La inclusión de la diversidad en la universidad peruana
Conferencia en el coloquio: La universidad que
queremos. Organizado por Estudios Generales Letras, la Facultad de Letras y
Ciencias Humanas y el Departamento de Humanidades de
1. Introducción
Venimos
reflexionando durante tres días sobre “la universidad que queremos”. Hemos
comenzado abordando los retos que los procesos de globalización y la
consiguiente internacionalización plantean a la universidad del presente, y
terminamos hoy con otro reto no menor: la ineludible necesidad de atender a la
diversidad, concretamente a la diversidad cultural, lingüística, biológica,
geográfica, etc. que enriquece al país.
Es
importante advertir desde el comienzo que estos dos retos mayores de la
universidad, el de la apertura a lo global y el de la reconciliación con la
propia diversidad, sólo en apariencia son opuestos. En la realidad, pueden y
deben ser complementarios y hasta sinérgicos, porque no hay manera de
participar dignamente en la globalización sino desde nuestras propias
pertenencias, como no hay hoy tampoco manera de afirmar gozosamente las pertenencias
si éstas no están abiertas al otro y, en general, a los procesos de
globalización.
Aunque
las dos perspectivas pueden ser abordadas conjuntamente, a mí se me ha pedido
tratar sobre la inclusión de la diversidad y a ello dedicaré el resto de mi
presentación. Para eso, formularé, primero, el problema, resumiré luego
prietamente los intentos de solución que se vienen planteando, y dejaré,
finalmente, para el debate algunos apuntamientos propositivos.
2. Planteamiento del problema
El
asunto de la diversidad es un problema mayor de la sociedad peruana porque tiene
ver no sólo con el subsistema escolar, sino, en general, con la vida cotidiana,
los subsistemas sociales y las esferas de
Con
la liberación de las diferencias y el reconocimiento de la diversidad como
derecho de los individuos y los grupos sociales y como ventaja societal, la
perspectiva está cambiando significativamente. No se trata ya de concluir el
proyecto ni de curar, por la vía de la inclusión, las patologías producidas por
el sistema, sino más bien de repensar el diseño y dotarnos de un modelo social
que nos permita vivir gozosa y dignamente juntos siendo y reconociéndonos como
diferentes. No es, pues, la inclusión lo que está en juego, porque esta sigue cimentada
en la homogeneidad como piedra angular del edificio social y,
consiguientemente, conlleva neutralización del participante y despojo de sus
pertenencias. La tarea está ahora en una comunicación libre de violencia entre
las diversidades que componen nuestra comunidad, es decir en la construcción de
una forma, no inventada aún, de convivencia que, trascendiendo la tolerancia,
se enrumbe por los caminos del reconocimiento, el respecto e incluso el gozo de
las diversidades.
Tarea ésta sembrada de escollos teóricos y prácticos porque es más fácil producir y administrar homogeneidad dentro de los estrechos límites del estado-nación que gestionar racional y gozosamente la diversidad interna y la apertura a la riqueza humana. Tengo para mí, sin embargo, que en imaginar esa tarea y comprometernos con su realización está la utopía de nuestro tiempo.
3. Atención al problema
No voy a hacer una
presentación detallada de cómo el asunto de la diversidad -frecuentemente bajo el ropaje
de la interculturalidad- va ganando terreno en los documentos básicos de
política educativa y de investigación, en la praxis universitaria y en el
debate actual sobre la educación universidad. Me referiré sólo brevemente a
esos tres campos.
