Antonio Cornejo Polar y la pluralidad
en la cultura.
En: Hueso húmero. Lima, 1982 (12-13),
pp. 133-137. Reeditado: Mazzotti, José Antonio y Zevallos Aguilar, U. Juan (ebr..)
(1996). Asedios a la heterogeneidad cultural. Libro de homenaje a
Antonio Cornejo Polar. USA: Asociación Internacional de Peruanistas. pp.
505-511
El problema
Adelantándose a la
ola de libros, charlas y conferencias sobre el problema de la cultura nacional,
los estudiantes de San Marcos organizaron en octubre de 1980 una mesa redonda
sobre “la cultura nacional: problema y posibilidad”. Dijeron entonces su palabra
los doctores Pablo Macera Alfredo Torero y Antonio Cornejo.
(Naturalmente, no tengo nada contra los doctores -secta a la que también yo
pertenezco y por triplicado- pero me extraña la ausencia de representantes de
la cultura popular). Un año más tarde, noviembre de 1981, Lluvia editores
publica la intervención de Cornejo, debidamente corregida por su autor.
Cornejo Polar -en
ese estilo tan puramente racional que le caracteriza- comienza señalando que
“el problema” de las concepciones de la cultura en el Perú Ha estado en la
atribución de unidad a una realidad que es objetivamente plural. Incluso
quienes pretendieron, desde la ideología del mestizaje, acercarse a la
pluralidad, quedaron presos de las limitaciones que conlleva el uso
inconsciente de la unidad como categoría conceptual. Repasa luego las
reflexiones de Riva-Agüero, Deustua, Gálvez, More, Sánchez y Chocano, Para
concluir que todas ellas -aunque cada una a su manera- entienden la nación como
unidad y, consecuentemente, se incapacitan para comprender la multiplicidad de
lo real.
La posibilidad
Con Mariátegui y su
cuestionamiento de la categoría de unidad como supuesto indispensable comienza,
según Antonio Cornejo, a vislumbrarse un camino de salida hacia la correcta
interpretación del “problema” de la “cultura nacional”. La afirmación del carácter
plural de la cultura en el Perú es entendida por Cornejo como un expediente de
defensa de las culturas no dominantes. Y junto a Mariátegui -como para
completar la santísima trinidad- Coloca el maestro sanmarquino a Arguedas con
su creencia de que en el Perú se pueden vivir todas las patrias, ir a Ciro
Alegría con su admiración por “la sabiduría de los ignorantes”.
Redondeando el
cuadro de los precursores, esboza Cornejo su propia posición continuando -se
supone- en la dirección señalada por Mariátegui, Arguedas yAalegría.
Elogio de la
pluralidad
La tesis de Cornejo
queda expresa en la página 21 del folleto. Después de afirmar -con Mariátegui,
dice- que “es en lo popular donde se encuentra el verdadero rostro de lo
nacional” propone tres HP pasos lógicos para detectar el problema y descubrir
la posibilidad de la cultura en Perú: 1º negar la idea de la unidad nacional;
2º afirmar la idea de la pluralidad; y 3º negar el valor nacional de algunas de
las objetivaciones de esa pluralidad.
Cornejo sabe que
por el camino de esta curiosa dialéctica, que comienza con el momento de la
negación, podría desembocarse en un pluralismo indiferenciado y legitimador de
cualquier objetivación cultural. Creo escapar a este peligro relievando la
importancia del tercer momento y proponiendo (¿cuarto paso?) la categoría de
totalidad concreta (histórica y conflictiva) como la más adecuada para el
estudio de la cultura del Perú.
Puntos de
crítica
La revisión que
hace Cornejo del proceso histórico de las ideas y sobre la cultura se queda en
la mera descripción sin llegar a la explicación. Para explicar, Cornejo habría
tenido que dar cuenta de la función social desempeñada por las diversas
concepciones “erróneas” de la cultura. Y esto le habría exigido meterse en el
problema de la lucha de clases en el nivel ideológico, es decir en la
dilucidación de los intereses de clase que -a su manera- se expresan en esas
concepciones. Visto el problema desde esta perspectiva -que tampoco yo
desarrollo aquí- se desvanece la importancia del carácter “erróneo” o
“verdadero” de tal o cual concepción, porque el criterio de verdad queda
historizado en cuanto que es puesto en relación con la posibilidad objetiva
que se ofrece a una determinada clase social -en función de sus condiciones
objetivas de existencia- para la aprehensión de la esencia de la realidad. No
se trata, pues, como parece suponer el texto de Cornejo, de meras
equivocaciones -susceptibles, por tanto, de ser corregidas en hombres de buena
voluntad y no enceguecidos por el egoísmo- sino de representaciones
aparienciales pero necesarias de la realidad, hechas en función de concretos e
históricos intereses de clase. Y aprovecho para decir que la socorrida frase de
Arguedas sobre la posibilidad de vivir todas las patrias por parte de “todo
hombre no embrutecido por el egoísmo” ubica el problema y su solución en el
nivel de la ética individual, tan del gusto del anticapitalismo romántico.
