La universidad como realidad instituida e instituyente de lo social
Conferencia en Aula Magna: “La universidad
del siglo XXI: desafíos y propuestas”.
Pontificia Universidad Católica del Perú 17,
18 y 19 nov. 2014
Introducción
Antes de proponer mis reflexiones quiero manifestar que
mi perspectiva de enunciación aquí será esa misión de la universidad de pensar
(“orientar el pensamiento”) a que se refiere el documento de presentación de
este evento. Me apartaré, sin embargo, de lo que este mismo documento revela al
usar repetidamente términos como desafío, quedarse a la zaga, universidades más
avanzadas, rankings mundiales, brechas en relación con otros, desarrollo, etc.,
conceptos todos ellos que remiten al carácter preferentemente competitivo de la
globalidad que nos envuelve.
Aclarado el lugar de enunciación desde el que hablo,
tengo todavía que referirme a una distinción conceptual que haré en esta breve
intervención entre lo universitario y la universidad, distinción que me viene
sugerida por la corriente filosófica conocida como “izquierda heideggeriana”[1]. Entenderé por “la universidad” la red de
instituciones universitarias y la normativa que la rige, lo que en la
mencionada corriente se conoce como la dimensión o momento de “puesta en
escena” de lo social y, en nuestro caso, podríamos decir la “puesta en escena”
de la educación superior en su modalidad universitaria como dimensión
instituida de lo social. Por “lo universitario” entenderé la “puesta en forma”
de lo social y, en nuestro caso, aquello de la universidad, y ciertamente no es
poco, que contribuye a instituir lo social[2].
Es decir, me referiré a la universidad como instituida por la sociedad y como
instituyente de la sociedad.
Con
esta dúplice andadura, la perspectiva teórica y el instrumental metodológico,
comienzo a caminar, no sin indicar que el significado de las categorías
conceptuales utilizadas se irá aclarando a lo largo de la exposición.
La
dimensión de instituida
Los trabajos y eventos sobre el mundo universitario
suelen mirar a esta institución con una manifiesta preferencia por la dimensión
de realidad instituida, es decir como lo que “la universidad” ya es o puede ser
dentro de la gama de instituciones que caracterizan a la sociedad. A base de
estudios y análisis, de confiabilidad variable, se hacen descripciones del
fenómeno, se ofrecen explicaciones de él y se sugieren o elaboran propuestas
orientadas, en el mejor de los casos, a perfeccionar el rendimiento
institucional, entendiendo este rendimiento en términos de eficiencia y
eficacia con respecto a la respuesta a las necesidades y expectativas que los
individuos y la sociedad ponen en “la universidad”. Puesto en simple: primero
está la sociedad, la cual asigna funciones a la universidad, y luego viene la
universidad, es decir la sociedad no solo constituye la universidad, sino que
provee de conceptos y conexiones conceptuales para analizarla.
Destaco de esta mirada que sus alcances y limitaciones
obedecen a la perspectiva funcionalista que la caracteriza. Se trata de
conseguir que la universidad sea una pieza importante del sistema, y esto no es
poco ni fácil y es, además, deseable. Para ello hay que evitar que la
universidad sea un parásito del sistema, un lugar de retención temporal de
futuros desocupados o un espacio dedicado preferentemente a realizar intereses
ajenos al quehacer universitario, sean estos ideológicos, lucrativos o de otra
índole.
Veo que no poco de los afanes que traslucen tanto la
nueva ley universitaria como los esfuerzos por la acreditación, la competencia
por el financiamiento de proyectos, la
pugna por liderazgos, la inclinación hacia la privatización de la educación
superior, la internacionalización de las actividades, la introducción del
trabajo por resultados, la articulación de esfuerzos públicos y privados, la
acentuación de la relación investigación/innovación, la modernización de los
procesos de gestión, la medición de la calidad por estándares internacionales,
el canje de impuestos por obras y otros tantos aspectos considerados positivos
de la vida universitaria actual tienen como principal vector conductual y
axiológico la primacía de la función.
Por este camino es posible, aunque no será fácil, que lleguemos –o que algunos
lleguen- a ser más eficientes, más funcionales a un sistema que pone su centro
neurálgico en el mercado.
Lo que no se advierte tan fácilmente –y me estoy
poniendo únicamente en el caso de un funcionalismo honesto- es que esta
atribución de primacía a la función apunta a convertir a la universidad en una ancilla
functionis: sierva de una función que le es atribuida por los poderes
sociales, es decir, recibe la norma desde fuera de ella. Y esto, quiérase o no,
debilita no solo la autonomía de la universidad sino su condición de espacio
para el pensamiento, la creación, el debate argumentado, el conocimiento, la
formación amplia de profesionales y el fomento del ejercicio responsable,
crítico e informado de la ciudadanía.
