ACP y la interculturalidad. Apuntes
Homenaje
a Antonio Cornejo Polar
en el 25 aniversario de su muerte (18/5/2022)
En: Revista de crítica literaria latinoamericana. Boston MA-US, Año XLVIII, nº 95, p. 359-262, 1er. semestre 2022. Revista arbitrada. Historia UNI.
Me recomendó hace
años la filósofa húngara Ágnes Heller no escribir nunca un libro que no
mereciese ser leído 10 años después de escrito. No sé si Antonio Cornejo Polar
recibió un consejo similar, pero lo cierto es que la obra de este notable
estudioso arequipeño, y particularmente Escribir en el aire, de 1994,
sigue siendo, casi tres décadas después de escrita, una valiosa fuente de
inspiración para el análisis y comprensión de la problemática de las
literaturas y las culturas latinoamericanas.
Sabemos bien que el
fruto del trabajo de ACP es mucho más amplio que la obra mencionada, pero voy a
fijarme solo en ella para ceñirme a la recomendación de brevedad que se nos ha
pedido para estas intervenciones. Escribir en el aire deja en claro,
como han hecho notar varios colegas, que lo más fructífero de ACP es el
“sembrío de teoría”. Ocurre, además, que
en Escribir en el aire el autor aborda con particular esmero y
reconocida lucidez el tema que aquí me interesa subrayar: el de heterogeneidad,
interculturalidad y diferencia.
Comenzaré aludiendo
a la historia de esta temática. Como sabemos bien, por razones de muy diversa
índole, los peruanos de fines del siglo XIX y comienzos del XX se plantearon
con particular agudeza y lucidez el tema de la nacionalidad y, con él, el de la
particularidad de lo peruano. Naturalmente no podemos resumir aquí este tema,
pero podemos sí dejar indicado que se genera y se abre paso entonces la idea de
que la nacionalidad estaba aún en formación y que para constituirla había que
tener en cuenta territorios, actores sociales, prácticas productivas,
tradiciones culturales y lenguajes ignorados hasta entonces o mantenidos en la
condición de subalternos.
Sobre la percepción
de incompletitud importa subrayar, primero, que se refiere no solo al Estado y
la política, sino a la configuración misma de la sociedad y a los mundos
simbólicos, y, consiguientemente, abarca tanto las esferas de la cultura cuanto
los subsistemas sociales y el abigarrado mundo de la vida cotidiana y de la
propia identidad. Anoto, además, que este percibirnos como incompletos es
compartido por muy diversos sectores sociales, además de los fundadores del
pensamiento crítico en el Perú. No me alargo sobre el tema, pero dejo anotado
que, como mostraré en un artículo en prensa, la idea del Perú como nacionalidad
en formación está desde comienzos del siglo XX en conocidos pensadores como
Francisco García Calderón, José de la Riva-Agüero, Víctor Andrés Belaunde y
ciertamente José Carlos Mariátegui, pero también está en una larga lista de
ingenieros que hablan del Perú textualmente como una nacionalidad “nueva”,
“inconclusa”, “embrionaria”, “inconexa”, “vacilante”, “atrasada”, “mermada”,
“detenida en la marcha hacia el progreso”, etc. Cabe preguntarse en qué medida
era percibida esta misma condición por los sectores tradicionalmente
subalternizados y por qué medios y con que lenguajes se expresó esa percepción,
y qué posicionamientos frente a ella se fueron adoptando.
Lo cierto es, creo
yo, que el tema de la diversidad como constitutiva y constituyente de la
realidad peruana quedó instalado en las consciencias, con mayor o menor
claridad, y desde entonces nos convoca a todos a definirnos al respecto tanto
en lo epistémico cuando en lo ético, político, estético y práctico.
Lo que hace ACP es
tomar conciencia tempranamente de esa diversidad (desde el estudio sobre el
“Discurso en loor de la poesía”, como afirma Mazzotti en el prólogo a la
publicación de Crítica de la razón heterogénea) para ir luego
enriqueciendo su mirada y generando categorías, como heterogeneidad y totalidad
contradictoria, no solo para abordarla epistémicamente sino para asumirla ética
y políticamente. El posicionamiento de ACP con respecto a este tema no es, pues,
solo epistémico sino también ético y político e incluso de autopercepción o
definición de su propia identidad.