La
nueva Ley General de Educación,
que rige todas las actividades
educativas realizadas dentro del territorio nacional, establece que el sistema educativo
se sustenta, entre otros, en el principio de la interculturalidad “...que asume como riqueza la diversidad
cultural, étnica y lingüística del país, y encuentra en el reconocimiento y
respeto a las diferencias, así como en el mutuo conocimiento y actitud de
aprendizaje del otro, sustento para la convivencia armónica y el intercambio
entre las diversas culturas del mundo”.. Acorde con este principio, la ley
señala como uno de los fines de la educación el de afirmar la identidad nacional sustentada en
la diversidad cultural, étnica y lingüística; obliga al Estado a reconocer y
garantizar el derecho de los pueblos indígenas a una educación de calidad y
pertinente; establece medias concretas para que los proyectos educativos tiendan
a revertir situaciones de desigualdad e inequidad por motivo de origen, etnias,
género, idioma, religión, opinión y condición; ordena que se desarrolle
Concordando con la LGE, el Proyecto
Educativo Nacional se refiere, desde la introducción, a la necesidad de
buscar “... la cohesión de nuestra sociedad y la integración de nuestras
diversas culturas en una convivencia solidaria.”, y propone como
componentes de los objetivos estratégicos
el logro de un aprendizaje colaborativo e intercultural, una mayor
pertinencia de los aprendizajes con la cultura y la lengua de cada población,
la formación de maestros en una perspectiva intercultural y la organización de
la enseñanza sobre la base del reconocimiento de la diversidad en el aula,
partiendo del capital cultural de los estudiantes y sus comunidades, “...propiciando
el diálogo entre distintas cosmovisiones, valores y perspectivas del mundo.”
El Plan nacional de ciencia,
tecnología e innovación para la competitividad y el desarrollo humano 2006-2021, que es el instrumento de propuesta y ejecución de la política nacional de
ciencia, tecnología e innovación tecnológica, señala que “Existe
...una creciente corriente de opinión, aún minoritaria pero importante, para
valorar la diversidad cultural como una riqueza a conservar y estimular. En
este marco se encuentra el patrimonio, abundante en el Perú, de conocimientos
tradicionales de grupos étnicos, generalmente marginados.” El Plan reconoce
el saber tradicional, lo considera compatible con el conocimiento moderno e
insiste en la necesidad no sólo de protegerlo sino de aprovecharlo para la
explotación racional de la diversidad de recursos naturales que nos enriquece y
que es una de las mayores ventajas comparativas frente a otras economías.
Apreciaciones
semejantes sobre la diversidad pueden también encontrarse en el Acuerdo Nacional,
la ley del Sistema Nacional de Planeamiento Estratégico y del Centro Nacional
de Planeamiento Estratégico, el Plan Nacional de Descentralización, etc. Advertimos,
pues, que el derecho a la diversidad cultural está comenzando a ser parte de la
agenda social y política del Perú, como lo viene siendo de los organismos
internacionales y las conferencias y foros internacionales sobre equidad,
inclusión y derecho a la diferencia.
De la universidad peruana hay que decir que no
se ha puesto aún al día en el tema de la diversidad: no ha asumido plenamente
todavía la responsabilidad que le toca desempeñar a este respecto. Sin embargo,
el tema está ya instalado en la práctica académica de algunos docentes y
estudiantes y en el debate sobre la universidad.
Algunos
profesores vienen trabajando el tema de la diversidad desde diversas
disciplinas e incorporando la perspectiva intercultural en su praxis
universitaria.
Aunque
tímida e insuficientemente, el tema de la diversidad comienza a estar presente
en los debates actuales sobre
Recientemente,
en mayo de 2006, tuvo lugar el seminario internacional “Estrategias de inclusión en la educación superior”, organizado por
Baste
esta breve reseña -que no desconoce, por cierto, otros aportes individuales y
grupales- para advertir que la toma de conciencia de la diversidad y la perspectiva
de la interculturalidad están ya presentes tanto en la praxis universitaria
como en el debate sobre la universidad, aunque no informen todavía el quehacer
universitario en su conjunto.
4. Apuntamientos
propositivos
Si
bien los principios son claros y sobre ellos hay consenso, al menos en
determinados círculos sociales, la organización de la vida desde la perspectiva
de la diversidad no es nada fácil porque, como hemos dicho, somos herederos de
un mundo en el que han predominado el principio de la unidad y las estrategias
de homogeneización de lo diverso, con sus “naturales” secuelas de exclusión,
marginación, indiferencia, opresión, inclusión neutralizante, etc.
