El principio diversidad y la
educación peruana
I Foro Público para
No
es difícil suponer que ni el tiempo asignado ni mis capacidades dan para tratar
todos estos temas y subtemas. Me referiré solo a un eje transversal, la interculturalidad,
que está incluido en la temática propuesta
de este foro y recogido en la legislación educativa (Ley General de Educación) y
en los documentos básicos de la educación peruana, (Informe de la Comisión de
la Verdad y Reconciliación, el PEN, el Plan Nacional de Educación Para Todos, etc.).
Quiero
advertir desde el inicio que no me atendré estrictamente a la orientación operativa
que se nos ha solicitado, primero, porque no tendré tiempo sino de dejar
sueltas algunas propuestas; segundo, porque considero que, cuando se trata de
innovar racionalmente no hay nada más práctico que una buena teoría; y tercero,
porque el informe que se nos presenta para el debate, aunque rico en
información, es, a mi entender, un tanto plano porque piensa el acceso y la
permanencia en el sistema y la calidad
de los aprendizajes en función de diferencias económicas (ricos/pobres) y
habitacionales (ciudad/campo), dejando prácticamente de lado las diferencias
culturales.
Para
proceder metódicamente comenzaré formulando el problema, reflexionaré a
continuación sobre las perspectivas teóricas para un cambio de la educación en
el Perú en el marco, como se nos pide, de la gobernabilidad, y me atreveré,
finalmente, a sugerir algunas prácticas que emanan tanto de los apuntamientos
teóricos que propongo aquí como de los conocimientos y experiencias que me ha
ido dejando mi ya largo tránsito por los caminos de la educación.
Ocurre, sin embargo, que tantos los componentes de la cultura llamada nacional como las formas de organización de la vida social y las expectativas de la vida cotidiana apuntan a la homogeneización de lo diverso como condición de posibilidad para llevar a cabo el proyecto moderno en el marco del estado-nación.
La escuela –en cuanto subsistema de formación y apropiación de competencias para la vida social, la participación ciudadana, la inserción laboral, etc.- no sólo no escapa a esta orientación homogeneizadora, sino que sigue siendo vista como el vehículo probablemente más efectivo para el logro de la homogeneización de los ciudadanos y de construcción del proyecto nacional en clave moderna.
El
pensamiento crítico que nos viene de los años 20 del pasado siglo, y que en
gran medida sigue alimentando las propuestas en el presente, se ha dedicado en
el Perú a señalar el carácter de inconcluso de ese proyecto, a identificar y
proponer remedios a las patologías que ha producido (injusticia, desigualdad,
exclusión, pobreza, etc.), y, finalmente,
a pensar “la promesa de la vida peruana” en términos de inclusión de los
excluidos, aunque sea al alto costo de que los excluidos tengan que renunciar a
sus propias pertenencias culturales, normativas, lingüísticas, de ocupación del
territorio, de autopercepción, etc.,
Con
la liberación de las diferencias y el reconocimiento de la diversidad como
derecho de los individuos y los grupos sociales y como ventaja societal, la
perspectiva está cambiando significativamente. No se trata ya de concluir el
proyecto ni de curar, por la vía de la inclusión, las patologías producidas por
el sistema, sino más bien de repensar el diseño y dotarnos de un modelo social
que nos permita vivir gozosa y dignamente juntos siendo y reconociéndonos como
diferentes. No es, pues, la inclusión lo que está en juego, porque ésta sigue
cimentada en la homogeneidad como piedra angular del edificio social y,
consiguientemente, conlleva la neutralización del participante y el despojo de
sus pertenencias. La tarea está ahora en una comunicación libre de violencia
entre las diversidades que componen nuestra comunidad, es decir en la
construcción de una forma, no inventada aún, de convivencia que, trascendiendo
la tolerancia, se enrumbe por los caminos del reconocimiento, el respecto e
incluso el gozo de las diversidades.
