Libre
comercio y educación: perspectivas para América Latina
En: Educación y buen gobierno.
Lima, Foro Educativo, 2006, p. 90-99.
Introducción
Desde hace ya algunos lustros,
concretamente desde las dos últimas décadas del siglo XX, está en marcha un
proceso de globalización que nos va llevando a todos, en cada vez más aspectos,
a tener el mundo como marco obligado de referencia. Este proceso viene
acompañado de un cierto desborde de las dimensiones institucionales de la
modernidad y especialmente de esa hechura del proyecto moderno que conocemos
como estado-nación. El cuadro se completa –y me refiero solo a sus trazos
fundamentales- con los procesos de agrupamiento de los países en bloques
multinacionales y con una liberación de las diferencias que se manifiesta en el
resurgimiento de identidades locales y regionales en pugna con los afanes
homogeneizadores de la globalización desde arriba. Estas tendencias se ven
facilitadas por las nuevas tecnologías de la información y las
telecomunicaciones. (TICs).
Bastan tal vez estos pocos trazos
para advertir que estamos en medio de un proceso multidimensional que remece
los cimientos de la organización y la convivencia social y que se pone de
manifiesto tanto en los dominios de la cultura como en los subsistemas de
acción social e incluso en la vida cotidiana.
Lo más notable en el mundo de la
cultura es la pérdida de aura de los discursos metanarrativos o englobantes que
hasta ayer proveían de fundamento y de sentido a la praxis teórica, la
estructura axiológica, las regulaciones éticas y jurídicas y los sistemas
simbólicos. Los subsistemas sociales, es decir, los modos de producir e
intercambiar bienes y servicios, de organizar y gestionar la convivencia
social, de producir y difundir conocimientos y proveer de competencias para el
trabajo, de articular y administrar la seguridad, etc. se ven en la imperiosa
necesidad de recomponer sus orientaciones y estrategias para responder a los
retos que les plantean las cuatro tendencias indicadas arriba: la
globalización, el desborde del estado nacional, la composición de unidades
multinacionales y la liberación de las
diferencias. Finalmente, la vida cotidiana se ve también afectada
por estas tendencias: están cambiando aceleradamente las lealtades, la
intimidad, las formas de identidad, los horizontes de expectativas y, en
general, los valores, regulaciones, modelos existenciales y usos y costumbre
del mundo de la vida.
En este escenario no es raro que
la educación se vea igualmente remecida por tendencias que la convocan
simultáneamente a globalizarse, regionalizarse, localizarse, informatizarse y
recomponer su relación con los entornos nacionales para responder a los retos
que le plantean las mencionadas tendencias. El remecimiento afecta, en primer,
a los medios y metodologías educacionales y a los escenarios o marcos de
referencia en los que la educación se desenvuelve, pero parece, además, en
algún caso, querer disolver las características y funciones clásicas atribuidas
a la educación para reducirla a valor de cambio sujeto a los vaivenes del
mercado, desconociéndose sus dimensiones ética, axiológica y
cívica.
Era necesario comenzar con este
cuadro general para hacer caer en la cuenta de que la tendencia a la
globalización es sólo uno de los componentes de un proceso multidimensional que
incluye, además, la constitución de bloques multinacionales, la recomposición
de la institucionalidad de los estados nacionales y la liberación de las
diferenciase, en entornos cada vez más caracterizados por un uso intenso de las
TICs. Como para cualquier otro de los subsistemas sociales, el problema para la
educación se presenta cuando una de esas tendencias, en nuestro caso la de la
globalización, pretende constituirse en hegemónica, desconociendo que el
sistema educativo se ve retado por todas esas tendencias y, consiguientemente,
está obligado a responder articuladamente a todas ellas.
En lo que sigue voy a ocuparme
específicamente de la globalización y la comercialización de la educación,
presentando, en primer lugar, el marco general del comercio de servicios
educativos, para analizar luego los compromisos específicos, estudiar algunas
experiencias ya desarrolladas y, finalmente, ofrecer algunas conclusiones
preliminares. Llamo “preliminares” a las conclusiones, primero, porque estamos
en un proceso cuya marcha y resultados no son fácilmente predecibles, y,
segundo, porque si algo caracteriza a las negociaciones de los tratados
internacionales de libre comercio es precisamente la falta de información
precisa y de transparencia.
Marco general
El Acuerdo General sobre
el Comercio de Servicios (en delante: AGCS) es, desde 1995, el
instrumento legal usado por la Organización Mundial del
Comercio (en adelante: OMC) para liberalizar el comercio de los
servicios. El objetivo del AGCS es dar los principios y normas para la
expansión y liberalización de todos los servicios, a excepción de aquellos “suministrados
en ejercicio de facultades gubernamentales”, es decir que “no se suministran en
condiciones comerciales ni en competencia con uno o varios proveedores de
servicios.”[1]
El AGCS define cuatro modos de
suministro internacional de servicios: “suministro transfronterizo” (el
proveedor, desde su país, suministra servicios a consumidores de otro país),
“consumo en el extranjero” (el consumidor viaja a otro país para recibir en él
los servicios de un proveedor local), “presencia comercial” (el
proveedor establece una sucursal en otro país para suministrar servicios en
él), y “presencia física de personas” (el proveedor se traslada a otro país
para prestar en él un servicio).
