Actualidad e
interculturalidad
Conferencia en la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos, Lima, 4/6/2010
Introducción
Antes de abordar el tema creo que es importante señalar que el asunto de
la interculturalidad no ha sido puesto por la filosofía en la orden del día. Lo
único que hace la filosofía es lo que le corresponde: dejarse convocar, como
anotara Heidegger, por aquello que más merece que pensemos, y lo que más merece
que pensemos es aquello que nos constituye como lo que somos. Y no somos otra
cosa que existencia, seres en el mundo, en lo que consiste nuestra esencia.
Hoy somos en un mundo poblado de diversidades. La convivencia,
frecuentemente conflictiva, entre esas diversidades es lo que nos constituye
como seres humanos, y por eso es esto lo que más merece que pensemos.
Para abordar el tema me voy a referir, en primer lugar, a la actualidad
y su hacerse y, en segundo lugar, a la interculturalidad como perspectiva para
gestionar ya no sólo la coexistencia (multiculturalidad) sino la convivencia
(interculturalidad) de diversidades.
Debo advertir, finalmente, que mi mirada, aunque crítica, no deja de ser
occidental, porque lo único que puedo hacer y lo que realmente me interesa es
desocultar y remover los componentes de violencia, que ciertamente no son
pocos, de mi propia tradición para poder abrirme al otro, desde mi propia
particularidad, y dialogar con él en perspectiva intercultural.
Sobre la actualidad
Es evidente que la actualidad está atravesada de globalización. Voy a
entender aquí por globalización la consumación o punto de llegada de la
historia del “patrón civilizacional” de Occidente, y que consiste en un
conjunto de procesos que nos están llevando, tendencialmente a todos, a tener
lo global como marco de referencia en cada vez más aspectos de la vida
individual y colectiva, desde la economía hasta la construcción de subjetividad
y la provisión de sentido a la acción humana. Este proceso se ha acelerado en
los últimos tiempos a consecuencia –como anota Manuel Castells- de los flujos
globales de capital, tecnología e información, flujos que consisten en
operaciones realizadas en el ámbito planetario y en tiempo real. Así, el
espacio y el tiempo, dos variables fundamentales de la vida humana, se han
vuelto más abstractos, más separados de la vida cotidiana de cada uno de
nosotros, al desbordar los márgenes de los estados-nación, dentro de los cuales
definíamos nuestra identidad.
Diremos algo de esa historia entendiéndola como un conjunto de
“momentos” o “eventos” de un “patrón civilizacional” que se anuncia en las
tradiciones greco-romana y judeo-cristiana, comienza a mundializarse con los
“descubrimientos”, conquistas y colonizaciones, se seculariza y formaliza con
el proyecto ilustrado de la modernidad es, finalmente, llevado al límite en la
actualidad globalizada. Desde el inicio, ese patrón civilizacional se
caracteriza por el juego de dos lógicas y sus respectivas expresiones discursivas,
una de dominación y otra de emancipación. Estas lógicas adquieren diverso
perfil a lo largo de la historia y mantienen entre una relación que, a pesar de
ser conflictiva, contribuye a la realización del mencionado patrón
civilizacional hasta su consumación como globalización.
El primer momento está constituido por el encuentro de dos tradiciones,
la greco-romana y la judeo-cristiana, que será luego pensando como el inicio de
la civilización occidental. Importante es advertir que ambas tradiciones son
portadoras, cada una a su manera, del principio universalidad: una, la
greco-romana, como racionalidad liberadora frente a los instintos y al mito y
como gestión macro territorial de civilización frente a la barbarie, y otra, la
judeo-cristiana, como representante elegida y conductora de la historia de la
salvación frente a la idolatría y la gentilidad. Este encuentro lleva
implícitas, al menos, tres consecuencias de enorme trascendencia
histórico-filosófica: i) la centralidad de Europa y su cosmovisión; ii) el
autoconvencimiento de que la naciente civilización occidental está llamada
(tiene el derecho y la obligación) a extender su cosmovisión al resto del
mundo; y iii) la definición a priori del otro como lo contrario de lo que uno
mismo es. Y, así, los otros mundos comenzaron a ser considerados como
subalternos o satélites, sus culturas disminuidas y sus pobladores
identificados como bárbaros o incivilizados, infieles o gentiles. En este
ámbito adquiere forma y “legitimidad” el convencimiento de la “misión
civilizadora o salvadora” de Occidente, de la que, como veremos, la
globalización es su expresión actual, ahora ya secularizada y atravesada por la
racionalidad instrumental.