Responder
adecuadamente a los retos que plantean a la educación el reconocimiento y el respeto
de las diferencias es, por cierto, una tarea sembrada de escollos teóricos y
prácticos, porque es más fácil producir y administrar homogeneidad dentro de
los límites del estado-nación que gestionar racional y gozosamente la
diversidad interna y la apertura a la riqueza humana. Tengo para mí, sin
embargo, que en imaginar esa tarea y comprometernos con su realización está la
utopía de nuestro tiempo. La gobernabilidad hoy, esa gobernabilidad que se
construye también desde la escuela es impensable sin tener en cuenta que las
diversidades están tomando la palabra.
Algunos
documentos normativos de la educación en el Perú recogen perspectivas teóricas
para el abordaje del asunto de
La
nueva Ley General de Educación,
que rige todas las actividades
educativas realizadas dentro del territorio nacional, establece que el sistema educativo
se sustenta, entre otros, en el principio de la interculturalidad “...que asume como riqueza la diversidad
cultural, étnica y lingüística del país, y encuentra en el reconocimiento y
respeto a las diferencias, así como en el mutuo conocimiento y actitud de
aprendizaje del otro, sustento para la convivencia armónica y el intercambio
entre las diversas culturas del mundo”.. Acorde con este principio, la ley
señala como uno de los fines de la educación el de afirmar la identidad nacional sustentada en
la diversidad cultural, étnica y lingüística; obliga al Estado a reconocer y
garantizar el derecho de los pueblos indígenas a una educación de calidad y
pertinente; establece medias concretas para que los proyectos educativos
tiendan a revertir situaciones de desigualdad e inequidad por motivo de origen,
etnias, género, idioma, religión, opinión y condición; ordena que se desarrolle
Concordando con la LGE, el Proyecto
Educativo Nacional se refiere, desde la introducción, a la necesidad de
buscar “... la cohesión de nuestra sociedad y la integración de nuestras
diversas culturas en una convivencia solidaria.”, y propone como
componentes de los objetivos estratégicos
el logro de un aprendizaje colaborativo e intercultural, una mayor
pertinencia de los aprendizajes con la cultura y la lengua de cada población,
la formación de maestros en una perspectiva intercultural y la organización de
la enseñanza sobre la base del reconocimiento de la diversidad en el aula,
partiendo del capital cultural de los estudiantes y sus comunidades, “...propiciando
el diálogo entre distintas cosmovisiones, valores y perspectivas del mundo.”
El Plan nacional de ciencia,
tecnología e innovación para la competitividad y el desarrollo humano 2006-2021, que es el instrumento de propuesta y ejecución de la política nacional de
ciencia, tecnología e innovación tecnológica, señala que “Existe
...una creciente corriente de opinión, aún minoritaria pero importante, para
valorar la diversidad cultural como una riqueza a conservar y estimular. En
este marco se encuentra el patrimonio, abundante en el Perú, de conocimientos
tradicionales de grupos étnicos, generalmente marginados.” El Plan reconoce
el saber tradicional, lo considera compatible con el conocimiento moderno e
insiste en la necesidad no sólo de protegerlo sino de aprovecharlo para la
explotación racional de la diversidad de recursos naturales que nos enriquece y
que es una de las mayores ventajas comparativas frente a otras economías.
Apreciaciones
semejantes sobre la diversidad pueden también encontrarse en el Acuerdo
Nacional, la ley del Sistema Nacional de Planeamiento Estratégico y del Centro
Nacional de Planeamiento Estratégico, el Plan Nacional de Descentralización, en
eventos sobre educación superior organizados por el Consorcio de Universidades,
La
educación peruana está comenzando a atenerse al principio diversidad, aunque lo
haga todavía tímidamente tanto en los niveles inicial y básico como profesional
y universitario.
Para facilitar
la adopción definitiva de este principio sería necesario proseguir la reflexión
teórica y promover la toma de conciencia de la necesidad de que la educación se
reconcilie con la diversidad cultural, lingüística, biológica, geográfica … que
nos constituye. Deberíamos aprender a mirar esa diversidad como fuente de gozo,
de dinamismo social y de enriquecimiento personal, en la perspectiva de una
gobernabilidad que entiendo aquí como la posibilidad de gestionar acordadamente
la convivencia digna y gozosa de todos sin pérdida de nuestras propias
pertenencias.