La educación queda incorporada en
el AGCS bajo la denominación de “servicios de enseñanza” con los siguientes
subsectores: enseñanza primaria, enseñanza secundaria -incluyendo también la
secundaria técnica y vocacional-, enseñanza superior, enseñanza para adultos y
otros servicios de enseñanza.
Es necesario anotar, sin embargo,
que el AGCS supone “obligaciones generales”, que son vinculantes para todos los
miembros, y “compromisos específicos” que se establecen a través de
negociaciones y dependen de las decisiones de cada país.
Entre las “obligaciones generales”
destaca el llamado “trato de la nación más favorecida”, que obliga a otorgar a
los servicios y a los proveedores de servicios de cualquier otro miembro un
trato no menos favorable que el que se concede a los servicios similares y a
los proveedores de servicios similares de cualquier otro
país. Quedan, no obstante, exceptuados de cumplir esta disposición
las obligaciones relacionadas con acuerdos de integración económica entre
países, a condición de que en las relaciones entre ellos se liberalice
sustancialmente el comercio de servicios y se dé a las partes extranjeras el
mismo trato que a las nacionales.
El comercio de servicios, entre
los que están los servicios educativos, se establece a través de “compromisos
específicos” entre los países miembros, debiendo procederse de manera gradual y
teniéndose en cuenta la soberanía y las condiciones de cada país. El proceso de
liberalización debe respetar los objetivos de las políticas nacionales y los
niveles y ritmos del desarrollo de cada país, pero, al mismo tiempo, tiene que
atenerse, como hemos dicho, a un principio fundamental: otorgar a los servicios
y a los proveedores de servicios de cualquier otro miembro un trato no menos
favorable que el que se otorga a su propios servicios o proveedores de
servicios similares.
Finalmente, la firma del AGCS
supone para los miembros la obligación de no poner limitaciones en cuanto a los
siguientes aspectos: número de proveedores de servicios, valor total de los
activos y transacciones de servicios, número de operaciones de servicios o
cuantía total de la producción de los servicios, número de empleados en un
terminado sector de servicios, tipos específicos de personería jurídica o de
empresa para proveer el servicio, y participación del capital extranjero. Puede
haber excepciones, pero a condición de que éstas estén debidamente precisadas y
se apliquen por igual a los servicios y proveedores nacionales.
En resumen, en el entorno de la
OMC y del AGCS la educación es entendida como un servicio cuya provisión queda
supeditada a las reglas de juego del mercado internacional y, más
concretamente, a la capacidad de negociación de los estados nacionales dentro
del marco general del comercio internacional.
Compromisos específicos
La historia de la aplicación del
AGCS muestra que los países optan por diversas estrategias en materia de
servicios de enseñanza. Mientras que unos –por ejemplo, Noruega, Chequia,
Eslovaquia, Lesotho y Sierra Leona- liberan todos los sectores de enseñanza
(primaria, secundaria, superior, adultos y otros servicios), otros países optan
por la liberación de sólo algunos sectores. En América Latina y el Caribe,
Costa Rica, Jamaica y Panamá han liberado los servicios de enseñanza primaria,
secundaria y superior, México añade a éstos el rubro de otros servicios, y
Haití ha liberado sólo el de educación de adultos. Estados Unidos, por su
parte, incluye en la liberación sólo la enseñanza para adultos y otros servicios.
Estamos, como muestra la brevísima
información anterior, ante una práctica muy variada y en la que entran en juego
tanto motivaciones comerciales –el comercio de los servicios educativos es aún
poco atractivo- cuanto consideraciones de otra índole: se sigue pensando que la
educación desempeña un papel fundamental en el desarrollo de las personas y de
las sociedades y que la intervención de los Estados es imprescindible para
garantizar el acceso de las mayorías a la educación y la orientación de ésta en
función de perspectivas nacionales.
Por otra parte, se advierte un
aumento de la presión para ampliar la liberación de los servicios educativos.
Las motivaciones en este caso son fundamentalmente dos: la posibilidad de
aprovechar sin trabas el creciente mercado de los servicios de enseñanza, y la
necesidad de mejorar la calidad de esto servicios y de adecuarlos a los
requerimientos de la globalización. La OMC[2] ha decidido dar prioridad a
los servicios de enseñanza superior, enseñanza para adultos y otros servicios
en la aplicación del AGCS. La enseñanza básica (primaria y secundaria) prefiere
dejarse por fuera del Acuerdo. La atención de los promotores de la
liberalización queda, pues, concentrada en la llamada educación terciaria, que
abarca todas las formas de la educación superior, incluida la educación a
distancia, y en otras actividades que, sin ser directamente de enseñanza,
facilitan la trasnacionalización de los servicios educativos como la
estandarización de pruebas de aprendizaje, la realización de programas de
intercambio de estudiantes, la inclusión de programas de estudios en el
extranjero, la creación de redes de instituciones y programas, la convalidación
de títulos y grados, la eliminación de trabas para contratación de profesores
extranjeros, la reducción de los subsidios a las entidades nacionales, etc.
Interesa particularmente conocer
la posición de Estados Unidos en este escenario por las recientes negociaciones
para la firma del TLC. La propuesta de Estados Unidos en relación con la
liberalización de los servicios de enseñanza quedó expresada en la comunicación
que su delegación ante la OMC hizo al Consejo del Comercio de Servicios en
diciembre del 2000[3]. El gobierno de Estados Unidos
considera que la enseñanza es, en gran medida, una función de los gobiernos,
pero sabe que en la mayoría de los países la enseñanza privada coexiste con la
pública como complemento de ella. Se adhiere, por tanto, a la
liberalización de los servicios de enseñanza superior, incluyendo en ellos los
de capacitación para trabajos prácticos y los de pruebas
educativas (diseño y realización de pruebas, evaluación de resultados de
las pruebas, etc.).
Más importante que la propuesta
es, sin embargo, la identificación que la delegación norteamericana hace de un
conjunto de obstáculos que los países deberían eliminar para facilitar el
comercio de los servicios educativos. Entre ellos destacan los siguientes:
prohibiciones, limitaciones y falta de oportunidades a las entidades
extranjeras para instalarse y brindar servicios de enseñanza superior,
enseñanza para adultos y capacitación; restricciones a la
transmisión de los materiales educativos por medios electrónicos; exigencia de
que los proveedores extranjeros se asocien con proveedores locales; denegación
de autorización a los proveedores locales privados para asociarse con
proveedores extranjeros; excesivo retraso de la aprobación gubernamental a solicitudes
de proveedores extranjeros para brindar servicios educativos; denegación de
solicitudes del mismo tipo sin exponer las razones de la denegación ni informar
sobre el procedimiento para conseguir una futura aprobación; trato
discriminatorio (fiscal, franquicias, etc.) a los proveedores extranjeros que
actúan solos o asociados con proveedores locales; falta de información clara
sobre las subvenciones otorgadas a la enseñanza superior, de adultos y de
capacitación; excesiva rigidez en la contratación local; dificultades de
entrada y salida del país para el personal especializado que debe brindar
servicios temporalmente; derechos e impuestos excesivamente
altos por licencias, regalías y repatriación de utilidades.
Lecciones de la experiencia
No es fácil sacar lecciones de
experiencias, las de los TLC, que se desarrollan como resultado de
negociaciones escasamente transparentes. No brindar la información requerida
para estudiar concienzudamente estos procesos se ha vuelto parte del modus
operandi de las negociaciones de los TLC. La falta de
información se acentúa para el caso de los servicios educativos porque, por lo
general, éstos no entran directamente en la negociación, aunque luego se vean
afectados por los acuerdos específicos que se adoptan en relación con el
comercio de servicios y de compras estatales.
Los TLC firmados por Estados
Unidos con México y Canadá, con Chile y con los países centro americanos no
incluyen explícitamente normas sobre educación. Hasta donde se sabe, tampoco
las incluye el proyecto de TLC entre Perú / Estados Unidos, aunque éste
último incorpora algunos aspectos de los servicios culturales. Puede
presumirse, sin embargo, que Estados Unidos se ha atenido en la negociación con
el Perú a la propuesta sobre servicios de enseñanza y al pedido de eliminación
de trabas que la delegación norteamericana hiciera en el 2000 ante el Consejo
del Comercio de Servicios de la OMC.
Veamos ahora algunas experiencias
concretas en el mundo latinoamericano.
México ha sido el primer país de la región que
ha firmado un TLC con Estados Unidos y Canadá. El “Tratado de Libre Comercio de
América del Norte” (TLCAN) fue firmado en 1992 y entró en vigencia en
1994. Para preparar la firma del TLC, México puso en marcha un
programa de modernización de la educación que promovió una mayor rigurosidad en
el ingreso a la educación media superior y superior, el pago por productividad
a los docentes universitarios, la vinculación entre las instituciones
educativas y las empresas, y el aumento de los montos de colegiatura.
Durante las negociaciones se
presentaba la liberalización como el medio más adecuado para acelerar la
modernización educativa y, así, cerrar la brecha que la educación mexicana
tenía, en términos de calidad y de cobertura, con respecto a los otros socios
del tratado.
Para analistas como Hugo Aboites[4] y Roberto Rodríguez Gómez[5], la consecuencia más importante del TLCAN
para la educación es que ésta es pensada no como un servicio público, provisto
en el marco de objetivos nacionales y orientado al desarrollo humano, sino más
bien como una mercancía o un campo específico de inversión del que
hay que eliminar todos los obstáculos a la libre circulación y competencia. Se
trata, por tanto, de un fundamental cambio de lógica, especialmente en aquellos
casos, como el mexicano, en los que el Estado era el provisor más importante de
este servicio. La fuente de dinamismo es ahora la comercialización y, por
tanto, el predominio de los intereses privados sobre los públicos.
La estrategia de adecuación a esa
nueva lógica no es simple. Exige, en primer lugar, cambiar el marco legal para,
por un lado, eliminar los obstáculos a la libre concurrencia de proveedores de
servicios educativos, incluyendo los extranjeros, y, por otro, incentivar la
inversión privada, incluida la extranjera, en el sector. Para ello se ha
aprobado una gama de medidas que apuntan todas en la misma dirección:
internacionalización de las licitaciones para compras estatales; obligación de
dar trato nacional a los proveedores extranjeros de servicios educativos, sean
éstos provistos dentro o fuera del país; allanamiento del camino
para el reconocimiento de títulos profesionales extranjeros; implantación de
exámenes únicos de certificación profesional; facilidades para el paso de
inversiones a través de las fronteras y para el retorno de las ganancias a los
países de origen de las inversiones; facilidades para la compra de
instituciones locales de educación superior por consorcios extranjeros y para
el establecimiento en el país de sucursales de instituciones extranjeras para
la educación presencial o a distancia; facilidades para la creación de
asociaciones entre instituciones locales y extranjeras; creación de estructuras
de acreditación de programas de educación superior para lograr la acreditación
internacional de los profesionales formados en el
país; etc.
En términos económicos,
las consecuencias prácticas de estas liberalizaciones no son, sin embargo,
espectaculares. Hasta el 2003, las inversiones extranjeras directas en
educación en México no llegaban a 40 millones de dólares, cifra que se compone de
pequeños montos de inversión en centros principalmente de idiomas y una fuerte
inversión, 34 millones, por la compra que el consorcio Sylvan Learning Systems
hace de la Universidad del Valle de México.
Tampoco en el terreno del
desarrollo educativo, los resultados de la liberalización son realmente
significativos. Después de 10 años del TLCAN, la educación mexicana sigue
arrastrando sus carencias tradicionales en cuanto a cobertura, calidad,
descentralización, deserción escolar, etc. Se advierten, por el contrario,
especialmente en la educación superior, un estancamiento de los recursos
públicos destinados a educación, un deterioro del promedio de la calidad
educativa debido principalmente a la oferta incontrolada de titulaciones “al
paso”, una cierta tendencia a la “industrialización” del servicio
educativo, una menor atención de las necesidades del entorno local tanto en la
formación de profesionales como en priorización de temas de investigación, un
menor interés por incorporar los saberes de la propia cultura o de culturas
afines, y, finalmente pero no en último lugar, un descuido por parte de los
centros de educación superior de su tradicional condición de instituciones de
referencia del conocimiento y de espacios de encuentro entre corrientes del
pensamiento y de exploración científica y tecnológica.
Hay que decir, no obstante, que no
todo es negativo en este nuevo escenario en gestación. La inversión en
educación gana en racionalización, la oferta educativa se vuelve funcional a
las necesidades de la demanda laboral, se difunde la cultura de la calidad y
ésta se mide en estándares internacionales, mejora la relación entre el mundo
educativo y el de la producción, aumenta, se diversifica, flexibiliza y
descentraliza la oferta educativa, etc.
El caso de Chile es,
de alguna manera, singular por haber comenzado tempranamente el proceso de
liberalización de la economía y porque este se dio en un contexto de recorte de
las libertades y la participación ciudadana y de conculcación de los derechos
humanos. Los organismos internacionales que promovieron y apoyaron ese proceso,
especialmente el Banco Mundial, se han esforzado por exhibir el “modelo
chileno” como un ejemplo exitoso de modernización y liberalización. No es raro,
por tanto, que Chile haya llegado sin mayores tropiezos ni traumas visibles a
establecer acuerdos bilaterales y multilaterales de libre comercio con los
principales centros del poder económico. Los TLC no significan, por tanto, para
Chile un cambio radical sino más bien una continuidad de políticas iniciadas
con anterioridad. “A diferencia de otros países latinoamericanos –dice
el experto Oscar Espinoza [6]- …, en el caso de Chile, no ha sido
necesario disponer de grandes acuerdos comerciales para promover la entrada de
capitales extranjeros hacia Chile y el repliegue del Estado en el manejo y
control de asuntos de carácter social.”
A pesar de estos antecedentes, la
liberalización de la educación en Chile no exhibe caracteres marcadamente
diversos a los de los otros países de la región. Como en los demás
países, las negociaciones han estado fuera del conocimiento y control de la
ciudadanía, es también escaso el interés de los inversionistas extranjeros por
los servicios educativos, y el proceso está encaminado fundamentalmente a la
privatización de estos servicios.
La consecuencia más visible de la
liberalización es la privatización de la educación. Mientras que,
hasta 1981, las instituciones públicas de educación terciaria o postsecundaria
eran sostenidas integral o parcialmente por el Estado, hoy éste sostiene de
manera directa sólo al 10% de tales instituciones. El resto vive
fundamentalmente de los aportes de los estudiantes, algunos de los cuales
reciben becas del Estado para profesionalizarse en las instituciones
habilitadas para recibir financiamiento. Esta situación ha obligado a las
instituciones de educación superior a redoblar sus esfuerzos y sus gastos en
propaganda para ganarse a los alumnos/clientes.
Por otra parte, las universidades
chilenas se han lanzado a la provisión de servicios al exterior, especialmente
a América Latina, creando programas de intercambio, extendiendo la educación a
distancia, consiguiendo de la Agencia (chilena) de Cooperación Internacional
becas para estudiantes extranjeros, e incluso estableciendo sedes en el
extranjero. Así mismo, las instituciones de educación superior han creado en el
exterior, especialmente en Estado Unidos, agencias para conseguir recursos vía
proyectos de investigación conjunta e intercambio de docentes y alumnos, y han
implementado programas académicos – especialmente MBA- con la cooperación de
instituciones extranjeras.
El interés de los inversionistas
extranjeros en la provisión de estudios superiores se ha puesto de manifiesto
con la presencia de los consorcios Institución Internacional S.E.K.
(Universidad Internacional S.E.K – Chile), de inversionistas españoles, y
Sylvan International Universities (Universidad de las Américas y Universidad
Andrés Bello), de inversionistas norteamericanos.
Las consecuencias de todo este
proceso se van haciendo palpables: la lógica comercial invade el sector, los
servicios se privatizan, la competencia se agudiza, se incrementa la presencia
extranjera en Chile y de Chile en el exterior, se diversifica y clienteliza la
oferta educativa, se extiende y, al mismo tiempo, se banaliza la cultura de la
calidad, se vuelve excesiva la oferta de profesionales especialmente en las
áreas de gestión, disminuye el gasto fiscal, etc.
Colombia está caminando más lentamente que los
países anteriormente mencionados en relación con el TLC con Estados Unidos. Los
profesores Germán Roncancio Jiménez y Orlando Pulido Chaves, de la
Universidad Pedagógica Nacional[7], dan cuenta del debate suscitado al
respecto en su país. Los representantes del gobierno sostienen, en el terreno
educativo, la negociación está encaminada a los siguientes temas: asegurar la
calidad, impulsar la educación a distancia, facilitar la homologación de los
estudios y la convalidación de los títulos, fijar un régimen de visas y
facilitar la transnacionalización de servicios educativos. En cualquier caso,
el asunto es poco relevante para los potenciales inversionistas extranjeros
porque en la educación básica ya hay una significativa presencia de proveedores
extranjeros y, además, los inversionistas de fuera están interesados casi
exclusivamente en la educación superior. Pero los analistas afirman que el TLC
exige que la educación, en todos sus niveles y modalidades, quede a merced del
libre juego de oferta y demanda, y que es muy probable que los inversionistas
extranjeros aprovechen la existencia de la alta demanda insatisfecha de
educación superior para ofrecer sus servicios en Colombia.
A fin de preparar las condiciones
para la aplicación del posible TLC en el terreno de la educación, el gobierno
colombiano ha emprendido ya acciones importantes como el establecimiento de
estándares mínimos de calidad, la implantación del sistema de créditos, la
estandarización de los paquetes formativos, la homologación de la formación con
universidades extranjeras, la implantación de un sistema de evaluación y
acreditación basado en estándares y competencias pensados en función de su
utilidad y competitividad en el mercado laboral, etc.
Aunque las negociaciones del TLC
con Estados Unidos no han concluido, el iniciado proceso de liberalización de
la educación en Colombia apunta a la mercantilización, privatización y
transnacionalización de los servicios educativos. Se supone que estos fenómenos,
al incrementar y diversificar la oferta, liberarla de restricciones, promover
la competencia de inversionistas nacionales y extranjeros, y exigir estándares
internacionales, contribuirán a mejorar la calidad de la educación y a reducir
la presencia del Estado en el sector. Los analistas críticos de la
liberalización subrayan sus efectos de inequidad y exclusión, así como la menor
atención a las áreas no atractivas para el mercado (humanidades, ciencias
sociales) y la cultura nacional.
En Argentina, las
reformas educativas de la última década del siglo pasado fueron creando el
escenario propicio para la comercialización y liberalización de la
educación. Myriam Feldfeber y Fernanda Saforcada[8], en los comentarios al mencionado texto
de Aboites, señalan que la Ley de Educación Superior de 1995 y otros
dispositivos legales institucionalizaron para el sector educación, con el apoyo
del Banco Mundial y de fundaciones locales, las políticas neoliberales al
facilitar y promover la creación de universidades privadas, la expansión de la
oferta de estudios de postgrado, la introducción de la acreditación y el
establecimiento del Fondo para el Mejoramiento de la Calidad
Universitaria (FOMEC), al mismo tiempo que el Estado limitaba los recursos
destinados a las universidades públicas, obligando a estas instituciones a
buscar fuentes alternativas de financiamiento.
Lo fundamental de estas medidas
era el cambio de paradigma: del modelo universitario propio de la Reforma de
Córdoba, es decir, de la universidad pública, gratuita y comprometida con el
desarrollo social, se comenzó a pasar a una universidad privatizada y funcional
a los intereses del mercado. “Los tratados de libre comercio habilitan la
posibilidad de que instituciones extranjeras brinden servicios educativos con
las mismas regulaciones y prerrogativas que las instituciones locales. Esto
supone pensar que es posible producir y trasmitir conocimientos más allá de la
historia y de las necesidades y realidades económicas, sociales, jurídicas,
políticas y culturales de cada país.”
Las expertas argentinas llaman
igualmente la atención sobre otros tres aspectos no menos importantes: la
propiedad intelectual, la oferta de gestión educativa y los servicios de
evaluación. El tema de la propiedad intelectual ha provocado numerosas controversias
en relación con los medicamentos y las semillas, pero afectará también al
registro de conocimientos y patentes. Los servicios de gestión de instituciones
educativas de diversos niveles están siendo ofrecidos por empresas y consorcios
americanos, conocidos como Empresas Administradoras de Educación que,
evidentemente, tienen fines de lucro. Finalmente, al compás de la expansión de
la cultura de la acreditación, se va extendiendo la oferta de servicios de
evaluación para todos los niveles de la educación. Estos servicios
son ofrecidos por empresas especializadas que, en el marco del AGCS y con el
apoyo del Banco Mundial, van introduciendo la obligatoriedad de las
evaluaciones periódicas a través de encuestas o tests estandarizados. La buena
posición en estas mediciones es luego condición necesaria para acceder a
préstamos y otras facilidades de financiamiento.
Con respecto al Perú,
lo primero que hay que decir es que aquí el debate público está sólo en los
comienzos. El analista Juan Sierra, por encargo de la OEI, ha elaborado el
informe “Impactos de un Tratado de Libre Comercio entre Perú y Estados Unidos
en el sector educación”[9], que hemos remitido al ministro de
Educación y será próximamente objeto de un debate de especialistas. El
desaparecido intelectual y ex viceministro de educación, Juan Abugattás[10], comentó, por encargo de Foro
Educativo, el texto de Hugo Aboites. En la web de Foro Educativo se
pueden encontrar, además, otras informaciones y reflexiones sobre el tema.
Recogiendo ideas de los textos
mencionados puede afirmarse que, como ha ocurrido en otros países, el tema de
la educación no formó parte explícita de las negociaciones y, en cualquier
caso, ni la administración pública del ramo ni los expertos en el área han sido
debidamente consultados. Juan Abugattás señala que “En el caso peruano, ha sido
alarmante el hecho (de) que los negociadores designados ni siquiera conozcan
las implicancias de los acuerdos que promueven para el sector de los servicios
educativos o para el intercambio de bienes culturales y el patrimonio cultural
de la nación”. Por su parte, Juan Sierra anota que, hasta donde se
conoce, “El gobierno peruano …tampoco incluye explícitamente a la
educación. Ni siquiera cuando toca los servicios …”. Lo que sí queda
claro es la falta de transparencia en las negociaciones. Puede colegirse, sin
embargo, a juzgar por la experiencia en otros países y por las propuestas de
Estados Unidos sobre los servicios de enseñanza en el marco del AGCS, que la
educación se verá afectada por la firma del TLC.
También el Perú, como otros
países, ha venido preparando la liberalización de los servicios educativos a
través de medidas como la privatización y la aceleración de la
acreditación. La llamada “Ley de promoción de la inversión en la
educación”, Decreto Legislativo núm. 882, de 1996, y las disposiciones sobre el
tratamiento al capital extranjero han impulsado la liberalización de los
servicios educativos, facilitando la inversión privada en el sector e incluso
haciendo posible la asociación de instituciones locales con consorcios
extranjeros para brindar dichos servicios. Al amparo de estos
dispositivos, la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas pasó
en 2004 a formar parte del consorcio Laureate Inc, que, como hemos
dicho, tiene intereses en varios países de la región y en otros continentes.
El efecto inmediato de las medidas
liberalizadoras de los servicios educativos ha sido un incremento notable de
una oferta educativa de dudosa calidad. En una década, de 1993
a 2003, el número de centros creció en 16% en el sector público y 71% en
el privado. Este crecimiento profundiza el centralismo de la oferta educativa
ya que el sector privado, que es el que más crece, prefiere la capital y las
ciudades grandes como sedes de su inversión en educación. Por otro lado, las
instituciones que se crean al amparo del D.L. 882 o que se acogen a él se
piensan libres de trabas para multiplicar su oferta educativa a través de
filiales en el territorio nacional y sin control alguno de la calidad y
pertinencia de estos servicios.
Juan Abugattás señala en el texto
mencionado otro riesgo de la liberalización de la educación: la subordinación a
los imperativos de un mercado globalizado y controlado por las grandes
potencias socava los avances en la creación de una comunidad académica
latinoamericana que contribuya al fortalecimiento económico, político y
cultural de la región. “Lo evidente -dice Abugattás- es que países pobres
y débiles, con sistemas educativos enclenques o, peor aún, sin la posibilidad
efectiva de regular y planificar sus sistemas educativos, se verán en gran
desventaja frente a países cuyos sistemas educativos son sólidos, responden a
sus necesidades nacionales y, por añadidura, funcionan como referentes
internacionales.”
Al amparo de las liberalizaciones,
finalmente, está incrementándose la utilización de las TICs con fines
educativos. Este hecho puede contribuir a resolver importantes problemas de
cobertura e, incluso, a enriquecer los recursos de aprendizaje disponibles,
pero es innegable que, al mismo tiempo, dificulta el control de la pertinencia
y calidad de la oferta educativa.
Conclusiones preliminares
En primer lugar, hay que comenzar
reconociendo que estamos en medio de un proceso multidimensional de enorme
envergadura que está remeciendo nuestras seguridades culturales,
organizacionales y propias de la vida cotidiana. La posición más sabia es
tratar de conocer ese proceso para saber a qué atenerse y poder gestionarlo con
cordura. La ignorancia y la resistencia no son, en este caso, buenas
consejeras, como no lo es tampoco el abandono a los flujos y reflujos de la
corriente.
Es importante, en segundo lugar,
entender que el proceso es multidimensional y que, por tanto, la respuesta a la
globalización debe estar articulada a las que tenemos que dar a los demás retos
que nos presenta la actualidad (conformación de espacios afines
supranacionales, reformulación de las dimensiones institucionales del
estado-nación, y liberación de las diferencias) y a la necesidad de cumplir las
promesas que el proyecto moderno nos dejó instaladas pero no cumplidas
(justicia, equidad, libertad, solidaridad, bienestar). No se trata, por tanto,
de privilegiar una sola dimensión, como frecuentemente quieren, en un extremo,
los apologetas de la globalización o, en el otro, los de la liberación de las
diferencias, confiando en que lo demás se resolverá por añadidura. Para un
proceso complejo como el actual hay que pensar respuestas integradas y que se
potencien mutuamente.
En el marco de sus políticas de
modernización y de preparación para negociar los tratados de libre comercio,
los países han aprobados medidas de liberación del mercado de servicios y,
concretamente, de los servicios educativos promocionando y facilitando la
inversión privada, local y extranjera, en el sector.
Las negociaciones de los tratados
suelen desarrollarse a través de mecanismos deficientes en cuanto a
transparencia y control ciudadano. Se advierte especialmente la ausencia en las
negociaciones de parte de la administración educativa y de expertos en el área.
Independientemente de que figure o
no explícitamente en los tratados de liberalización del comercio, lo cierto es
que la educación se ve afectada por éstos, especialmente la educación superior,
la de adultos y otros servicios, por ser éstas las áreas priorizadas por el
capital transnacional para colocar sus inversiones.
La liberalización de la educación,
en general, y los tratados de libre comercio, en particular, están
contribuyendo a un cambio de trascendencia tanto en la concepción de la
educación como en la gestión de sus servicios educativos. En cuanto a la
concepción, se privilegia la dimensión relacionada con el desarrollo de la
competitividad social y de las competencias laborales de los individuos,
descuidándose las otras dimensiones de la educación, las relacionadas con la
convivencia humana digna, la apropiación de la riqueza acumulada por la
humanidad, el desarrollo de la propia identidad, el ejercicio responsable de la
ciudadanía, etc. En cuanto a la gestión, se privilegia la inversión
privada, se promueve el retiro del Estado y, en general, se convierte el
servicio educativo en una mercancía sujeta a los requerimientos y vaivenes del
mercado. Y, así, de servicio público generalmente gratuito y orientado según
necesidades y requerimientos nacionales, la educación se convierte en mercancía
y en un campo propicio para la inversión privada.
Las consecuencias inmediatas que
para la educación se están derivando de los TLC y otras formas de
liberalización del comercio de servicios son muchas y de diverso signo: por un
lado, la oferta educativa se amplía y diversifica gracias al aporte privado, la
inversión pública se racionaliza, se introducen estándares de calidad
internacionales, se difunde la cultura de la acreditación, se facilita el
reconocimiento de los títulos y grados locales en el extranjero y de los
extranjeros en el país, se promueve la capacitación para desenvolverse en
contextos multinacionales, etc., y, por otro, la concepción de la educación se unidimensionaliza,
los servicios educativos se mercantilizan, la calidad no mejora
significativamente, se pone en riesgo la pertinencia de la educación en
relación con el desarrollo nacional, la educación se divorcia de la cultura
local, se privilegia la inversión en servicios educativos de bajo costo y
reducida envergadura, se descuida el cultivo de las ciencias básicas y de las
ingenierías duras, se organiza la oferta en función de la demanda social de
estudios y no de la demanda laboral, se produce una sobreabundancia de
profesionales que luego encuentran serias dificultades para ubicarse en el
mercado del trabajo, etc.
Independientemente de que pesen
más o menos las ventajas o las desventajas, lo cierto es que el proceso de
liberalización de los servicios educativos está en marcha y, por tanto, es
necesario gestionarlo racional, participativa y transparentemente, aprovechando
con cordura las oportunidades que ofrece, promoviendo el desarrollo de sus
aspectos positivos y, sobre todo, haciendo que éstos potencien las respuestas
que hay que dar a los otros retos de la actualidad.
Frente al fenómeno de la
globalización y, concretamente, de la liberalización de los servicios
educativos, no se trata, por tanto, en un extremo, de rasgarse las vestiduras
ni de persistir tercamente en concepciones y formas de la educación que dejan
mucho que desear en cuanto a cobertura, calidad, pertinencia y compromiso
social, ni, en el otro, de dejarse llevar por la corriente viendo en la
liberalización la panacea para todos nuestros males, sino más bien de proceder
con prudencia y negociar con transparencia para que la liberalización, además
de abrirnos a los beneficios de la globalización, facilite y potencie las
soluciones que tenemos que ir diseñando para recomponer las dimensiones
institucionales del proyecto nacional, constituir bloques multinacionales con
países afines y permitir la convivencia digna entre las diversidades que nos
componen.
Notas
[1] OMC: Acuerdo General del Comercio de
Servicios. Art. 1.3
[2] OMC. Servicios de enseñanza. Nota
documental de la Secretaría de la OMC. 23 set. 1998.
[3] Delegación de los Estados Unidos a la
OMC: Enseñanza superior (terciaria), enseñanza para adultos y capacitación.
Comunicación de los Estados Unidos al Consejo del Comercio de Servicios. 18
diciembre 2000.
[4] Aboites, Hugo. Libre comercio y educación
superior en Latinoamérica. Cinco temas para una discusión. En: www.foro-latino.org/documentos/texto-base-aboites.pdf
[5] Rodríguez Gómez, Roberto. Inversión
extranjera directa en educación superior. El caso de México. En: www.foro-latino.org/documentos/texto-discusion-oce-rrodriguez.pdf
[6] Espinoza, Oscar. Nuevos antecedentes para
la discusión y comentarios al artículo ‘Libre comercio y educación superior en
Latinoamérica’. Texto de discusión. Programa de Investigaciones en Educación
(PIIE). En: www.foro-latino.org/documentos/texto-discusion-piie-oespinoza.pdf
[7] Roncancio Jiménez, Germán y Orlando
Pulido Chaves. TLC y educación superior en Colombia. Notas a propósito del
artículo ‘Libre comercio y educación superior en Latinoamérica” de Hugo
Aboites. En: www.foro-latino.org/documentos/texto-discusion-upn-pulido-roncancio.pdf
[8] Feldfeber, Myriam y Fernanda Saforcada.
Libre comercio y educación superior en América Latina. Notas sobre el caso
argentino. En: www.foro-latino.org/documentos/texto-discusion-lpp-feldfeber-sforcada.pdf
[9] Sierra, Juan. Impactos de un Trato de
Libre Comercio entre Perú y Estados Unidos en el sector educación. En: www.oeiperu.org/documentos/educacion.pdf
[10] Abugattás, Juan. Comentario al texto de
Hugo Aboites “Libre comercio y educación superior en Latinoamérica. Cinco temas
para una discusión.” www.foro-latino.org/documentos/texto-discusion-fe-jabugattas.pdf