Un segundo momento de este proceso es la expansión europea a través de
los “descubrimientos”, las conquistas y las colonizaciones. La llamada misión
civilizadora y salvífica se desarrolla ahora, como ha señalado Aníbal Quijano,
a través, principalmente, de las siguientes estrategias: i) el sostenimiento y
fortalecimiento de la centralidad de la Europa occidental por medio de la
conversión en periferias de los territorios conquistados (poder político); ii)
el control y articulación de las diversas formas del trabajo (esclavizado,
servil, asalariado) y la apropiación y distribución de sus productos, lo que
permite poner las bases del capitalismo (poder económico); iii) la invención y
aplicación de códigos raciales y étnicos como instrumentos para atribuir identidad
y clasificar a individuos y pueblos (poder social y subjetivo); iv) la
explotación de la naturaleza y sus recursos en función de las necesidades de
las metrópolis (poder sobre la naturaleza); v) la imposición a los pueblos
conquistados de la cosmovisión europea y sus cánones epistémicos, axiológicos,
éticos, religiosos y simbólicos (poder simbólico). El recurso a la violencia
(física, epistémica, psíquica, territorial, fiducial, cultural, etc.) es, sin
duda, el denominador común de estas estrategias.
El tercer momento de esta historia está constituido por la revolución
industrial, la Ilustración y la constitución de los estados-nación. Nos
ubicamos en una época que va del siglo XVIII al XX, en la cual se formula,
ahora ya explícitamente, y se institucionaliza el proyecto de la modernidad.
Sabemos que este proyecto, que seculariza la misión civilizadora y salvífica de
Occidente, está atravesado por un principio, el de la racionalidad, desde el
que se constituyen: i) las esferas de la cultura (la esfera de la objetividad o
el mundo de la ciencia, la esfera de la legitimidad o mundo de la normas, y la
esfera de la representación simbólica o mundo del arte y del lenguaje); ii) los
subsistemas sociales (la escuela y la academia para el aprendizaje y la creación
de conocimientos, la democracia representativa para la gestión de la
convivencia, el ejército permanente y la estructuras judiciales para la
seguridad y el uso legal de la violencia, la industria para la producción de
bienes y servicios, el mercado para el intercambio, etc.); iii) y la vida
cotidiana o mundo de la vida (en el que se define la identidad por la
interpelación a los individuos como ciudadanos o por la ubicación en el ámbito
profesional y del trabajo).
Interesa hacer caer en la cuenta de que, en este tercer momento, el
patrón civilizacional de Occidente se caracteriza por: un logocentrismo que
cosifica toda otra realidad convirtiéndola en objeto de conocimiento o de
deseo, y que, por otra parte, deja en el olvido las dimensiones no racionales
del ser humano; un monologismo que resulta de la preeminencia atribuida al
sujeto individual; una atribución de validez universal a la propuesta ilustrada
relacionada con los valores, las nociones de verdad, bien y belleza, la
episteme, las creencias, las formas de legitimación del saber y del poder, los
subsistemas sociales y hasta sus peculiares maneras de construir sujetos e
identidades.