Me
pregunto si es acaso practicable el principio de la diversidad en una
institución como la universidad que se precia de ubicarse, cuando asume
responsablemente su misión, en la punta del conocimiento y a la que se le exige
que provea de competencias para un desempeño diestro en entornos globalizados
Ensayaré en lo que sigue de proponer algunas vías para la incorporación dicho
principio como idea regulativa de la política y del quehacer universitarios.
Una
primera vía podría ser facilitar, mediante lo que el derecho
antidiscriminatorio conoce como “acción afirmativa”, el acceso a la universidad y el progreso dentro de ella a los
grupos sociales que tienen más dificultades por razones culturales. La
educación universitaria es un bien social y, por tanto, debería facilitarse la
apropiación de este bien a quienes tienen mayores dificultades para acceder a
él por razones lingüísticas y culturales. La facilidad tendría que ver tanto
con el acceso a la institución universitaria como con el progreso dentro de
ella. Si bien es cierto que esta “acción afirmativa” no asegura por sí misma la
vigencia del principio de la diversidad en la universidad, al menos es
condición necesaria porque contribuye a que la universidad sea poblada por la
diversidad cultural que nos caracteriza como sociedad.
Pero
no basta la presencia de personas de diferentes culturas en la universidad para
que ésta se atenga al principio de
Una
manera de abordar el problema, en el caso de la universidad, podría ser una
“acción afirmativa” a favor de la creación de unidades académicas y
profesionales en lenguas aborígenes, en las que el castellano fungiese como
segunda lengua. Sería importante que esas unidades no estén dedicadas sólo a
capacitar a maestros rurales, como de hecho lo hacen algunos centros de
formación magisterial, sino, en general, a proveer de competencias para el
ejercicio profesional y académico sea pertinente al desarrollo de las culturas
y de los pueblos tradicionalmente discriminados.
Una
segunda “acción afirmativa” podría estar orientada a favorecer enfáticamente la
apropiación de las lenguas aborígenes y de ciertas vigencias culturales por
parte, al menos, de quienes después van a desempeñarse profesional o
académicamente en entornos lingüísticos predominantemente no castellanos. Se
conseguiría, así, no sólo facilitar la comunicación desde el respeto y la
valoración de lo diverso, sino promover el intercambio de saberes y
experiencias, y, en general, crear espacios de diálogo intercultural que
promuevan la autoestima de los dialogantes y robustezcan las vinculaciones
sociales.
Además
de facilitar el acceso y el progreso en la universidad a los tradicionalmente
exclusivos y de incorporar sus lenguas al quehacer universitario, la
universidad tendría que tematizar el asunto de la diversidad para
fundamentar y enriquecer sus contenidos teóricos, elaborar desde él ideas
regulativas y normas, diseñar y desarrollar formas de presentación simbólica, y
pensar mecanismos para su incorporación a la vida cotidiana y a los subsistemas
sociales. La universidad debería ser no sólo un lugar de aplicación y ejercicio
práctico del principio de la diversidad –a lo que apuntan las anotaciones
anteriores-, sino, como ocurre con otras variables fundamentales de la actual
convivencia humana, un taller permanente de elaboración y propuesta que permita
que la teoría de la diversidad y las estrategias para su debida apropiación por
la sociedad vayan creciendo al ritmo de las complejas y variantes condiciones
de vida de la actualidad.
Finalmente,
la universidad tendría que enrumbarse por las vías de la reconciliación con
la diversidad cultural que enriquece a la sociedad peruana, sin menoscabo,
por cierto, de su apertura a la riqueza humana. Para ello necesita apropiarse y
desarrollar las cosmovisiones, saberes y conocimientos llamados
“tradicionales”, así como los sistemas simbólicos, las formas y sistemas de
organización social y la experiencia acumulada de relación con el entorno,
incorporando todos estos aspectos al quehacer universitario (docencia,
investigación, innovación, producción cultural, etc.). Como lo es, en
principio, para la cultura occidental, la universidad tendría que ser el taller
de elaboración, transmisión y recreación de las diversas culturas y formas de
vida que pueblan el Perú.
