horizonte para la realización de la posibilidad humana, la
liberación de las diferencias como el cumplimiento del derecho a la palabra por
el otro, la accesibilidad de la información como facilidad para la
democratización del conocimiento, el cuidado del planeta como responsabilidad
compartida y acercamiento entre el habitar y el cultivar, y la pérdida de aura
de las seguridades tradicionales contenidas en la metafísica, la teología y la
ciencia como la condición de posibilidad para prestar oído atento a la palabra
del otro.
Mucho me temo que si tradujéramos estos conceptos en
variables y buscásemos indicadores para saber si informan o no a la actual
oferta de postgrados en ciencia y tecnología, llegaríamos fácilmente a la
conclusión de que están más ausentes que presentes y de que incluso no faltarán
quienes no miren esa ausencia como una carencia. Me quedo aquí, pero no quiero
terminar sin dejar anotado que en los postgrados lo que sobra de conocimiento
falta de pensamiento. Conocer es gestionar información. Pensar es autocercioramiento
y convocación. Y en el caso de los postgrados lo que más convoca al
pensamiento, lo que más merece que pensemos es la escasa importancia que 4
atribuimos al pensar. Por eso es importante este seminario, porque nos provee
de nuevos conocimientos, pero también y principalmente nos convoca al
pensamiento.
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