Para articular coherente y consistentemente todos los componentes de su
patrón civilizacional, Occidente elabora discursos metanarrativos o
englobantes: míticos inicialmente, metafísico-teológicos después,
científico-técnicos en la era de la modernidad, y de desembozada racionalidad
instrumental en la actualidad globalizada. Esos discursos, en este tercer
momento, reducen la identidad a la individualidad subjetiva, piensan la
historia como un proceso unilineal, periodizado, eurocentrado, omnicomprensivo
y teleológico, entienden la naturaleza como objeto de explotación, y se
desentienden de lo sagrado o lo reducen al ámbito de la vida privada.
En el cuarto momento, la actualidad globalizada, se ha debilitado la
cara emancipatoria del proyecto y ha aparecido en toda su crudeza el lado
instrumental de la racionalidad del patrón civilizacional de Occidente. El
telos o fin que el mencionado patrón civilizacional termina proponiendo e
imponiendo es eso a lo que hoy llamamos globalización: un conjunto de procesos
–productivos y comerciales, pero también políticos y normativos, además de
epistémicos, axiológicos y simbólicos- que nos llevan a todos, primero, a tener
el globo como geografía obligada de referencia para proveer de sentido a la
acción humana; segundo, a asumir de la cosmovisión occidental el lugar y el
papel que ella nos ha asignado e incluso la subjetividad y la identidad que nos
ha atribuido; y, finalmente pero no en último lugar, a aceptar como guía del
pensamiento y de la acción la racionalidad instrumental de la que la
globalización es hechura y portadora.
Lo que del patrón civilizacional que desemboca en la globalización se
deriva lo conocemos y padecemos a diario: creación de periferias, desigual
apropiación de los frutos del trabajo, exclusión y marginación, racialización
de las identidades y relaciones sociales, puesta en riesgo de la habitabilidad
del planeta, colocación de las historias de los otros pueblos en el marco de la
llamada historia universal, subestima de saberes, racionalidades, discursos
alternativos, formas diversas de pensar y construir la subjetividad y la
convivencia, etc.
Sobre interculturalidad
Pero la actualidad no se agota en los aspectos crepusculares de los que
acabamos de dar cuenta. Asoman también en esta compleja realidad otros signos
aurorales, portadores de esperanza.
En la propia geografía occidental, poblada hoy por múltiples y
heterogéneas voces gracias a las migraciones masivas y al renacimiento de
identidades locales y culturales, no son pocos los que exigen un trato
responsable con la naturaleza ni los que invitan a una escucha atenta del otro
como condición necesaria para gestionar cuerdamente la convivencia. Y lo que es
para la filosofía sumamente importante: el pensamiento occidental de la
actualidad pone sus miras en el vaciamiento de la autoatribuida universalidad
para asumirse como un pensar particular que ve en el diálogo con otras
cosmovisiones particulares una fuente de enriquecimiento. Nada de esto puede
hacer la filosofía occidental sin practicar una operación de búsqueda y
deshacimiento de la violencia implícita en sus objetivaciones filosóficas,
teológicas y científicas. Resultados de ese deshacimiento son la
desuniversalización y el debilitamiento de las categorías básicas de la
metafísica, la teología y la ciencia, y, consiguientemente, una desconfianza
generalizada con respecto a los grandes relatos de la salvación, del humanismo
y de la historia universal.
Pero situarse en la actualidad es, además, tomar conciencia de la
presencia de otras voces, las voces de aquellos espacios, personas y colectivos
sociales y culturales que fueron violentamente subalternizados, pero no
silenciados, por los afanes colonizadores de ayer, que desembocan en la
globalización coercitiva de hoy. Empoderados con el procesamiento de su ya
larga historia de resistencia práctica, discursiva y simbólica a la
subalternización, esos colectivos socio-culturales han tomado la palabra en sus
propias lenguas para, por un lado, poner en la agenda pública local y global
sus legítimas demandas de equidad y de respeto a sus pertenencias
territoriales, lingüísticas, axiológicas, normativas, organizativas y
simbólicas. Y, por otro lado, esas mismas voces son portadoras de discursos
contrahegemónicos, pero también de epistemes, ideas regulativas, mundos
simbólicos, formas de vida y de construcción de subjetividad, experiencia
acumulada de trabajo, relación con la naturaleza y con lo sagrado, etc., todo
lo cual enriquece la heredad humana y, tomado en serio, nos convoca a nosotros,
los occidentales, a curarnos de la enfermedad de universalismo que nos aqueja
desde antiguo.
Como consecuencia del conjunto de elementos a los que acabo de
referirme, la actualidad está hecha -a pesar del control ejercido por el patrón
predominante del poder- de una complejidad en la que se entrecruzan signos
crepusculares y aurorales en ámbitos cada vez más multiculturales,
interculturales y poliaxiológicos, poblados de temporalidades, espacialidades y
lenguajes heterogéneos. Tengo para mí que no es ya políticamente posible ni
éticamente admisible gestionar acordadamente esa complejidad con las herramientas
teóricas y prácticas portadoras de violencia, que hemos heredado del patrón
civilizacional de Occidente. Esto no significa desconocer la lógica de
liberación de esa tradición, una lógica que la globalización se ha encargado de
arrinconar o instrumentalizar y que, despojada del universalismo que la ha
caracterizado, nos convoca a los occidentales a abrirnos a la interculturalidad
desde nuestra propia particularidad y ya no desde la universalidad de la que
nos creíamos investidos.
En la búsqueda de otros horizontes de sentido y prácticas discursivas,
la perspectiva de la interculturalidad, que no puede ser sino dialógica, se nos
presenta como una posibilidad, primero, para desocultar y deconstruir la
violencia implícita en el patrón civilizacional de Occidente y sus
objetivaciones, y, segundo, para explorar e imaginar otras formas de
construcción de la subjetividad, de comprensión de la historia, de gestión de
la convivencia, de trato con la naturaleza y de apertura a lo sagrado.
No podemos aquí ocuparnos de todas las dimensiones a las que nos abre la
perspectiva de la interculturalidad. Me concentraré en una de ellas, la gestión
de la convivencia, porque la considero particularmente relevante en la
actualidad. Para ello, comenzaré refiriéndome a los dos conceptos básicos:
multiculturalidad e interculturalidad.
Voy a entender por multiculturalidad un estado societal con dos
características básicas: la coexistencia en un mismo espacio -generalmente
ahora en los estados-nación- de pueblos con tradiciones, lenguas y culturas
diferentes, y la gestión de esa coexistencia o bien a través de diversas formas
de violencia o, en el mejor de los casos, a través de la tolerancia. El recurso
a la violencia está al servicio o bien de la homogeneización coercitiva de
todos según el patrón del pueblo dominante o bien de una articulación
subalternizada de los otros en beneficio del dominante. El paso de la violencia
a la tolerancia apunta a una convivencia más justa y se da, generalmente,
cuando hay un cierto equilibrio de poder entre los diversos pueblos que habitan
esos espacios. Tolerar –término que viene del latín tolerare, que significa
soportar- equivale a verse obligado a aguantar la diversidad del otro no porque
ella sea valiosa sino porque tolerarla es conveniente por otros motivos. Y así,
lo que está en juego en la gestión de la convivencia a través de la violencia o
de la tolerancia es el dominio o la conveniencia.
Por interculturalidad voy a entender una manera de gestionar la
convivencia en entornos multiculturales que se rige por el respeto y el
reconocimiento mutuos y que, incluso, apunta idealmente a valorar la diversidad
como fuente de enriquecimiento y de gozo. El respeto está todavía cerca de la
tolerancia, pues se inscribe en el ámbito de relaciones asimétricas, como
revelan las significaciones de dicho término: veneración, acatamiento,
miramiento, prevención y hasta miedo. El reconocimiento –como veremos enseguida-
va más allá porque supone una valoración del otro en su particularidad o porque
lo adscribo a una categoría –por ejemplo, su condición de ser humano- que
también él acepta como común a ambos. Sin embargo, si le adscrito a una
categoría, por ejemplo la de hijo de Dios, desde una creencia que él no
comparte, lo que hago no es estrictamente reconocimiento sino una atribución de
identidad atravesada de violencia. Para que la interculturalidad llegue a su
plenitud es preciso no sólo reconocer que el otro y su cultura son tan valiosos
como yo mismo y mi cultura, sino considerar al otro y su cultura como una
fuente de dinamismo, de enriquecimiento y de gozo.