Hay
que reconocer, con dolor, que la educación peruana, preocupada por problemas
que ciertamente no puede descuidar como la cobertura y la calidad de la
enseñanza, no se ha puesto aún al día en el tema de
La
continuación de la reflexión teórica sobre la diversidad y su incorporación en
la educación tendría que abordar el tema desde diversas perspectivas: ética, religiosa,
cultural, política, filosófica, etc. Me limitaré aquí a enumerar algunos puntos
para pensar el tema desde la filosofía.
Como
hipótesis de trabajo sostengo, aunque no lo desarrollaré, que hoy la condición
de posibilidad para tomar en serio el principio diversidad y llevarlo a la
política y a la práctica educativas parte de las siguientes consideraciones: a)
Cada pueblo, como
quería Herder, es la medida de sí mismo, porque todo pueblo necesita un contexto de “seguridad cultural”
para dar sentido y orientación a sus elecciones en la vida, lo que no se
contradice con la fusión de horizontes a la que refiere Gadamer; b) La
atribución de igualdad dignidad a todos los hombres, lo que conlleva el respeto
no solo de los derechos de la persona qua tale sino de sus pertenencias
culturales, lingüísticas, etc. ; c) El papel fundamental que desempeña el
reconocimiento para la autopercepción y la construcción de la propia identidad;
d) El pensar el ser como débil, despojándolo de las propiedades duras que le
atribuyó la metafísica tradicional y le atribuye la ciencia moderna; e) La
reducción de la esencia del hombre a su existencia, a su ser en el mundo, a su
condición de habitante de un determinado territorio en un determinado tiempo histórico; f) La consideración del
conocimiento como interpretación y de la verdad como apertura, facilitándose
así el diálogo intra e intercultural; g) La emergencia de fuentes de provisión
de sentido alternativas a las propias del discurso moderno.
Las consideraciones indicadas -a las que se
podrían añadir otras como la intersubjetividad, la insuperabilidad de las
pertenencias, el mantenimiento de una relación electiva y no preceptiva con las
propias tradiciones, etc.- facilitan y promueven la liberación de las
diferencias y la toma de la palabra por las diversidades, en pugna con los
afanes homogeneizadores y fundamentalistas que pretenden, en el primer caso,
imponer formas de existencia y estilos de vida uniformes, y, en el segundo, defender
sus nociones de vida buena y formas de existencia de toda contaminación
externa.
Si
bien es cierto que las reflexiones anteriores proveen de sustento teórico a las
políticas de interculturalidad, también es verdad que este asunto, si no va
aparejado con ciertas prácticas, puede quedar reducido a un mero tema de debate
especulativo. Abrigamos la esperanza de que esto no sea así y apostamos por que
las reflexiones sobre la diversidad inspiren una forma de gestionar la
convivencia humana, y particularmente la educación, que asuma la diversidad
como ventaja, facilite a todos hablar y ser hablados por sus propias lenguas,
valore la pluralidad de historias y propicie un diálogo intercultural que, como
decía arriba, nos permita a todos vivir digna y gozosamente juntos siendo
diferentes.
Sugerencias prácticas
Si
bien los principios son claros y sobre ellos hay consenso, al menos en
determinados círculos educativos, la orientación y gestión de la educación
desde la perspectiva del principio diversidad no es nada fácil porque somos
herederos de un mundo en el que han predominado el principio de la unidad y las
estrategias de homogeneización de lo diverso, con sus “naturales” secuelas de
exclusión, marginación, indiferencia, opresión, inclusión neutralizante, etc.
Ensayaré
en lo que sigue de proponer algunas vías para la incorporación de dicho
principio como idea regulativa de la política y del quehacer educativos.
Una
primera vía podría ser facilitar, mediante lo que el derecho
antidiscriminatorio conoce como “acción afirmativa”, el acceso a la escuela y el progreso dentro de ella a los grupos
sociales que tienen más dificultades por razones lingüísticas y culturales. Si
bien es cierto que esta “acción afirmativa” no asegura por sí misma la vigencia
del principio de la diversidad en la educación, al menos es condición necesaria
porque contribuye a que la escuela –desde la infantil hasta la universitaria-
sea poblada por la diversidad étnico-cultural que nos caracteriza como
sociedad.