Un callejón sin
salida
La filmación monda
y lironda de que “es en lo popular donde se encuentra el verdadero rostro de lo
nacional” es hija, igualmente, de un anticapitalismo romántico teñido de
populismo iluminista o ilustrado. Con la participación en la admiración de
Alegría por “la sabiduría de los ignorantes”, Cornejo se define como heredero
de los ilustrados que defendían la bondad natural del “buen salvaje”.
Efectivamente hay que pensar en esa sabiduría, como bien exige Cornejo, pero
para desbrozar de ella todo lo que le ha sido introducido por la cultura
dominante. Porque “lo popular” , tomado como se presenta en la inmediatez, no
expresa de suyo los intereses de las clases subalternas. En lo popular se dan
indicadas muchas cosas y se requiere una operación quirúrgica, dolorosa, para
dar con los intereses de clase de las clases populares. El recurso lo popular
sin especificaciones es, en la mayor parte de los casos, una mera “concesión a
la galería”.
Hemos dicho que
Cornejo propone tres pasos para pensar el problema de la cultura en el Perú:
negar la unidad, confirmar la pluralidad y negar valor nacional algunas de las
objetivaciones de esa pluralidad. Comenzar el proceso lógico negando la unidad
conduce, a mi juicio, a un callejón sin salida. Nos quedamos sin agarraderos
para definir el objeto de estudio. ¿En virtud de qué criterio hablamos del Perú
si comenzamos negando su existencia como unidad? Puede responderse que
lo que se niega es su carácter unitario, pero no su carácter
plural. Y entonces pregunto: ¿A qué se refiere ese su? Lo que
quiere decir que incluso quienes parten, como primera operación lógica, de la
negación de la unidad han supuesto la existencia de esa unidad. Lo que hacen es
-sin advertirlo- afirmar el carácter no armónico, conflictivo, contradictorio
etc. de esa unidad.
Pero hay más. El
camino propuesto por Cornejo termina en una pluralidad indiferenciada porque la
negación de la unidad y su superación en la pluralidad no reconduce a una
unidad superior. Adviértase que el tercer paso consiste la negación de valor
nacional algunas manifestaciones culturales. Eliminadas estas como no
nacionales, quedan todas las demás sin que ninguna de ellas se constituya en
eje vertebrador de la unidad de la diversidad.
Una pregunta
medular
Ya sé que no soy
claro, pero a donde apunto es a mostrar las incoherencias de una curiosa
dialéctica diádica (solo en apariencia es triádica) que, además, comienza por
la negación. Creo que habría que comenzar afirmando la unidad, para luego
negarla en la pluralidad y terminar negando-superando la pluralidad en una
unidad superior: la unidad de la diversidad. Esta unidad de la
diversidad no tiene nada que ver con esa pluralidad recortada de la que nos
habla Cornejo. Y conste que me estoy refiriendo -para seguir en el nivel en el
que Cornejo coloca la discusión- al proceso lógico. En la realidad, en el proceso
histórico, habría no solo que identificar a la clase capaz de realizar
la unidad de la diversidad, habría además que potenciar su acción contribuyendo
a que se oriente por el camino de la construcción de la unidad. Todo esto tiene
que ver con una pregunta medular: ¿qué clase cuenta con la posibilidad objetiva,
y no solo con la aspiración subjetiva, hoy de convertirse en gestora de la
unidad de la diversidad? Y para adelantar la solución, aunque sea solo en el
plano teórico, respondería diciendo que tal posibilidad se da solo en aquella
clase en cuyos intereses de clase están cifrados los intereses de la totalidad.
Se trata, por tanto, de una clase particular que, sin dejar de ser tal, hoy
cuenta con la posibilidad de objetiva de transformarse en clase universal.
Deus ex machina
Cornejo mismo
vislumbra que la “posibilidad” de la cultura va esta dirección, por eso recurre
a la categoría de totalidad concreta. Pero en él el recurso a esta categoría es
un salto en fe, una exigencia ética, un gesto, una especie de “deus ex machina”
que ciertamente no se deduce del proceso de su reflexión. Porque no se trata de
echar mano de categorías que sabemos que son eficaces para el análisis de la
realidad social, sino de llegar a esas categorías como necesidad lógica del
desarrollo de la reflexión. Y como Cornejo no llega por este camino a la
categoría de totalidad concreta, no es de extrañar que entienda por tal algo
tan alejado de ella como esa pluralidad indiferenciada -aunque recortada- que
quiso evitar.
En suma, la
dialéctica propuesta por Cornejo no llega sino a una indiferenciada pluralidad
que, evidentemente, puede ser útil para defender -dentro de las condiciones de
existencia dadas- el derecho a la identidad y a la existencia de las culturas
no dominantes, creo que ninguna manera ofrece real camino de salida para “la
posibilidad” de la cultura en el Perú.
Respuesta a
José Ignacio López Soria
En: Hueso húmero, 1982 (14),
pp. 158-159. Reeditado en: Reeditado: Mazzotti, José Antonio y Zevallos Aguilar, U. Juan (ebr..) (1996). Asedios
a la heterogeneidad cultural. Libro de homenaje
a Antonio Cornejo Polar. USA: Asociación Internacional de Peruanistas. pp.
510-511.
En Hueso húmero
12/13 mi amigo José Ignacio López Soria comenta lo que expuse en una mesa
redonda sobre la cultura nacional. Escribo esta aclaración porque creo que me
ha interpretado -y hasta leído- mal.
López Soria señala
que mi “tesis” (en otra parte habla de “mera descripción”) se resume en los
siguientes puntos: “1) negar la idea de unidad nacional; 2) afirmar la idea de
pluralidad; y 3) negar el valor nacional de algunas de las objetivaciones de
esa pluralidad”. Anoto al respecto solo lo esencial: el punto 3 no tiene el
carácter conclusivo que le asigna López Soria, pues corresponde a una de las
varias aclaraciones con que intento matizar el punto dos, de suerte que la
conclusión a la que llego es otra, completamente distinta, y tiene que ver con
la afirmación de la cultura peruana como totalidad histórica. López Soria no toma
en cuenta esta categoría porque le parece, entre otras cosas un simple “salto
en fe” ; por consiguiente, puede dedicarse a cuestionar, con amplia libertad,
una propuesta que jamás he hecho.
Obviamente, no cabe
repetir las razones que me llevan a juzgar insatisfactorio el concepto de
pluralidad y a intentar superarlo mediante la inmersión de las muchas culturas que
se producen en el Perú dentro de los conflictos y contradicciones de un solo
curso histórico, el de la sociedad peruana, que es la instancia que permite
afirmar la idea de totalidad; y puesto que no puedo repetir mis razones, no
queda más que confiar en que el lector interesado encuentre el folleto en que
se transcribe mi intervención en esa mesa redonda. Mientras tanto quisiera que
se pusieran entre paréntesis algunos de los juicios de López Soria: ni soy tan
ignorante como para emplear una “dialéctica diádica”, ni tan romántico como
para resucitar la idea del “buen salvaje”, ni tan demagógico como para “hacer
concesiones a la galería”, ni tan ingenuo como para creer en la incontaminación
de la cultura popular (y lo digo expresamente: “no por defender esa identidad [de
las culturas oprimidas] vamos a terminar defendiendo la oprobiosa situación social
que las condiciona”); pero, eso sí, confieso no tener certidumbres tan
dogmáticas, y en el fondo tan vanidosas, como para realizar eso que López Soria
llama, con metáfora terrible, la “doloroso operación quirúrgica” destinada a
extirpar de lo popular todo aquello que (¿según quién?) no corresponde a los
verdaderos intereses del pueblo.
Añado que me
divierte el empeño de López Soria por tipificar las herejías que habría
cometido (“anticapitalismo romántico”, “populismo ilustrado”, etc.), pero me
preocupa la inutilidad de este juego escolástico. ¿Ganaría algo el debate sobre
la cultura nacional si alguien dijera que los planteamientos de López Soria son
propios de un anti-idealismo mecanicista? No, ciertamente. Como tampoco llegan
a nada recurriendo a los estereotipos más bastos, como lo hace López Soria
cuando advierte, con entusiasmo de verdad incomprensible, que la solución
consiste en afirmar “la unidad de la diversidad”. Insólito y novedosísimo
descubrimiento, sin duda.
Antonio Cornejo Polar
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