Mirando el presente desde estos conceptos, que en realidad son maneras
de darse de esa actualidad, podría decirse que la actualidad está hecha del
encuentro, generalmente conflictivo, de tres tendencias y sus respectivas
prácticas discursivas. La más visible es la que, siguiendo la dinámica del
patrón civilizacional de Occidente, instrumentaliza incluso la vertiente
emancipatoria de esa tradición y entiende tanto la globalización como la toma
de la palabra por las diversidades como medios para imponer sus lógicas a
escala planetaria, con sus naturales secuelas de articulación subalternizada,
marginación e incluso prescindencia de otros pueblos y culturas. Una segunda
tendencia es la que queda afincada en la liberación de las diferencias,
asumiendo el cultivo –y, a veces, el culto- de la diferencia simplemente como
fruto de una reacción frente a poderes homogeneizadores y subalternizantes del
ámbito nacional o global. No es raro que esta tendencia se traduzca en
localismos esencialistas, fragmentarismos, relativismos y fundamentalismos que
se encierran en sí mismos y obstruyen el camino hacia la posibilidad de
apropiación de la riqueza humana. Pero hay en la actualidad una tendencia más,
que es portadora de esperanza como deshacimiento de la violencia implícita en
las otras dos, horizonte de sentido y entorno propio para el despliegue pleno
de la posibilidad humana. Me refiero a la apuesta por una convivencia digna de
diversidades desde el afincamiento en la propia particularidad.
Sin ignorar la presencia de las dos primeras tendencias y los poderes
que las animan, la tercera, la convivencia digna de diversidades, es para mí la
que más me convoca al pensamiento, la que creo que más merece que pensemos
porque solo ella, en la actualidad globalizada, facilita y promueve el
despliegue pleno de la posibilidad humana.
Propondré, para ello, algunas reflexiones, enraizadas en la propia
tradición occidental de cuya enfermedad de universalismo trato de curarme.
Comienzo por el lenguaje. Entendido instrumentalmente, el lenguaje –y me
refiero aquí al lenguaje en cuanto habla- es un conjunto de símbolos que nos
permiten transmitir a otro o recibir de otro información, sentimientos, órdenes
o interrogaciones. Pero el lenguaje no es sólo un instrumento de comunicación
sino una heredad cargada de historia, un legado que recibimos de nuestros
antepasados a través del cual hacemos la experiencia del mundo y de lo sagrado,
nos autopercibimos como pertenecientes a una comunidad histórico-lingüística,
construimos nuestra subjetividad y nuestra identidad y las de aquellos con
quienes o de quienes hablamos. El lenguajes es, pues, algo que hablamos, pero
también algo por lo que somos hablados. Probablemente lo más importante del
lenguaje es que en su ámbito construimos nuestra propia identidad escuchando
atentamente los mensajes que nos vienen de nuestros antepasados y desarrollando
acciones comunicativas con nuestros coetáneos. Con unos y otros formamos una
comunidad que nos es esencial para constituirnos en persona. De ahí, la enorme
importancia del reconocimiento de los otros significativos para el despliegue
pleno de la posibilidad humana.
Cuando salimos a la relación con el otro con una perspectiva monológica
despojamos a ese otro, especialmente si pertenece a una comunidad histórica
diversa a la nuestra, de sus propias pertenencias para atribuirle una identidad
por negación de lo que nosotros somos. Si somos cristianos le llamamos gentil,
si nos consideramos “civilizados” le llamamos bárbaro. Si despojamos al otro de
su lengua y sus creencias y le obligamos a apropiarse de las nuestras,
terminará él o ella asumiendo como su propia manera de ser persona la
subalternidad que le hemos atribuido a través del habla y de las prácticas
sociales.