Este peligro implícito en la visión funcionalista se
hace particularmente agudo cuando esa concepción, revestida de competitivismo y
crecimientismo –los ídolos de la actualidad-, invade las esferas de la cultura
-que nos proveen de sentido-, la propia subjetividad y los subsistemas sociales
entre los cuales vivimos.
No
excluyo la necesidad de la perspectiva funcionalista, especialmente en un medio
como el nuestro tan escandalosamente ineficiente. Lo que pongo de relieve es
que la preeminencia, tan general y acríticamente aceptada, de esta concepción
no nos permite ir más allá de la racionalidad instrumental, aunque puede ser
que contribuya a dejarnos instalados en el camino hacia ese ansiado “primer
mundo”, aclamado una vez más como modelo en CADE 2014, un mundo que es
responsable de un pasado poco glorioso y de un futuro minado porque ha
instalado como ideal un tipo de bienestar que, como sabemos bien, es
materialmente insostenible. Me apena pensar que buena parte de nuestras
políticas (incremento presupuestal, eficiencia en el gasto, mejoramiento de la
infraestructura, distribución de becas a individuos, creación de islotes de
excelencia, etc.) no logre escapar de la racionalidad instrumental del
funcionalismo.
La
dimensión de instituyente
El
papel que le corresponde desempeñar a la universidad en el escenario de la
realidad social, por importante que sea, no debería hacernos olvidar que lo
universitario es parte no solo constitutiva sino constituyente (o instituyente)
de lo social. Lo que en el presente la sociedad está siendo o lo que será en el
futuro, y no solo cómo funciona o cómo funcionará, depende, en importante
medida, de la universidad. Es decir, lo
universitario se codea, se trata de tú a tú con los otros elementos
instituyentes de lo social como lo político.
Como instituyente de lo social, la universidad puede
dedicarse a proveer de funcionarios y conocimientos para mejorar el rendimiento
del sistema, y de esa manera está contribuyendo a instituir la continuidad de
lo establecido. Pero podría también introducir la interculturalidad como vector
principal de su perfil institucional y dedicarse a formar personas, elaborar
conocimientos, facilitar ámbitos de creación artística, perfeccionar
instrumental técnico, sistematizar lenguajes, codificar normas, articular redes,
etc. que respondan a ese perfil intercultural y entonces la universidad estaría
contribuyendo a instituir una sociedad intercultural, es decir estaría
tomándose en serio que habita un territorio poblado por diversas culturas. Algo
parecido podría decirse con respecto a la equidad, la justicia, la
biodiversidad, el trato responsable con la naturaleza, la globalidad, el
ejercicio responsable de la ciudadanía, etc. aspectos todos ellos que,
incorporados como dimensiones fundantes
–y no accesorias- del perfil institucional, contribuirían a poner en forma o
instituir un tipo de sociedad bastante diverso de aquel que estamos
contribuyendo a sostener cuando nos limitamos a desempeñar con esmero la
función que se nos asigna o que, incluso, nosotros escogemos dentro de la gama
de opciones disponibles.
Me preocupa que los instrumentos que tenemos a la mano, desde los normativos hasta los financieros, sean poco propicios, si algo, al despegue de la dimensión instituyente de lo social propia de la universidad.
La
articulación de las dos dimensiones
Estas dimensiones son antagónicas porque obedecen a
racionalidades diversas que se miran, la una a la otra, como enemiga a la que
hay que destruir. Pero se puede conseguir que sean complementarias con una
complementariedad agónica[3],
es decir, anclada en la consideración del otro no como enemigo al que hay que derrotar,
eliminar o desconocer, sino como adversario con el que hay que convivir, pero
retándolo permanentemente sin tratar de convencerlo. La riqueza de esta
complementariedad agónica está precisamente en la permanencia del conflicto, en
la convivencia conflictiva de las dos dimensiones, para hacer que el servir (el
funcionalismo) no degenere en servilismo ni el instituir en utopismo. Por eso sostengo que toda verdadera
universidad debe tener las dos dimensiones, independientemente de que se ubique
con preferencia en el ámbito de formación de profesionales o en el de creación
de conocimientos e innovación.
Por su dimensión de instituida, la universidad es
funcional al sistema y lo debe ser de manera eficiente, eficaz y crítica, y por
su dimensión de instituyente de lo social debería embarcarse institucionalmente
en una conformación de lo social atenida a principios como equidad,
reconocimiento de diversidades, sostenibilidad planetaria, paridad en la toma
de decisiones, justicia en la distribución de bienes, etc.