Todos sabemos que,
en este camino, Antonio perdió más de un amigo, pero sabemos también que fue
trenzando con otros, especialmente en el ámbito latinoamericano de los estudios
literarios, lazos de sana y sabia complicidad con quienes, como él, estaban empeñados
en ensanchar el ámbito de la literatura y entenderlo en perspectiva
totalizadora. Importante es anotar,
además, que este posicionamiento iba de la mano con las tendencias centradas en
la liberación. Los aires removidos por las conmemoraciones de los
sesquicentenarios de las independencias más la presencia pública de nuevos
actores sociales y otros factores refrescaron en América Latina la memoria
colectiva e impusieron como tarea la búsqueda de una “liberación” efectiva
(epistémica, ética, política, económica, simbólica y hasta teológica) que los
días de las independencias dejaron anunciada pero no cumplida. Lo que quiero
decir, sin pretender aquí desarrollarlo, es que el posicionamiento epistémico,
ético y político de Antonio Cornejo Polar no se da en solitario. Recordamos
todos las teorías de la dependencia, la filosofía y la teología de la
liberación, los movimientos sociales, los militarismos progresivos de la época,
el enriquecedor diálogo entre las diversas ciencias sociales, los primeros
asomos posmodernos, los afanes historiográficos por recuperar para la memoria
histórica la participación de actores y escenarios antes ignorados, etc.
Diríase que la sociedad toda estaba en ebullición y en esta situación
encerrarse en el texto, como se proponía desde otras perspectivas, era,
epistémicamente, renunciar a la riqueza hermenéutica que se abría desde un
horizonte de significación enormemente variado y complejo, y, ética y
políticamente, equivalía a desentenderse de los reclamos de dignidad, justicia,
equidad, etc. de los que eran portadores los aludidos movimientos de la época.
ACP era un hombre
de su tiempo y su tiempo estuvo marcado por el remecimiento de los pilares del
orden establecido, el debilitamiento de las categorías epistémicas y de la
propia realidad, la opacidad de los caminos de salida, la presencia
incontenible de nuevas voces y nuevos lenguajes, la liberación de las
diferencias, la globalización y localización a un tiempo de los marcos de
referencia y los horizontes de sentido, el inicio de la virtualización de la
realidad, etc., etc. Todo ello condujo, pienso yo, a un estado de perplejidad
que ACP y algunos más entendieron no como desorientación en el abigarrado mundo
del propio presente, sino como escucha atenta de la diversidad (heterogeneidad)
que estaba manifestándose y que no debía ser ni descompuesta en unidades
simples ni forzada a quedar convertida en homogeneidad. De ahí, la necesidad
ineludible de encontrar categorías conceptuales (además de éticas, políticas,
etc.) para gestionar cuerda y fructíferamente esa situación, la de la
convivencia de diversidades, entendida como acontecimiento, pero también y
principalmente como condición humana. Y hay aquí un aspecto que me interesa
subrayar. La búsqueda de ACP es acontecimental, parte de acontecimientos
concretos (obras literarias, desempeños artísticos, discursos, diversas
expresiones orales, etc.), pero apunta a la búsqueda de lo genérico, lo propio
de la condición humana en nuestro propio espacio-tiempo histórico, con lo cual
se coloca y nos coloca en una perspectiva histórico-filosófica de enormes
posibilidades para saber a atenernos.
La producción de ACP se interrumpió lamentablemente hace 25 años, pero quedó, como dijimos, un sembrío teórico que, en diálogo con las reflexiones sobre reconocimiento, alteridad, interculturalidad, etc., apunta al cultivo de formas de convivencia humana que ven y valoran la diferencia como fuente de enriquecimiento y de gozo, sostenido todo ello por un trasfondo epistemológico-ontológico que no solo piensa la dierencia, sino que piensa el ser como diferencia.
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