Las cosas cambian cuando es el diálogo el que media la relación entre
las personas. Sabemos que el diálogo intracultural, porque los hablantes
participan de los mismos códigos y valores, es más fácil, especialmente cuando
se reduce, en la vieja línea de la tolerancia, a una retórica para el
convencimiento y la construcción de consensos. La dificultad comienza cuando no
se trata ya sólo de tolerar la diferencia, especialmente de opiniones, sino de
valorar otras formas y nociones de vida buena y de convivir gozosamente con
ellas. Esta dificultad se acentúa cuando el diálogo es intercultural, cuando
los hablantes no comparten horizontes de sentido y se saben expuestos a ser
hablados por el otro. Se necesita en este caso, por un lado, reconocer y
valorar la diversidad del otro y de sus pertenencias culturales, lo cual
ciertamente no es poco; pero se necesita, además, estar dispuesto a ser hablado
por el otro prestando oído atento a la imagen que de mí mismo y de la relación
entre ambos el otro se ha formado. Creo que solamente entonces, cuando se
juntan reconocimiento y valoración mutuas y disposición (apertura) de los
hablantes a ser hablados por el otro, el diálogo es de veras intercultural
porque trasciende su vieja condición de expediente para comunicar, convencer o
arribar a consensos racionalmente. Al trascender esta condición, el diálogo
llega a su plenitud porque contribuye a la construcción de subjetividad de los
dialogantes en un entorno libre de violencia, promueve la apropiación de la
riqueza humana portada por el otro y se convierte en fuente insospechada de
gozo. En el ámbito de ese diálogo intercultural lo que interesa es, pues, más
que la tolerancia, más que la construcción de consensos, más que el arribo a
verdades o a nociones de vida buena compartidas, porque la tolerancia muta en
reconocimiento y valoración del otro, la convivencia se lleva bien con el
disenso, la verdad no se restringe a la adecuación a lo que es sino que se abre
al ser, las diversas nociones de vida buena se enriquecen al volverse
relevantes para otros, y la subjetividad y la identidad se construye
intersubjetivamente en juegos de lenguaje libres de violencia que dialogan
electivamente con sus propias tradiciones pero están siempre abiertos a la
riqueza humana.
El discurso del reconocimiento y su relación con la identidad, como ha
anotado el filósofo canadiense Charles Taylor, nos viene en la cultura
occidental del colapso de las jerarquías sociales que se basaban en el honor
–algo que es privilegio de algunos y que los demás no pueden tener- y el
surgimiento de la dignidad que se atribuye a todos por pertenecer a la especie
humana. Este cambio del honor a la dignidad es fundamental, primero, para
reconocer al otro como un alter ego, como alguien igual a uno mismo; segundo,
para la construcción de sociedades democráticas, que atribuyen igual valor a
todas las personas y las convocan a la participación en las decisiones; y
tercero para la valoración de los colectivos sociales y sus pertenencias
culturas. Este último paso, que da legitimidad a los derechos colectivos, abre
una puerta a la convivencia intercultural.
Con respecto a la identidad diré que no es tanto algo que se hereda
cuanto algo que se construye, a través, principalmente, de la manera como somos
hablados por aquellos que se vuelven significativos para nosotros. Baste un
ejemplo. No es lo mismo decir a una criatura “¡qué lindo niñito!” que decirle
“¡qué lindo negrito!”. En el primer caso le convoco a asumirse como persona, en
el segundo le interpelo para que asuma su identidad desde una categoría, la
raza, que yo me he inventado para clasificar a los seres humanos.
Entender la cultura como horizonte de sentido es fundamental para el
diálogo intercultural. El que la cultura sea horizonte de sentido significa que
es en ella en donde se construyen la subjetividad y se despliega en plenitud la
posibilidad humana. Por eso, si, como afirmara tempranamente Herder, cada
cultura es la medida de sí misma, pocos atropellos son tan graves como el
cultural porque equivalen a despojar aun pueblo de su horizonte de sentido,
para dejarlo literalmente a la deriva o articularlo coercitivamente a otra
cultura en la condición de subalterno.