Pero
no basta la presencia de personas de diferentes culturas en la escuela para que
ésta se atenga al principio de
Una
manera de abordar el problema podría ser una “acción afirmativa” a favor de la
creación de centros educativos en lenguas aborígenes, en los que el castellano sea
una segunda lengua. Sería importante que esos centros no estén dedicados sólo a
la educación inicial, básica y alternativa, sino que se extiendan a la
enseñanza que provee de competencias para el ejercicio profesional y académico.
Una
segunda “acción afirmativa” podría estar orientada a favorecer enfáticamente la
apropiación de las lenguas aborígenes y de ciertas vigencias culturales por
parte de todos los educandos. Se conseguiría, así, no sólo facilitar la
comunicación desde el respeto y la valoración de lo diverso, sino promover el
intercambio de saberes y experiencias, y, en general, crear espacios de diálogo
intercultural que promuevan la autoestima de los dialogantes y robustezcan las
vinculaciones sociales.
Además
de facilitar el acceso y el progreso dentro de la escuela a los sectores
sociales tradicionalmente exclusivos y de incorporar sus lenguas al quehacer formativo,
la enseñanza debería tematizar el
asunto de la diversidad para fundamentar y enriquecer sus
contenidos teóricos, elaborar desde él ideas regulativas y normas, diseñar y
desarrollar formas de presentación simbólica, y pensar mecanismos para su
incorporación a la vida cotidiana y a los subsistemas sociales. La escuela
sería así no sólo un lugar de aplicación y ejercicio práctico del principio de
la diversidad –a lo que apuntan las anotaciones anteriores-, sino un taller
permanente de elaboración y propuesta que permita que la teoría de la
diversidad y las estrategias para su debida apropiación por la sociedad vayan
creciendo al ritmo de las complejas y variantes condiciones de vida de la
actualidad.
Finalmente,
la escuela tendría que reconciliarse con la diversidad cultural que enriquece a la sociedad peruana, sin
menoscabo, por cierto, de su apertura a la riqueza humana. Para ello necesita asumir
las cosmovisiones, saberes y conocimientos llamados “tradicionales”, así como
los sistemas simbólicos, las formas y sistemas de organización social y la
experiencia acumulada de relación con el entorno, incorporando todos estos aspectos
al quehacer educativo y haciendo que la interculturalidad sea el rasgo
distintivo del conjunto de la educación peruana.
Las
vías indicadas para que la escuela al principio diversidad son diferentes pero
el ideal es que sean concurrentes. La primera (la facilitación del acceso de
los excluidos a la escuela y el progreso dentro de ella), la segunda (la
presencia de sus lenguas y su cultura en la escuela), y la tercera (la tematización
de la problemática de la interculturalidad) no aseguran por sí solas la asunción
de la diversidad como idea regulativa de la organización y el funcionamiento de
la escuela, pero preparan el camino para ello. Con la cuarta vía, la
reconciliación con la multiculturalidad, la enseñanza en el Perú inauguraría un
rumbo que se atiene al principio diversidad puesto que propicia una convivencia
dialógica entre lo diverso a partir, primero, del reconocimiento de la valía y
capacidad de creación cultural y provisión de sentido de las diversas culturas,
y, segundo, de la consideración de la intercomunicación dialógica como fuente
de gozo y de dinamismo cultural. Porque no se trata sólo de vivir juntos
(multiculturalidad), sino de querer vivir juntos comunicándonos
(interculturalidad) en espacios y formas libres de violencia cultural y
lingüística. El resultado que se busca con esa intercomunicación no es ni la
homogeneización de lo diverso (inclusión) ni la fusión de lo diverso
(mestizaje) sino una convivencia digna, o “convivencia solidaria” como señala
el PEN, entre diversidades que se atienen electivamente a sus propias pertenencias,
pero, reitero, ven en la intercomunicación una fuente de gozo y de mutuo
enriquecimiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario