Prólogo
En: Díaz-Romero, Pamela (ed.). Caminos para la inclusión en la educación superior. Lima, Fundación Equitas, 2006, p. 9-11.
Quiero comenzar agradeciendo a
Después de referirse a las tendencias de las reformas
educativas de los últimos lustros en América Latina, Pamela se encarga, en la
“Presentación”, de dar cuenta de los ejes fundamentales del libro y de informar
al lector de que Caminos para
Abundando en
los apuntamientos de mi propia intervención, yo diría que las actuales
políticas y prácticas de inclusión, por un lado, revelan que la
institucionalidad establecida era excluyente, y, por otro, responden, al menos,
a dos fenómenos de índole diversa: la dinámica expansiva de los subsistemas
sociales y, muy especialmente, la decisión organizada de “los otros” -aquellos
que no eran considerados como portadores de cultura ni tenían cabida digna en
dichos subsistemas- de tomar la palabra y exigir ser tenidos en cuenta. Si mis
ojos no me engañan, la perspectiva de los excluidos, aunque siga apuntando a la
inclusión, se orienta cada vez más, a diferencia de lo que ocurriera en décadas
pasadas, al diseño y construcción de una convivencia digna, gozosa y
enriquecedora de diversidades.
Si ya la inclusión misma, entendida en términos
tradicionales, plantea serias dificultades a la cultura y a la
institucionalidad existentes, el postulado de una convivencia de diversidades
no sólo aumenta las dificultades, sino que remueve los cimentos de lo
establecido y exige repensar tanto la cultura como las formas de la
convivencia, especialmente en países como los nuestros, multiculturales,
multiétnicos y plurilingües.
La solución no es fácil si tenemos en cuenta las
dimensiones indicadas de la inclusión. Atenidos a las ideas regulativas del
proyecto moderno, “nosotros” hemos ido construyendo, con las patologías que
conocemos, esferas culturales y subsistemas sociales en los que la diversidad
no puedo ser incorporada sino al alto costo de la neutralización de las
pertenencias. Convencidos como estamos de la validez y conveniencia universales
de nuestro paradigma perceptivo, axiológico, simbólico y práctico y de sus objetivaciones
institucionales, entendemos “al otro”, en el mejor de los casos, como sujeto de
inclusión y pensamos en “acciones afirmativas” para incorporarlo a nuestro
mundo en condiciones de equidad. Evidentemente, esto no es poco y la prueba
está en el enorme esfuerzo que ha costado y sigue costando que el mundo de lo
público se atenga, en serio, al principio de equidad y diseñe y ejecute
políticas realmente inclusivas.
Visto, en embargo, el problema desde la expectativa de
construir formas de convivencia capaces de gestionar cuerdamente las
diversidades, el asunto se complica porque, teniendo incluso la voluntad de
hacerlo, nos encontramos huérfanos de agarraderos teóricos y prácticos para
llevarlo a cabo. Venimos de un proyecto, el moderno, que se propuso, de un
lado, desconocer honores y privilegios, y, de otro, reconocer igual dignidad a
todos los hombres. Y este paso, como sabemos, fue de enorme trascendencia histórico-filosófica.
Pero ese proyecto hizo de la homogeneización su piedra angular y, por eso, le
ha sido muy difícil, si posible, vérselas con la diversidad.
Lo que quiero decir, aunque no puedo aquí
desarrollarlo, es que el proyecto moderno da para pensar la inclusión en
términos tradicionales, pero desde él no es fácilmente imaginable un modelo
societal que nos permita vivir dignamente juntos siendo diferentes.
En el caso concreto de la educación, el asunto se
complica porque el sistema educativo desempeña tradicionalmente un rol
protagónico en la construcción de homogeneidades. Cuando la educación básica
desempeña eficazmente ese rol, la necesidad de atender la diversidad no es
percibida ni tematizada por la educación superior porque a ella le llega una
población ya esencialmente homogeneizada.
Por eso no es raro que haya sido la educación superior el último
segmento del sistema educativo en abordar, teórica y prácticamente, el asunto
de la inclusión y sus implicaciones normativas e institucionales.
Con estas breves anotaciones, que abren la puerta de
lo que después viene en el libro, estoy tratando de advertir al lector de que
las páginas que siguen se ocupan de un asunto, el de la inclusión, que se
caracteriza por su enorme complejidad. No es raro, por eso, que tanto las
reflexiones como las presentaciones de experiencias reunidas en el libro puedan
ser calificadas de “ensayos”, procesos abiertos o desbrozamiento de caminos
para abordar desde la equidad el tema de la inclusión en la educación superior.
Dada la trascendencia de tema, creo que todos,
comenzando por los que participamos en el seminario, lo menos que podemos hacer
es agradecer a
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