José Ignacio López Soria
Publicado en: Hueso húmero. Lima, n° 47, nov.2005, p. 202-213.
El teorema de Yu[1] o del disolverse de las contradicciones.
Sostuve hace ya tres años, cuando me tocó comentar Apología pro totalidad, que Enrique Verástegui andaba metido en la difícil tarea de conciliar dos extremos, ciencia y poesía, que la cosmovisión moderna ha colocado en nichos opuestos. Hablé entonces de su osadía en el uso del lenguaje, de su curiosa defensa de una totalidad hecha de diversidades y de su recurso a la paralogía . Títulé mi comentario, que publicó Hueso húmero, “Piedras de escándalo” porque estaba convencido de que Apología pro totalidad era, ante todo, una provocación, una invitación estridente a salir de la modorra que nos aqueja para emprender nuevas búsquedas por caminos no transitados y hasta considerados intransitables por la cordura ambiental. Se me dijo entonces, y no sin razón, que me estaba inventando el “pensamiento Verástegui”. Este comentario, entre crítico y amistoso, de Abelardo Oquendo acertó a entender que mi lectura de Verástegui no pretendía, como quiere la crítica tradicional, descifrar racionalmente las claves de un texto supuestamente cifrado. Lo que intenté entonces fue más bien dialogar con una escritura provocadora que sugiere más de lo que dice, que desencadena procesos racionales, afectivos y simbólicos que trascienden la escritura misma. Me acerqué, pues, a Apología pro totalidad y me acerco ahora a Teorema de Yu entendiendo el texto como un conjunto, no necesariamente articulado ni coherente, de mensajes y provocaciones que me vienen del autor y que me invitan al diálogo.