Si esta fuera la situación, si lo funcional retase a
lo instituyente obligándolo a ser eficiente y eficaz, y si lo instituyente
retase a lo funcional obligándolo a atenerse a principios como los enunciados
arriba, otra, muy otra, sería la universidad y otras serían las esperanzas de
sociedad anhelada. Este es, a mi juicio, el reto fuente, el reto medular, de la
universidad. Solo teniendo clara su existencia y estando dispuesto a afrontarlo
es posible encontrar respuestas adecuadas a los asuntos y problemas que nos
plantea la actualidad como la necesaria atención al derecho generalizado de
educación superior, la articulación entre las diversas instancias y modalidades
educativas y en especial de educación superior, la consideración de la
educación como un continuum que no conoce fin, la diversidad de agentes
y espacios educativos, la necesidad de agenciar la sociedad del conocimiento,
la relación entre universidad y globalidad, la toma de la palabra por las
diversidades culturales y lingüísticas, el trato responsable y hasta amical con
la naturaleza, la conveniencia de robustecer los liderazgos frente al
debilitamiento de los modelos, etc., y todo ello sin mencionar, porque la
supongo archiconocida, la ahora ya ineludible urgencia de cumplir las promesas
de la modernidad referidas a equidad, bienestar generalizado, libertad,
participación en las decisiones y en la distribución de los bienes,
solidaridad, etc.
Yo sé que me he situado en el ámbito de la teoría, tal
vez porque estoy convencido de que no hay nada más práctico que una buena
teoría y, porque, además, creo que la universidad, en general, está
clamorosamente huérfana de teoría. Si, por ejemplo, nos proponemos abordar
deficiencias estructurales que nos aquejan, como el pobre rendimiento de
nuestra educación, el débil sistema de innovación tecnológica, el bajo índice de complejidad económica o
diversificación productiva, el escaso uso de energías renovables, la
ineficiencia social de las inversiones, etc. probablemente nos sobran fórmulas
para aplicar en cada rubro: basta –se dice demasiado fácilmente- con destrabar
las inversiones, debilitar la tramitocracia, reducir la permisología, eliminar
los sobrecostos (incluidos los beneficios de los trabajadores), introducir
tecnología, crear islas de excelencia, etc. Pero si nos atrevemos a preguntar
¿y todo ello para qué lo queremos?, ¿qué tipo de sociedad estamos queriendo
construir?, ¿con qué criterios gestionaremos esa convivencia?, ya el propio
preguntar se nos vuelve incómodo porque revela que no tenemos respuestas o, lo
que sería peor, que no nos interesa tenerlas.
Creo
que la toma de conciencia de las dos dimensiones fundantes de la universidad,
la de ámbito de servicio a la sociedad y la de entidad instituyente de lo
social, puede ayudar a las instituciones universitarias a identificar más
claramente su misión, a diseñar más nítidamente su perfil y a decidir qué
técnicas y estrategias utilizar para cumplir cabalmente esa misión.
[1] Las perspectivas que abre
esta corriente filosófica están expuestas en: Marchart, Oliver (2009). El
pensamiento político posfundacional. La diferencia política en Nancy, Lefort,
Badiou y Laclau. México: FCE. Ver un
estudio sobre la base heideggeriana de esta filosofía en: Klocker, Dante E.
(2013). Fundamento y abismo. En torno a la cuestión del fundamento en el
círculo de “Ser y Tiempo” de Martin Heidegger. Buenos Aires:
Biblos.
[2] Ver: Lefort, Claude (1986). Essais sur le politique. XIXe-XXe. siècles. Paris: Seuil. Exposiciones útiles de las posiciones de Lefort pueden verse en: Nsundi Mbambi, Pascal. “Modern Democracy in Claude Lefort’s Theory”. Lefort’s Theory of Democracy, p. 14-31Recuperado de http://wiredspace.wits.ac.za/bitstream/handle/10539/4692/NsundiMbambiP_Chapter%201.pdf?sequence=7;
en: Molina, Esteban (2012). Claude
Lefort: democracia y crítica del totalitarismo. Enrahonar. Quaderns de
filosofía, 48, p. 49-66; y en: Ortiz Leroux, Sergio (2006). La
interrogación de lo político: Claude Lefort y el dispositivo simbólico de la
democracia. Andamios. Revista de investigación social, vol. 2, núm 4, p.
79-117.
[3] Recojo el concepto de
“agonismo” de las reflexiones de: Mouffe, Chantal (2000). Deliberative Democracy or
Agonistic Pluralism. Vienna: Institute for Advanced Studies. Recuérdese que “agonía” (ἀγωνία en griego) viene de ἀγών que tiene como significados, entre
otros, los de contienda y lucha.
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