El hecho de que esté hoy en la agenda del día el tema de la relación
entre identidad y cultura es fruto, por un lado, de los procesos de
globalización y de liberación de las diferencias, por un lado, y, por el otro,
de la toma de la palabra por las diversidades, fenómeno este último que
entiendo como concomitante con los otros dos y no sólo como su consecuencia.
El breve recorrido que acabamos de hacer por algunas categorías del
pensamiento occidental, explorando potencialidades que ellas encierran, creo
que basta para animarse a seguir la exploración con la mira puesta en la
gestión en perspectiva intercultural de la convivencia de diversidades a la que
la actualidad nos convoca.
A manera de conclusión
En este complejo escenario, hecho de lógicas y prácticas discursivas
contrapuestas, nos jugamos todos, los individuos, los pueblos y las culturas,
nuestra propia identidad, y nos jugamos, además, la posibilidad de organizar y
gestionar la convivencia de manera acordada. Ni los culturalismos
esencialistas, ni los cosmopolitismos interesados, ni los nacionalismos a
ultranza son buenos consejeros para saber a qué atenerse en la complejidad en
la que hoy vivimos.
Mi apuesta –y soy consciente de que se trata de una “apuesta”- es la
convivencia intercultural. Considero esa convivencia como el horizonte utópico
de la actualidad. Pero por horizonte utópico entiendo aquí no un estado final
imaginado al que el presente quede sometido, sino una manera de caminar y de
hacer la experiencia de la convivencia, porque pensar la convivencia en
perspectiva intercultural equivale a escapar de la “jaula de hierro” en la que
tanto los discursos y prácticas hegemónicas como los culturalismos
esencialistas tratan de mantenernos encerrados.
Esto es particularmente importante en el caso de nuestra América Latina,
una geografía poblada por diversidades culturales y étnicas que no solo han
sabido desarrollar estrategias de sobrevivencia y de resistencia a la
subalternización sino que, además, están empeñadas en procesar su propia
experiencia histórica y tomar desde ella la palabra para dar forma discursiva y
práctica a sus demandas ancestrales (territoriales, lingüísticas, culturas, de
equidad, etc.), pero también para poner su riqueza cultural acumulada en el
ámbito del diálogo intercultural.
Para que la convivencia intercultural sea posible entre nosotros es
preciso, en primer lugar, explorar y desmontar los rasgos de violencia
incluidos en nuestras propias tradiciones y pertenencias culturales;
necesitamos, en segundo lugar, un ejercicio responsable de la ciudadanía
llevando al extremo las potencialidades de la democracia para el despliegue
pleno de la posibilidad humana; y se requiere, finalmente, que nos tomemos en
serio la diversidad étnica, lingüística, territorial y cultural que nos caracteriza,
asumiéndola como fuente de enriquecimiento y de gozo. Pero tomarse en serio esa
diversidad no es encerrarse en ella ni sacralizar. La diferencia se realiza en
plenitud cuando se abre a la convivencia, así como la convivencia se reduce a
la pobre condición de univivencia cuando prescinde de la diferencia.
En cultivar diferencias abiertas a la
convivencia y en construir convivencias cuidadoras de las diferencias está,
pienso yo, la utopía de nuestro tiempo, una utopía que apunta al reencuentro,
ahora ya en clave dialógica y no violenta, de las tres maneras de darse del
ser: lo histórico, lo natural y lo sagrado. Para que ese reencuentro en los
espacios culturales sea fructífero es imprescindibles que nuestras propias y
particulares versiones de la historia, lo natural y lo sagrado sean despojadas
de los rasgos de violencia de los que las hemos revestido, porque solo así es
posible pensar y construir la convivencia respetuosa, enriquecedora y gozosa de
las diversidades que pueblan el mundo.
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