Se
conseguirían así varios objetivos:
i) Todos los universitarios, y no sólo algunos, verían la universidad como un espacio propio de enriquecimiento sin pérdida de sus pertenencias culturales.
ii) Cada universitario podría luego reincorporarse, debidamente enriquecido, a su hábitat cultural y trabajar por su desarrollo con actitudes e instrumentos teóricos y prácticos que se condigan con las lógicas y dinámicas de la sociedad de procedencia.
iii) El paso por un entorno formativo intercultural llevaría a los
estudiantes, primero, a tomar conciencia del carácter particular y no universal
de su propia cultura; segundo, a entrenarse en el diálogo intercultural
partiendo del respecto y la valoración de las otras culturas; y tercero a
apropiarse de la interculturalidad como principio rector y estrategia de vida,
convirtiéndose así en promotores y facilitadores de la convivencia
intercultural en cualquier ambiente que luego desarrollasen su actividad
profesional o académica..
iv) Todas las culturas, y no sólo una, asumirían la universidad como su
propio laboratorio de sistematización y recreación (cultural, científica,
tecnológica, artística ...) y como el espacio privilegiado para la formación de
los recursos humanos que necesitan para su funcionamiento adecuado y su
permanente enriquecimiento.
v)
Las culturas mismas y sus diversos
recursos (lingüísticos, simbólicos, cognoscitivos, normativos, éticos,
estéticos organizativos, instrumentales, etc.) tendrían en la universidad una
fuente de potenciación y dinamismo y, por tanto, estarían más equipadas para
proveer de sentido a la acción profesional, cultural o científica de sus
miembros.
6. Anotaciones finales
Las
vías que proponemos para que la universidad se atenga al principio de la diversidad
son diferentes pero el ideal es que sean concurrentes. La primera (la facilitación
del acceso a la universidad y el progreso dentro de ella a los excluidos), la
segunda (la presencia de sus lenguas y su cultura en las aulas universitarias),
y la tercera (la teorización de la problemática de la interculturalidad) no
aseguran por sí solas la asunción de la diversidad como idea regulativa de la
organización y el funcionamiento de la universidad, pero preparan el camino
para ello. Con la cuarta vía, la reconciliación con la multiculturalidad, la
universidad inauguraría un rumbo que se atiene al principio de la diversidad puesto
que propicia una convivencia dialógica entre lo diverso a partir, primero, del
reconocimiento de la valía y capacidad de creación cultural y provisión de
sentido de las diversas culturas, y, segundo, de la consideración de la
intercomunicación dialógica como fuente de gozo y de dinamismo cultural. Porque
no se trata sólo de vivir juntos (multiculturalidad), sino de querer vivir
juntos comunicándonos (interculturalidad) en espacios y formas libres de
violencia cultural y lingüística. El resultado que se busca con esa
intercomunicación no es ni la homogeneización de lo diverso (inclusión) ni la
fusión de lo diverso (mestizaje) sino una convivencia digna, o “convivencia
solidaria” como señala el PEN, entre diversidades que se atienen electivamente
a sus propias pertenencias, pero, reitero, ven en la intercomunicación una
fuente de gozo y de mutuo enriquecimiento.
Hay
que añadir que la reconciliación con la diversidad cultural de la propia
sociedad no conlleva que la universidad cierre sus puertas a la cultura
acumulada por la humanidad ni que se mantenga ajena a la producción científica,
tecnológica, intelectual y artística de otros pueblos. Hay que seguir
acompañando esos procesos para enriquecernos con ellos y para enriquecerlos con
nuestras propias creaciones. La apropiación de la riqueza cultural humana ya
producida o en proceso de producción no está ciertamente reñida con la
valoración y apropiación de las propias pertenencias culturales, pertenencias
que asumimos electiva y no preceptivamente, que nos enriquecen, pero no nos
atan ni nos impiden apropiarnos de lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo
placentero o lo útil allí donde lo encontremos.
En el
último siglo, la universidad peruana ha pasado, con mayor o menor éxito, por
dos reformas sustantivas. La marca de identidad de la primera, la de los años
20 y 30, fue la democratización; las de la segunda, la de los años 60 y 70, fueron
la profesionalización y
Bibliografía
Cuadernos de reflexión y debate II. Elementos
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Lima, CONCYTEC, 2006.
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